viernes, 26 de diciembre de 2008

No me olvides


Para que no me olvides
me recogeré como un caracol
una tortuga al sol
me convertiré en fósil
presencia de una ausencia
si hace falta
un montón de pinceladas
plana y ausente
como un lienzo mudo
perdonaré tu vacío
para que no me olvides.
Congelaré el presente
y el último encuentro
me disolveré en la memoria
de un invierno azul
sacudiré los recuerdos
como guardados en un baúl
detonaré la incertidumbre
convertida en grisalla.
Me concentraré
estiraré y contraeré
como el tiempo y la distancia.
Para que no me olvides
dibujaré siluetas en la tarde
las sombras de la amnesia
me volveré intacta e intocable
esperando el regreso.
Dilataré tu hueco de la cama
y acurrucada junto a la almohada
susurraré tu nombre
como una nana
un mantra y un arrullo
un arpegio y un balbuceo
un soplo y un canturreo
un lamento a través del tiempo
y no podrás impedírmelo
estando tan lejos.
Estiraré tu imagen y tu voz
hasta alcanzarte
con la punta de los dedos.
Coseré con hilo de paciencia
cada retal de recuerdo
y cada murmullo olvidado
y diluiré cada minuto
en cada deseo renunciado
para que no me olvides.

martes, 16 de diciembre de 2008

¿Qué harías tú en mi lugar?


“Escribo básicamente para que mi otro yo me deje en paz. Y sobre todo, para seguir teniendo algunos amigos. Pues sí, es muy fácil, no pongas esa cara, todos sabemos lo muchísimo que hablo. Somos conscientes de que me faltan bocas en los codos, así que esa tremenda verborrea se ve calmada cuando lo plasmo sobre el papel o la pantalla, y así no les doy tanto la coña, es un alivio para ellos, lo cual permite que me aguanten un rato más. Bueno, es posible que sea ponerme en muy mal lugar a mí misma, pero a estas alturas de la vida ya he aprendido cual es mi talón de Aquiles. La mayor parte del tiempo estoy luchando con ella, diciéndole, cállate, Luna, cállate que no es tu turno, cállate que en una de éstas te mandan a la mierda, cállate que ya has hablado demasiado, ya has dado lo suficiente de ti misma. No lo puedo evitar, de la misma manera que la otra no puede evitar hablar y fastidiarlo todo. Ya he perdido a unos cuantos amigos en los últimos meses; por supuesto que me acuerdo de ellos, y por supuesto que daría mi lengua para volver atrás, para que nunca cambiaran tan repentinamente su opinión sobre mí. Vale, sí, que nadie está tan pendiente, pero de pronto me siento que todo ha cambiado demasiado rápido, vivo en otra ciudad, con cuatro personas a las que apenas conozco, con mi madre lejos y enferma, no sé cómo llevar esa ausencia, la que era mi mejor amiga me ha puesto a parir en nuestra última charla, mi ex, al que adoraba, me ha soltado uno por uno todos los puntos horrendos de mi personalidad, cuando yo tampoco se lo había pedido, mi ex amante juega conmigo al gato y al ratón, ahora te quiero, ahora te odio, ahora te digo que eres un encanto, ahora que eres insoportable, y yo me estoy volviendo loca. Todos los días me levanto con un odio acérrimo a la humanidad, y sobre todo hacia mí misma, sí, esa misma Luna que en sus puntos de manía se cree el maldito centro del universo, esa misma que aspira a ser la estrella de todas las fiestas, el perejil de todas las salsas, pues cada mañana me siento hecha un trapo, me levanto con un cansancio mineral y con ganas de gritarle a mis compañeras de piso, a mi portero, a mi profesor de pintura, a mi padre, a mis tías, a mis amigos y ex amigos, a mis ex novios, gritarles, dejadme en paz de una maldita vez, que lo que quiero es desaparecer, convertirme en humo. En los momentos de manía es justo al contrario, claro, ya lo he dicho, perdona, es que me repito. Pues eso, que cuando estoy en la fase contraria me da por creerme la reina de este mundo. También es cuando más creativa estoy, fíjate, cuando más pinto, más escribo, aunque la mitad no valga para nada, porque luego lo leo en un momento de bajón, y me doy asco, arrugo los papeles de pura repugnancia. Y eso, en los días de bajón me vuelvo del todo paranoica, y me pitan los oídos a todas horas, sabiendo que son ellos, y me da por pensar que nadie me aguanta, que no hay quien me soporte, y que es esa la razón por la que no me dura un novio más de tres semanas, porque soy verdaderamente insoportable, y quién va a querer a una tipa como yo, que no hace más que oscilar de ánimo de manera vertiginosa, y hablar sobre sí misma, y analizar todo con lupa, quién va a aguantar a una acomplejada que no para de comerse el tarro y de sufrir por lo que sea. Ahí es cuando de verdad aparece mi otro yo vestido de demonio, eres un puto desastre, Luna, nadie te quiere, estás como una foca, haz el favor de caminar con las punteras para dentro y ni se te ocurra comerte esa ensaladilla rusa, cállate de una vez que a nadie le interesan tus estupideces. Todas las mañanas es lo mismo, y me entra un odio visceral hacia todo, hacia todos, excepto hacia mi madre, claro.
Me pasa desde finales de octubre, más o menos, una semana después de que me dejara Guillermo. Primero estuve triste sin más, luego todo el resentimiento vino de golpe. No, no se lo he contado a nadie. Desde entonces escribo, un poquito todos los días, aunque sean cuatro líneas, porque sé que eso me ayudará a no hablar tanto, y a los que tengo alrededor a no tener que hacerme caso por fuerza.
Me siento un poco mejor, sí, mejor que después de haberlo fastidiado todo con algún comentario. Prefiero callarme, y de verdad que no lo hago por llamar la atención, para que luego vengan a preguntarme qué me pasa. No, no es así. Es porque de verdad quiero estar callada, quiero retener a alguna gente, a los pocos que creo que me quedan, no hacerles que se harten de mí, no contarles problemas, no saturarles de mí.
Ya sé muy bien como soy, ya te he dicho que conozco mi talón de Aquiles. Esta es mi manera de camuflarlo, si no, de protegerlo. Podrá parecerte triste, pero ¿qué podría hacer, qué haría otra en mi lugar?”

