miércoles, 20 de julio de 2016

Eternal summer of the spotless mind




Es verano, madre, es 20 de julio y es tu cumpleaños. Hace ya tiempo que te quedaste con la vida a medias, y yo me quedé funcionando con el piloto automático, en una especie de stand-by.
Es sólo mitad de verano, madre, y yo ya he llorado Oceanía. Ahora tendrías sesenta y un años y yo no estaría sola paseando por la misma playa que solíamos recorrer juntas. Ha habido días de marejada leve, yo lo he agradecido. Las nubes han invadido el cielo, abriéndose de vez en cuando formando parhelios. La arena se ha quedado desierta y yo he llorado el continente sin que nadie me viera. He visto desde la orilla la vieja casa sobre la colina calcárea, he caminado hasta el primer edificio de la siguiente población y me he dado cuenta de que no estaba tan lejos como yo creía. He recogido conchas y observado cadáveres de medusas en descomposición. Si estuvieras aquí hubiéramos dejado mi mochila en el coche y yo no tendría que cargar con tanto peso, en ningún sentido.
Es verano, madre, y el verano es sin duda una época de infinita crueldad. Acaba mesidor, empieza termidor. Eras mi eterna red de seguridad sobre el abismo. Un destello inacabable, una luz que nunca se apagaba. Eras mi maestro bajo el tilo, el que tenía los ojos vidriosos y olía a almizcle. Te echo de menos porque estoy empezando a perder recuerdos. Es verdad, para qué mentir. Estoy empezando a no acordarme de cuando me hablabas, de cuando me calmabas. Igual son las pastillas que me han recetado, dicen que provocan amnesia, pero creo que esto viene de antes. De pronto me doy cuenta de que ya no te siento tan cerca. Yo que me acordaba de todo. Yo que era capaz de conservar cada instante congelado. Y acordarse de todo es un martirio muchas veces, pero precisamente olvidarte a ti…
Hace diez años que caminaste conmigo por esta playa por última vez. He vuelto aquí cada verano. Han construido un nuevo puerto cerca de casa, no se ven las estrellas desde la azotea. Han quitado los trampolines de la piscina y ya no puedo practicar mi impecable doble mortal con tirabuzón. Han podado el ficus. Han prohibido jugar a la pelota. ¿Te acuerdas del verano del 97 cuando me pasé agosto entero tocando la guitarra en la piscina con mis amigas? Pues ahora puede que estuviera casi en Guantánamo. Está todo prohibido y no puedo luchar contra nada. Si estuvieras aquí, puede que nos viéramos con fuerzas para iniciar una guerrilla de resistencia. Podría ser divertido.
Es verano, madre, y yo me estoy leyendo “Las uvas de la ira”, porque, si siguieras aquí, sabrías que el verano es mi época favorita para la literatura americana. Cada cual tiene sus manías. Yo me he montado mi propia road movie estival. Los campos cuajados de polvo de Oklahoma. El valle de Salinas. Los ojos de Carson frente a los maizales. Un Pontiac verde circulando veloz. La casa de Boo. Volver a Tara. Esto es así, me acuerdo de cosas que no he visto, haber estado allí me da lo mismo. No se puede ser tan pedante, madre, preferiría estar brincando sobre los trampolines.
Me da rabia esta ausencia prolongada, porque ahora tengo no sólo las preguntas, sino también las respuestas para darte. Nadie, yo pienso, está en mi árbol. No me llega el aire, madre. Tenías razón con lo de mi inmensa capacidad de recuperación, y menos mal que me lo dijiste antes de irte, pero creo que ya es hora de empezar a cuidarme. Sin embargo, me aburro tanto, me entra tal frustración cuando la puerta está cerrada y no puedo salir a jugar… El otro día en la playa, se me subió al brazo un pequeño escarabajo del desierto. Me asusté, di un salto, me lo quité de un manotazo y exclamé “¡Gregorio Samsa!” y un momento después, más serena, me eché a reír. Ojalá hubieras estado allí.