lunes, 1 de diciembre de 2008

Mientras las lágrimas caen


Es el atardecer del día

me siento y miro a los niños jugar

puedo ver caras sonrientes, pero no para mi.

Me siento y miro como las lágrimas caen.


Mi riqueza no puede comprarlo todo

quiero escuchar a los niños cantar

y todo lo que escucho es el sonido de la lluvia cayendo en el suelo..

me siento y miro como las lágrimas caen.


Es el atardecer del día

me siento y miro como los niños juegan,

haciendo las cosas que yo hacía, ellos piensan que son nuevas..

me siento y miro como las lagrimas caen...



Recuerda que no sólo soy mi memoria, ahora también tengo que rescatar y reordenar la tuya, para no olvidarte...y que nadie te olvide.

Te echo de menos mucho.
Para ti

sábado, 15 de noviembre de 2008

Billete de viaje


"Te marchaste una mañana de abril, soleada y ventosa. Aunque teóricamente la primavera había llegado hacía un mes, este año la floración no había sido puntual. Durante las últimas semanas el sol se asomaba tímidamente tras los nubarrones grises para luego volver a ser engullido por la casi permanente amenaza de tormenta. Yo me ponía todas las mañanas mi chaqueta roja, comprada en una tienda de ropa barata, la única prenda que me había podido permitir esa primavera, no por la falta de dinero, sino por la ausencia de ganas. Si hubiera podido, hubiera seguido utilizando el grueso abrigo negro de años anteriores, pues aunque la temperatura ya no era como para llevarlo, yo seguía sintiendo el invierno corriendo por mis venas. Era el frío de la ausencia, de la pérdida, y durante los últimos días la nubosidad había dejado de ser variable para convertirse en una niebla espesa, opaca y asfixiante.
En la calle, sin embargo, brillaba el sol, como pude advertir cuando asomé mi rostro tras los visillos del salón. Mi piso interior sólo permitía advertir el tiempo a través de esa ventana. Percibí el ruido de los motores de los coches que llegaban amortiguados desde la calle Princesa. Encaminé mis pasos hacia el cuarto de baño, donde tomé una ducha de agua ardiendo, para escaldar el hielo instalado en mi pecho. Bajo el potente chorro de agua, recordé los versos de una de mis canciones preferidas de Los Beatles. I think I’m gonna be sad, I think it’s today…Creo que voy a estar triste, creo que va a ser hoy. Abrí los ojos de golpe para no tener la certeza de que, en efecto, era el día que ibas a partir, el punto y final en nuestro camino. Intenté buscar un atajo a mi pesimismo, una perla de esperanza dentro del enorme bloque de hielo. No, no va a ser hoy, me dije, no va a ser nunca. No obstante, todos los indicios me llevaban a la amarga idea de que sí, iba a ocurrir, tal como cantaba John Lennon. Tenías un billete para marcharte.
Casi siempre canto en la ducha, y como tratando de negar la evidencia, intenté hacerlo, como cuando me dedicaba a cantar sobre un escenario, con toda mi energía, exorcizando todos mis miedos y frustraciones ante el micrófono. Pero de mis cuerdas vocales sólo salió un susurro ahogado por la pena, y mis lágrimas se mezclaron con el agua que caía desde la alcachofa de la ducha."


CREO QUE VA A SER HOY

jueves, 30 de octubre de 2008

No menciones el amor, porque duele


“_Sabes, de nada me sirve que te erijas como salvadora de la pobrecita Luna si luego por un error infantil vas a salir corriendo para no volver a mirar atrás, airees mi intimidad, le cuentes a todos lo buena que has sido conmigo y encima me lo eches en cara con la excusa de que la sinceridad debe estar por encima de todo. He dejado de creerme ese discursito que me llevas soltando todo el verano, reprochándome todo lo que hago mal, lo infantil que te resulto, lo increíblemente egocéntrica y caprichosa que te parezco, pero termines el bombardeo con un “pero yo te quiero mucho”. No me lo creo, Diana, no me quieres, me has dicho cosas horribles y me has dejado muy claro que no me quieres.
_ Sólo te estoy diciendo lo que no me gusta de ti, creo que tengo derecho. Y lo único que has hecho en todo este tiempo es comportarte como una chiquilla y hablar obsesivamente de los mismos temas, pasas olímpicamente de lo que yo pueda decirte, sólo hablas de tu problema, y lo que haces es cambiar tus nicks de Messenger y escribir relatos disparatadamente dramáticos sobre lo mal que te sientes, para mostrar ante el escaparate, eso sí, lo mal que estás y lo desgraciada que eres. Es una pena, Luna, es una pena que con veintitrés años sigas intentando llamar la atención de esa manera, nunca vas a salir de tu burbuja si sigues así.
_¿Te he pedido que me saques de alguna parte? Y por cierto, debe ser que esa burbuja sólo la ves tú.
_ No, niña, no la veo sólo yo, bien que lo dicen muchos otros y no te enteras. Todos con los que hablo opinan lo mismo.

Aquello dolió más que cualquier bofetada. Sentirse objeto de observación por parte del resto de la pandilla, tema de conversación recurrente y por supuesto centro de críticas hizo que mi miedo se disparara imaginando las burlas de esos mismos que tanto me habían mimado hacía pocos días, los mismos que tantas sonrisas y palmaditas en el hombro me habían dedicado sin previa petición. ¿Me estaba volviendo loca o todos parecían pensar lo mismo, la estúpida, infantil y egocéntrica Luna? Comprendí súbitamente que Diana sabía cuál era mi punto débil, y atacaba directamente a él. La diferencia es que yo no podía hacer lo mismo con ella, porque en el fondo es posible que me hubiera retratado, pero también lo había hecho ella misma.
Nos parecíamos más de lo que creíamos, o por lo menos de lo que deseábamos. Así que no quise terminar aquella conversación, susurré un “vale” con voz quebrada y me dí la vuelta dispuesta a llorar un rato en la soledad de mi dormitorio color vainilla, proyecto de Venecia en miniatura.
La Venecia real nunca había resultado tan aplastantemente solitaria. Aquel dormitorio se hundía mucho más que la isla en el Adriático. Su final iba a ser mucho más rápido y menos poético.
Pero la que realmente se hundió fui yo en la cama tras tomarme mi dosis duplicada de tropargal, decidida a cancelar de mi mente el recuerdo de la compañía almibarada de aquella gente que me colocaba en una misteriosa burbuja que yo no había logrado ver.
Haz que esta vez no me despierte, deliciosa benzodiazepina."