Es verano, y no echo de menos la infancia, sólo te echo de menos a ti. De pronto ya no hay paraíso en el cielo. Ya ni siquiera deseo ser trapecista. Se acabaron las vertiginosas maniobras. Me he vuelto a caer, habíamos hablado de la importancia de las corazas previamente, pero cada vez me pesan más, y con que una se resquebraje mínimamente, ya es suficiente para que todo pueda derrumbarse. Pero no se lo puedo decir a nadie, porque al mínimo resquicio de temor ya eres una dramática. Así funciona, eres una dramitas. Drama girl, dramitas everywhere.
Es verano, madre, y quiero volver a ver las palmeras batirse contra el viento, zambullirme en el agua, sentir que no hace falta tocar tierra nunca más. Quiero dejar de sentir esta náusea, este anélido que me perfora el estómago, y que salgamos de casa para tomar una horchata. Quiero transformarme en cactus al lado de la casa de la colina, sentir que el sol me abrasa mientras mi piel se endurece y se llena de espinas. Quiero celebrar tu cumpleaños, y quiero no desear tanto, porque ya sabemos lo que produce del deseo.

Es verano y no me alegro, pero sé perfectamente que volveré a salir de la madriguera, y aunque no haga sol, yo me esforzaré que haya luz.

Feliz cumpleaños, mi centinela nocturna, mi partisana en la oscuridad veraniega. Mi amarre frente a las olas, te añoro enormemente.



jueves, 16 de junio de 2016

17 de junio de 2006 (diario de retales)



Estamos a 17 de junio de 2006, ha sido hasta la fecha el año más feliz que recuerde. Estoy un poco por encima de la veintena, acabo de terminar cuarto de Bellas Artes con notas aceptables (nunca he sido brillante), la temporada de ropero en el Nasti ha finalizado debido al calor y aguardo con entusiasmo mi próxima partida hacia Venecia en otoño.
Lo que nos espera ahora sólo es un aperitivo.
Como sospechando lo que está a punto de ocurrir dentro de muy poco, tomamos un avión de madrugada. Tenemos que congelar el tiempo, madre, tenemos que hacer recuento de todas las noches que nos quedan por delante y no desperdiciar ni un segundo. Estoy feliz porque estás sana, estoy feliz porque sigues aquí. Recrearía un jardín tropical en tu habitación si me lo pidieras; sabes que soy capaz de caminar sobre brasas encendidas como el más experimentado de los faquires con tal de que el color siga presente en tus mejillas. Hemos visto amanecer desde el avión, el comandante ha dicho que en Londres hace sol y nos espera una “glorious morning”. El corazón me late tan veloz como el de una pequeña cobaya y me acuerdo de los versos de una canción que repetía cuando llegué a Londres por primera vez: “Europe is our playground, London is our town, so run with me, baby, now…”. Tú quizá no lo entiendas, pero toda mi vida había estado esperando este momento, el momento en el que me trajeras hasta aquí.
Un año, diez meses y cuatro días. Ya podemos aprovecharlo, ha empezado la cuenta atrás.
Hemos sido un poco malas. Nos hemos quejado de nuestro hostal cutre, nos hemos comprado medio galón de leche fresca, nos hemos reído como locas en Hyde Park y hemos fumado algunos cigarrillos recién liados. No, no se lo podemos contar a nadie.
Tú vas a hacer un curso de yoga para niños con necesidades especiales. Cada día yo emprendo un viaje en metro hacia la improvisación, visito callejones en los que no sé si debo meterme, museos de arte, galerías que podrían estar construidas sobre billetes de cincuenta libras y mercadillos en los que trato de hacerme con todos los vestidos de flores posibles.
Por la tarde nos encontramos Soho Square, conversamos animadamente en nuestro banco preferido, cenamos en los comedores de los Hare Krishna y me cuentas cuál ha sido el aprendizaje del día. Me conmueve que hayas escogido ese curso, que me hables de los niños con una ternura que jamás he podido ni intuir en otra persona. A veces tus ojos se empañan y se te atragantan las palabras, paralizada por la emoción. Me gustas también así.
Estamos un poco asustadas, pues aunque le hemos cogido cariño a nuestra habitación, sabemos que estamos en un barrio un poquito conflictivo. Yo cada noche bromeo con los tiroteos que nos encontraremos al volver al hogar, y a ti te hace maldita la gracia, pero te ríes igual.
Hemos descubierto que en Londres hay calles dedicadas a las cosas más peregrinas (“Birdcage walk”). También que en un céntrico local de comida japonesa hay happy hour de sushi para llevar. Yo he comprado el NME porque en mi corazón postadolescente aún albergo la loca idea de convertirme en estrella del rock y siento que no estoy lo suficientemente documentada. Hemos creado un lenguaje propio con el que comunicarnos y me siento feliz porque nadie más lo conoce. Ojalá nada perturbara este momento. Ojalá nadie nos interrumpa nunca. Ojalá esto no acabe jamás. Dame la mano en el metro, no quiero que te pierdas. Agárrame fuerte. Lo vamos a conseguir. Tengo poco más de veinte años y voy a lograr lo que me proponga, y me propongo tenerte a mi lado siempre.

Vamos a aprovecharlo, madre. Vamos a vivir cada minuto de esta aventura, porque lo necesito como el oxígeno que respiro. No quiero que te alejes nunca. Porque créeme que nunca, nunca en mi vida he sido tan feliz.











miércoles, 20 de abril de 2016

Cartas desde lo tangible



Antes de empezar, madre, te diré que esta no es una carta como todas las demás.
Porque este no es un año como todos los anteriores.
Detrás de esta carta está implícita la leve culpabilidad que me queda el ser feliz sin ti.
¿Sabes cuánto tiempo llevaba esperando este momento? Y a pesar de todo, el poso de amargura que me queda al no poder contártelo en persona.

Han pasado ocho años desde que me despedí de ti (“Adiós, Mamá, hasta luego”) y dejaste de respirar plácidamente.

Ocho años después apenas escribo, salvo cuando tengo algo importante que decirte. Porque he superado los peores momentos de la ausencia con bastante empeño. Lo he superado por pura cabezonería, por puro orgullo.

Este año no es como los anteriores porque llevo un tiempo sumida en la intensidad, en las emociones fuertes. He decidido jugar. Me pasé años encerrada en mi habitación y rumiando la ausencia, mientras muchos a mi alrededor salían a beber, a bailar, acudían a conciertos y festivales, hilaban proyectos de vida o tenían hijos. Yo esperaba a que algo cambiara y saliera el sol, pasaba semanas enteras llorando sin poder consolarme, asomaba la patita por la ventana atemorizada por si la tormenta aún no había acabado. Pero no había tormenta. Un buen día pensé que soy una mujer, y no un gato, y que no puedo pasarme la vida con exceso de mañanas en las que me despierto queriendo morir. Amanecí en mi habitación pintada de rosa sabiendo que algo debía cambiar. Me puse unas sandalias de tacón y salí a buscar la acción. Conseguí la coraza de la que te hablé, y me subí al trapecio. Por supuesto me he dado grandes golpes, pero me he vuelto a subir, a trepar y a decir “aquí no ha pasado nada, amigos”. Más bien, sí ha pasado, pero estoy empezando a rebotar contra el suelo, más que romperme en añicos. A veces miro hacia atrás para asegurarme de que he dejado atrás ese fantasma tan negro que me daba tanto miedo. Y allan hijos. Yo esperaba a que algo cambiara y saliera el sol, nhacia atremasiadas mañanas en las que me despierto queriendo morir.á voy, otra pirueta, otro salto.

Como cada año, me vuelven a la cabeza lo mismo, madre, los viajes que hicimos, de los que hablo cada 20 de abril. Sigo pensando en Londres y en Venecia, porque es lo que compartimos como dos personas que verdaderamente se están empezando a conocer. Ahora, diez años después, creo que he comprendido que fue una manera de celebrar los últimos cartuchos, la traca final. Si te quedaba poco de cuerpo presente ¿por qué no pasarlo en grande? Dejemos este mundo por encima de nuestras posibilidades. Brinquemos como cabritillas, salgamos a bebernos lo que nos queda de vida, hagamos girarse a todos escandalizados con una risa estruendosa. Que no quede nada en el fondo de la botella. Que no sobre ni una gota de todo lo que podamos ofrecer. No volvamos a casa. Incendiemos la noche, agotemos el día. Qué pena que ocurriera tan joven que aún no supiera apreciarlo como podría hacerlo ahora, pasada la barrera de la treintena. Qué pena que, aun teniendo buena memoria, disfrutara tan poco tiempo de tu compañía, tan poco tiempo de adulta. Porque tenerte de niña estaba muy bien, pero nos quedaba el segundo plato, y yo me quedé con hambre. Enseñarte canciones, intercambiar libros y hablarte de lo que no conocía cuando tú estabas. Hablar de lo que no existía. Ser consciente de ti, ser consciente de nosotras. Colocarte en el lugar que corresponde. Conocerte de verdad. Ahora estoy tan cambiada que apenas me reconocerías. Llevo la nariz perforada. El pelo me llega casi hasta la cintura y me pinto los labios a menudo. Siempre me pongo faldas y llevo unos intensos entrenamientos de natación, todo esto voluntariamente. Ahora también hablo francés y hasta he propuesto citas a algún chico. ¿De dónde he sacado esta tímida seguridad de la que antes carecía? He llegado a ser tan feliz en algunos momentos que pensaba que podría morir en ese instante. Elegí participar, salí a pedir guerra, y a pesar de todo, tengo algunos domingos de mierda, madre, algunos domingos en los que te sigo necesitando como antes.