DELFINES EN LA BAÑERA

martes, 14 de octubre de 2008

Venecia llameante


"La silueta centelleante de los pececitos devorándose el uno al otro apareció ante mí como un estallido de luces tras atravesar las nubes y al mismo tiempo sentí estallar mi corazón al volver a ver ese pedacito de tierra que recordaba conocer como la palma de mi mano, que hubiera reconocido en cualquier mapa, que había dibujado cientos de veces, mi pequeña isla pescadito, cuajada de luces ambarinas como una pequeña galaxia en medio de la laguna oscura. Recordé la primera vez que se me encogió el pecho y me faltó la respiración, cuando recién llegada la primera vez vi desde el vaporetto las casitas de la Giudecca recortándose sobre el cielo malva del anochecer, y volví a sentir algo muy parecido, pero mezclado con la sensación de reencontrarse con un viejo amante del que una sigue enamorada. Venecia, tan luminosa sobre el agua, resplandeciente, tal como la dejé en agosto desde el aire, llorando a lágrima viva mientras la veía desaparecer desde la ventanilla del avión. El corazón me latía con una velocidad vertiginosa y la respiración se me aceleró. Reprimí una risa nerviosa cuando escuché al comandante anunciar que aterrizaríamos en apenas cinco minutos. Las pasajeras sentadas a mi izquierda me observaban sonriendo con un deje de ternura. “Cómo se nota que eres casi de aquí”, volvió a decirme la pelirroja de pelo corto, y yo sólo pude asentir con la cabeza. Claro que soy de aquí, aquí me dejé el alma, un año de vida, medio corazón que nunca me recordará como antes, cientos de nomeolvides repartidos por las calles, diez días llevando a mi madre a los rincones más hermosos que había conocido.
Volví a recordar su voz esa misma mañana, frágil y quebradiza a través del teléfono y la sonrisa se me apagó de pronto. Me dí cuenta de que mis lágrimas se tornaban agridulces, pensé en sus ojos agrisados por la enfermedad, recordé los días de julio que compartimos y entonces ahogué un llanto que parecía irrefrenable.
Tras haber salido del avión y haber llenado mis pulmones de nuevo con el aire saturado de humedad, reconocer aquel olor tan familiar del mar cercano, me dirigí a las cintas de equipaje a esperar la salida de mi enorme maleta vacía, esa misma que esperaba cargar de productos que tanto echaba de menos. Encendí ambos móviles, comprobé que llevaba mi abono de transporte, no podía estar quieta. La alegría me invadía, y al mismo tiempo una profunda desazón que no podía identificar como racional. Los recuerdos se embotaban en mi cabeza. Las calles de Venecia, mis amigos, las fiestas, el carnaval que vería en apenas una hora, mi madre acompañándome por las fondamente, sus ojos abiertos de par en par y su rostro de ovación cuando la llevé a ver la vista del Gran Canal desde la Iglesia de la Salute. Como una niña pequeña, mi madre, siempre con su intacta capacidad de asombro, tierna como una colegiala que viaja por primera vez.
Ya subida en el autobús que me llevaba hasta Piazzale Roma recordé las palabras de Guillermo, tantas veces burlonas. Por unos instantes me molestó recordarle, ahora que le tenía enterrado, sobre todo en un momento tan importante, mi vuelta a Venecia tras seis meses de ausencia, volver al punto de partida de la rayuela. Recordé como sus palabras, que pretendían, según él, ser sólo una broma, resultaban mordaces y sarcásticas, hirientes aunque me repitiera que no era para tanto.
“Mira que te pones pesada con Venecia, a ver para cuando lo superas…”
Y entonces pensé, eso es lo que hacen los tipos como tú, absurdos Peter Pan, los que no quieren retener nada porque así nada les hará pensar que quizá están equivocados, eso es lo que hacen los dictadores, destruir todo símbolo del pasado y del enriquecimiento de la memoria, eso es lo que hacen los idiotas, burlarse de los románticos que exprimen hasta la última gota de sus experiencias para transformarlas en arte, o quizá sólo en emoción pura, reírse y ridiculizar las pasiones de los que las defienden con uñas y dientes. Pues sí, adoro Venecia, adoro todo lo que pasé aquí, adoro hablar de ello y escribirlo, soñar por las noches que sigo aquí, dibujar su horizonte, escuchar las mismas canciones que escuchaba mientras paseaba hasta la Accademia, rememorar cada segundo y vivirlo como el más intenso de los amores e incluso de los sufrimientos. Pensé en mi madre, postrada en la cama mientras me decía que había tenido una pesadilla en la que algo malo me ocurría en el viaje, reconstruí su voz rota por el llanto infantil, pidiéndome que me cuidara y mi desazón se transformó en rabia. Ella también sueña con Venecia y en ir conmigo de la mano, ella también recuerda Londres y todas nuestras bromas en cada viaje, ella recopila cada recuerdo como hago yo, ella será otra estúpida romántica como Guillermo afirmaba con sus burlas, y me sentí orgullosa de que lo fuéramos, emocionales hasta el desgarro, a él qué demonios le importará, métete en tu racional y cuadriculada vida y déjanos disfrutar cada minuto de nuestras vidas en paz.
Y mientras recorría aquel camino por la carretera tan bien aprendida desde el aeropuerto, me di cuenta de que efectivamente no podía contener las lágrimas, y las solté libremente, que camparan a sus anchas por mi rostro, porque me había vuelto a desgarrar por la alegría, la pena, la ausencia, la memoria, la nostalgia y la furia, soy una sentimental, soy una emocional, cursi hasta la extenuación, una gilipollas aburrida que sólo sabe hablar de sus viajes con cara de éxtasis para gran regocijo de sus prosaicos compañeros, me alegraba de ello, me alegro por vosotros, que no sufriréis por nada. Mi madre en la cama, agotada y con el rostro pajizo por la quimioterapia viviría esta visita como si fuera suya, y lloraba por una pesadilla como si hubiera sido real, como cuando yo lloraba tras soñar que ella me abandonaba de pequeña.
Sentí que ahora me tocaba a mí consolarla como ella lo hacía cuando yo me levantaba berreando de pánico, saqué el teléfono móvil de mi mochila y comencé a teclear.
Sono arrivata alla città più bella del mondo, ma mi manchi tu. Non ho smesso di pensarti. Ritorneremo insieme qualche giorno. Non piangere, bella, non essere mai triste…
Cuando me vi en medio de Piazzale Roma, ya con la maleta de nuevo en la mano, y bajo la lluvia suave pero continua, me quedé de pie, inmóvil, llorando como un bebé. No llores Mamá, no llores que algún día volveremos juntas, volveremos. No llores, preciosa, no estés triste jamás…
Quise creer que todo era cierto, pero un terror espantoso a no poder llevar a cabo mi plan me tenía paralizada."
DELFINES EN LA BAÑERA