Siempre digo que hay cosas que sólo saben Google y las madres. Y lamentablemente desde 2008 que yo soy de las más fieles usuarias de Google, a quien tengo que preguntar decenas de dudas. ¿Este boquerón está bien frito? ¿Debo aceptar este trabajo con sueldo precario? ¿Le gusto, no le gusto? ¿Qué estabas haciendo el día en que se aprobó la Constitución? ¿Cómo trasplanto el poto del salón sin cargármelo?
Pero Google no sirve para arropar, ni para ir de compras con él. No sirve para tomar café una mañana de sábado. Google no ha resuelto mis cuitas sentimentales en ocho años. Google no da abrazos. Google es un poco rancio, qué caray.

Cuando llega abril siempre me resquebrajo un poquito y es cuando empiezo a soñar contigo otra vez. Madre, NO TIENE GRACIA, te ruego que aparezcas espaciadamente a lo largo del año, por favor, que esto es muy duro. Que llega el buen tiempo, el calor y los días largos y yo me despierto algunas mañanas con ganas de emular a una plañidera. Que no es de recibo, madre, que siempre habíamos dicho que abril es el mes de la pérdida, pero no pensaba que te lo fueras a tomar tan en serio.

Vivo con miedo de que se me acaben las palabras para hablarte, que un día no seas más que un recuerdo nublado, una absoluta desconocida, que la memoria se pudra y yo ya no pueda escuchar tu voz si cierro los ojos con fuerza. Vivo con miedo de no poder describir con exactitud el puente de tu nariz, de no poder reconstruir tus rasgos, el color de tu pelo, el movimiento de tu ceño cuando te disgustabas. Entro en las perfumerías y siempre agarro un bote de Anaïs Anaïs, olfateo un poco para poder evocar el recuerdo que tengo de cuando vivíamos en Madrid, en un piso soleado al lado del Retiro, cuando los fines de semana íbamos al Rastro o a la Casa de Campo con Melón y Néstor. A veces tengo que recordar con fuerza el día en que dejaste de respirar, para poder limpiarme por dentro, poder llorar y descubrir que aún tengo sangre en las venas, que aún te echo de menos y que desearía que me abrazaras como una niña pequeña. Volver a casa, madre, Mamá, y preparar el té como tú me enseñaste (“one for you, one for me and one for the teapot”). Volver a casa y no salir hasta que cese el invierno.

No se comprende lo que te define la orfandad hasta que llega. Nunca me he creído tan mayor como cuando tenía dieciséis años y nunca me he sentido tan pequeña, tan minúscula y desamparada como cuando tenía veinticuatro y te perdí.

Llevo ocho años escribiéndote cartas y a veces me pregunto si no seré un poco mayorcita para esto, cuánto tiempo de juego nos queda, si podré sobrevivir sin mis rituales compulsivos. Decírtelo todo en unas líneas. Escoger una canción a modo de réquiem. Réquiem por Mamá. Son dos palabras que no deberían haber caminado juntas nunca.

Estoy bien, madre, soy muy feliz. Tengo un futuro incierto a la par que un presente intenso. No sé cuánto durará, porque desde que te marchaste siento que nada es perdurable, que todo fluye, que es frágil y que pende de un hilo. Aunque intente apegarme, aunque intente retenerlo como yo me aferraba a ti en la cama del hospital, susurrando plegarias inventadas para que no te fueras de este lado del mundo, sé que todo puede desaparecer en un instante, y por eso me empeño en disfrutar de cada pirueta, de cada contorsión. Nunca se sabe cuándo volveremos a caer.
Nunca se sabe cuando el amor va a desaparecer.