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Crónica de un despido anunciado


Una vez se me ocurrió hacer una serie de observaciones sobre mi trabajo, cuando me dedicaba a vender zapatos rebajados a las señoras pijas del Barrio de Salamanca, en los centros comerciales más famosos del país. Un amigo, del que por cierto no he tenido más noticias, me echó la bronca, diciendo que con mis críticas lo único que hacía era denotar que yo me creía superior a los demás, sólo porque comenté inocentemente que una cliente de abrigo de piel y niña de colegio suizo le había faltado escupirme y pisarme porque había tardado unos minutos demás al hacerle una devolución de unos zapatos Lacoste, pero que me consolaba saber que esa tipa no sabría quién es Morrissey. Nada más lejos de mis intenciones que creerme por encima de esa estúpida, válgame dios. Lo único que hacía era recopilar información y datos, porque no sé si os he contado alguna vez que yo quiero ser escritora y que para eso hay que ser muy observadora, además de tener clase, claro. Y fíjate si observo y recuerdo que los zapatos eran Lacoste, muy caros y muy feos, pero no tanto como la señora, cuyo mayor defecto no era desde luego no conocer a Morrissey, eso me la sopla, sino que tanta educación en colegio de pago no le había dado el mínimo estilo para saber tratar a una empleada, que además era novata y no le había quitado la sonrisa de encima. Es decir, que a mí me da igual que la gente sepa de esto o de aquello, que sea una biblioteca parlante o no tenga ni zorra de quién es Picasso o Piero Della Francesca. Lo que sí me importa, o por lo menos a lo que estoy acostumbrada es a tratar con gente de cierta educación, de cierto respeto. Por supuesto, eso no lo da una carrera superior, ni un colegio suizo, sino la inteligencia, y llamadme arrogante si me incluyo en este grupo, pero es que no me gusta que me traten como a un pozo de porquería, y por lo tanto yo tampoco suelo tratar así a nadie, y os aseguro que me he encontrado con mucha gente así por la vida. Sin ir más lejos, he vivido casi un año rodeada de cuatro pusilánimes, todas con carrera superior y papás con mucho dinero, o eso parecía, o eso querían parecer. Cuando un buen día le dije a una de ellas que era eso, una pusilánime, se quedó con su cara de perro rabioso, que la tenía de serie, y sólo supo decirme, pues tú más, y le faltó el chincha rabiña. Es decir, a mi no me importaba que esta tipa, que encima iba a mi clase, tuviera menos fluidez verbal que un niño de cuatro años, y que no entendiera qué coño significa pusilánime (también dudo que tuviera interés por buscarlo después en el diccionario), sino que su inteligencia no le daba ni siquiera para saber comportarse con un mínimo de decencia con cualquiera.
Todos me dicen que no me deprima, que esto me va a pasar siempre, que me voy a encontrar con imbéciles en todos los ámbitos de mi vida, y que me agarre para no caerme, que no sea tan sensible, que pase olímpicamente.
Efectivamente, no tendría que sufrir porque una subnormal que no sabe decir tres palabras seguidas me llame niñata, ni porque una compañera de curro que ni siquiera es mi jefa me ladre cuando llego cinco minutos tarde para demostrar que es superior, como si sus aires de mari de barrio me amilanaran, esta no sabe que yo crecí en Moratalaz…pero siempre me ha pasado, en el colegio se metían conmigo y yo me entristecía, se reían porque igual no llevaba zapatillas de marca o escuchaba a los Beatles, y sé que era una enorme estupidez, pero me entraba una pena gris. No supe defenderme hasta que tuve diez años y se me hincharon tanto las narices que empecé a repartir puñetazos, y entonces me convertí en la niña más respetada del lugar. Nunca he sido violenta, pero una cosa es declarar la guerra y otra cosa es defenderse, y me daba rabia tener que usar los puños para ganarme un respeto que nadie me tenía por ser eso, pacífica.
Hoy ya no uso los puños, ya no tengo diez años, lo que significa que sigo quedándome calladita ante una agresión, a no ser que sea verdaderamente injusta, y entonces respondo. Pero no, no estoy acostumbrada a tratar con maleducadas de semejante calibre. Y entonces es cuando me pregunto “¿Pero qué diablos hago yo aquí?” tratando con esta petarda que tiene todo el tiempo la frase mecagoenlahostia en la boca y luego me dicen que no se puede llevar vaqueros ni escote al trabajo…
Huelga decir que a los diez días me despidieron. No ha pasado usted el período de prueba, señorita. Y además no se ha integrado.
Creo que no fue la gastroenteritis pasajera, ni el escote. Tampoco mi exquisita educación de Moratalaz.
Es que cantaba tanto como una cucaracha en un plato de nata.

Rafa me ha dicho que me vaya acostumbrando. Que parece que no me entero, pero allá donde voy siempre soy la rarita. Porque no como carne, no tengo novio, soy de Bellas Artes y una tocapelotas, así resumiendo.

Pues vale.

Por cierto, chicas, no soy lesbiana. Que no esté ennoviada y le haga la cenita a un gañán cuando vuelve a casa del trabajo no quiere decir que no me vayan los machos.
Es que vaya simplicidad…

jueves, 7 de agosto de 2008

Kamikaze emocional


El otro día me definió así mi mejor amiga, que se ha enfadado conmigo, con toda la razón, pienso yo, aunque tampoco me esperaba que no quisiera volverme a ver...o eso parecía. La verdad es que hay veces que no me aclaro, no sé lo que pienso, no sé muy bien en qué momento vivo ni qué debo hacer.