Chus Gª Revuelta. 20 Julio 1955 – 20 Abril 2008




domingo, 14 de febrero de 2016

Mi madre era una hipster (dedicatoria de San Valentín)


Supongo que siempre lo he sospechado, pero ayer, hojeando “Vida Indie”, ilustrado por Ricardo Cavolo, ya lo tuve claro del todo.
Mi madre era una protohipster. Os podéis reír, pero los que ahora me llamáis a mí moderna, claramente no tenéis ni idea de cómo era mi madre, y si la hubierais conocido lo entenderíais.
Mi madre estudió filología inglesa y tenía en casa la colección casi completa de los clásicos de Penguin. Ahora todo el mundo se dedica a decir lo guapa y elegante que era, pero yo he terminado descubriendo con los años la cantidad de libros que había devorado, sin que en su actitud hubiera la más mínima pedantería. Si leía a Joyce en versión original, nunca lo hizo saber a su alrededor. Hablaba inglés con un acento fronterizo entre el de la BBC y el posh de Chelsea, lo menos. Y es que no era pija ni nada, mi madre. En 1980 ya circulaba con bicicleta (la gente la miraba como a una marciana), pero no una bici cualquiera, sino una francesa monísima y que le debió de costar un ojo de la cara. Más tarde descubrió que Carolina de Mónaco tenía una igual. Mi madre se había criado en Moratalaz, así que tampoco es que tenga mucho sentido esa especie de pijerío de gauche que arrastraba, pero serlo (igual exagero) no le impedía pringarse en actividades que jamás hubiera imaginado. Con veintidós años estaba en Londres trabajando de camarera (explotada, decía ella), con veintisiete pudo hacer un curso intensivo con ahorros propios, con treinta ya tenía dos hijos pequeños y con treinta y nueve se lió la manta a la cabeza y se marchó a India. Porque mi madre practicaba yoga, claro, como buena hipster que era, cuando muy pocos habían oído hablar del yoga, y por supuesto, ella no podía quedarse en la simple práctica, no, ella tenía que sacarse un certificado e impartir clases, llegar al extremo. No era perfeccionista ni nada, mi madre. Poco antes se había hecho vegetariana, de tal manera que con once años yo ya comía cosas como tofu, cereales integrales, verduritas bio y leche de soja. Ahí es nada. Nosotros la llamábamos "la hierbas", pero es que encima a ella le encantaba, porque todo hay que decirlo, sabía reírse de sí misma como nadie. Durante una temporada que estuvo en paro, se dedicó a hornear bizcochos y pasteles de manzana, aprendió a hacer punto de cruz y a tejer jerseys, preparaba su propio yogur y tortilla de patatas para ir de picnic los domingos. Era pija con ganas, pero se compró una furgoneta antes que un coche elegante, para así poder llevar trastos de un lado para otro y poder viajar más cómoda. La vi maquillada por primera vez para una boda cuando yo contaba con once años. Jamás la vi con tacones. Bueno, sí, una vez le pedí que se probara unos que yo me había comprado en un mercadillo. Medía casi diez centímetros más que yo y no me di cuenta de que era más alta que mi padre hasta que no me lo comentó alguien de fuera. Me llevó a un concierto de Blur cuando yo estaba en 8º de EGB (la pobre). Un día, tras un pequeño accidente de tráfico en ciudad, pude ver con mis propios ojos como un policía nacional le tiraba los tejos. Ella no podía parar de reír.
Quizá estoy exagerando un poquito con lo pija que era, pero hipster era un rato. Al final de su vida, soñaba con retirarse en una pequeña casita con huerto en medio del monte, cuidando su delicada salud y criando a gallinas. Una enfermedad muy fea se la llevó cuando apenas había pasado el medio siglo, y es una pena, porque estaba aprendiendo todavía cosas nuevas; estudiaba francés y alemán, y quería volver a India. Si siguiera entre nosotros a día de hoy, todos la llamarían la mami molona, y yo le grabaría discos de grupos americanos con cantantes barbudos, nos prestaríamos libros de Blackie Books, nos intercambiaríamos recetas de smoothies y me regalaría otra bufanda tejida por ella misma. Seguramente vestiría camisetas de rayas y camisas de cuadros. Puede que me la llevara de vermuts e hiciéramos excursiones al monte en época de no polinización. Tomaríamos té con leche (no de cualquier marca, claro, ella sólo tomaba PG tips) y probablemente nos reiríamos mucho de Maria Dolores de Cospedal, que es la persona más opuesta a mi madre que se me ocurre.


Mi vida en general es muy divertida, pero creo que si ella estuviera, lo sería muchísimo más.