En lo que va de año, tres personas, las tres hombres, me han ofrecido cantar y grabar unas canciones. La meta es colgarlas en un myspace, es evidente que desde que dejé de cantar hace cinco años, las cosas han cambiado mucho. Cuando grabamos nuestra primera maqueta, no existía el myspace, ni los blogs, ni fotologs, ni el emule ni el youtube, por no haber ni siquiera todos teníamos conexión a internet, así que si querías promocionarte, ya podías dar conciertos y vender maquetas a la salida (y yo era la única de mis compañeros que tenía grabadora de CD, el colmo de la tecnología), o bien mandarlo a todos los programas de radio que se te ocurrieran, y finalmente sonaba la campana, te radiaban, y un montón de poperos con pocas cosas que hacer te escribían cartas llenas de dibujitos contándote que tu maqueta les había gustado mucho, que querían comprartela...y te mandaban el dinero en sellos.

A este paso no me jubilo en la vida, pensaba yo.

Detrás ya venían las ofertas de pequeños sellos sin un duro, pero con mucha voluntad, que terminaba diluyéndose en ese mismo tema, en que no tenían un duro y terminaban por cerrar el chiringuito, los conciertos, los festivales, ratear con las salas el alquiler del equipo, la furgoneta, las gasolineras, las noches que no venía a verte ni el tato, la barra libre, los cotilleos y el sorprendente hecho de verte en alguna ocasión atendiendo a algún fan, cuando considerabas que los fans es algo que tiene gente como Madonna, Manolo García o igual algún cantante indie, por supuesto varón, heterosexual y politoxicómano, no necesariamente por este orden, y no yo misma, que hacía bachillerato durante la semana y el viernes y el sábado me lo pasaba en una furgoneta y un escenario cantando canciones que a nadie le importaba lo que contaran. Porque a veces me daba la sensación de que no, no contaban nada. Y ahí estaba un tipo dándote la turra sobre lo mucho que le llegaba al corazón tal canción, y yo con la sonrisa de cartón pintada en la cara, agradeciendo mucho su interés, pero pensando en irme a la cama y en dormir por una vez unas pocas horas seguidas. Porque encima bebía poco, y me sentaba fatal, aunque me quitara la timidez para salir a la palestra, y me drogaba cero, por lo que era una pequeña (en todos los sentidos) rareza dentro del panorama. Un angelito para algunos, una mojigata para otros.

Lo que más me gustaba, sin duda, era cantar, pero un buen día hasta eso dejó de satisfacerme, porque cada concierto resultaba ser una réplica o una copia casi idéntica del anterior, y comenzaba a envidiar ardientemente a los músicos de jazz, aunque no fuera una entendida en jazz, que decían improvisar en cada actuación.

Dejó de divertirme que fans que tenían edad para ser mis hermanos mayores, pero que tenían muy mal superada la adolescencia, vinieran a decirme lo monísima y divina que era, el flequillo taaan guay que llevaba, la falda taaaan ideal que tenía, y que yo era su cantante preferida, aunque sabía de sobra que el mes siguiente se lo dirían a otra con un flequillo aún más moderno y un par de tallas menos de falda.

Dejó de divertirme el hecho de entrar en un bar y que un montón de cabezas se giraran hacia mí y cuchichearan, y que encima no tuvieran el poquito cuidado de hacerlo a un volumen que yo no pudiera percibir, y de escuchar más de una y de dos veces, de bocas femeninas casi siempre, mira, esa sale con el guitarrista de ese otro grupo...pues no es tan mona, pues yo sé que él la engaña, pues tiene unos cuernos que no cabe por la puerta, pues que la jodan.

Dejó de divertirme llamar a los conciertos bolos, a las canciones temas y a los éxitos temazos.

Dejó de divertirme, en definitiva, estar más pendiente del mundo de la música que de la propia música. Y por supuesto, de no ganar un duro, para qué voy a mentir.


Así que con diecinueve años me vi como una cantante jubilada que ya había tocado techo en el mundillo indie pop de pueblo en el que me movía, porque aunque mucha gente pensara que iba a llegar lejos, yo estaba convencida de que no iba a ser así. Era una estrellita local, a quien invitaban a copas en cuatro bares de León y un par en Madrid, y no por ello me sentía mucho más valorada. Así que seguí estudiando la carrera, y me puse a trabajar en el ropero de un bar de Malasaña, donde echaba las mismas horas por noche que echaba en prueba de sonido, concierto y posterior fiesta, sólo que aquí tenía la boca cerradita, las manos ocupadas colgando abrigos, y me sacaba más dinero por noche.

Durante estos años algún avispado admirador, de esos a los que les dio igual que desapareciera de la faz del pop patrio y que ha seguido escuchando los discos que grabé, me ha reconocido en el bar, o en una tienda, o una vez en mi casa, invitado por una ex compañera de piso, para mi propio pasmo. Me han dicho con sinceridad que yo les gustaba, o que cantaba bien, y como ya me he reconciliado con mi pasado, hasta me ha hecho ilusión.

Estos días he vuelto a acordarme mucho de aquella época, e incluso me he sorprendido a mí misma ensayando bailes frente al espejo con nuestras canciones sonando de fondo, y recordando cómo fue el último concierto en un festival popero de Extremadura, las cinco mil personas que (se supone) estaban viéndome contonearme al ritmo de la batería, los teclados y haciendo gorgoritos y jugando con el micro, y me pregunto si realmente aquello era lo mío, si llevo dentro un animal escénico, una estrella reprimida, una popera apestosa. Y he recordado con cariño hasta los horribles momentos que pasé, de cansancio, de agotamiento, de discusiones y malentendidos, de chismorreos y malas críticas, y he pensado que me gustaría volver a intentarlo, pero no sé si ya estoy muy vieja para hacer lo mismo que hacía de adolescente. Igual es que lo hice todo muy pronto, y muy pronto se me pasó el entusiasmo...


El caso es que me lo han vuelto a ofrecer ya tres personas, y a las tres tengo la sensación de haberles dado largas, a unos más que otros, y espero que me entiendan, si tenemos en cuenta que con dos de ellos mantuve una relación sentimental o similar. Creo que es motivo de sobra para tener que pensárselo un rato, así que no me presionéis. No obstante, decir que me encantaría, pero estoy simplemente muerta de miedo, porque no sé si he perdido mis facultades, o las pocas que tenía. Tendré que decidirme en algún momento, aunque sé que cualquiera de las posibilidades podría ser otra de "las movidas de Lucía", otra inmolación, otra kamikazada emocional. Realmente me gustaría volver a salir a un escenario a decir "Buenas noches", sonreír y volver a contonear la cadera al ritmo de la canción. Ahora sólo hay que grabar con el ordenador, comprimir y colgar en myspace. El peloteo de los bares se ha traducido en lenguaje HTML y en mensajitos en el libro de visitas. Desde luego, es mucho menos cansino que estar sujetando una copa mientras un popero acneico te da la brasa ante la barra del Nasti. Es probable que lo que simplemente sea es una borde redomada, una insoportable, y que ello me impida realizarme mediante una disciplina tan dura como la música.

Aunque también es verdad que a la Winehouse le ha ido bastante bien...


Estoy indecisa, todo se tambalea, y aunque no paro de apretar el botón de emergencia ante terremotos, otras veces tengo unas ganas locas de dejar mi cuerpo muerto y hacer que me lleven las corrientes.

Quizá mi amiga tiene razón, y hay veces que estoy pidiendo a gritos un guantazo.

Si nada sale bien, siempre me quedará el recuerdo del Contempopránea y el espejo de mi habitación...

jueves, 26 de junio de 2008

Amelie es sólo una película


Yo no voy a arreglar la vida de los demás, porque me cuesta arreglar la mía.

A mí los vestidos me sientan peor y el pelo se me riza. No tengo una buhardilla para mí sola ni gato al que le guste escuchar que cuenten cuentos a los niños. No voy a rebotar piedras porque no tengo ningún río cerca, y en Venezia estaba prohibido, podías dejar sin ojo a algún gondolero (aunque sé de uno que se lo hubiera merecido).

Esta tarde hay partido y yo estaré en casa, que ya no es mi casa, sola, porque nadie estará disponible. A mí lo mismo me da que gane o pierda un país.

Respiraré hondo y quitaré todos los papeles de las paredes.

Elena, para animarme, ha hecho un hip hop llamado "Lucía conquista Sagasta".

No puedo evitar tener el corazón encogido.


Papá ha encontrado un pequeño diario de Mamá.

Silvia se ha ido a India.

Hace mucho calor, pero hoy iré a llevar más paquetes a mi nueva casa, a mi nuevo barrio.

He imprimido curriculums, por si acaso de vuelta dejo alguno en tiendas y negocios.

Nadie me dijo que las vacaciones fueran a ser tan duras.


Lo siento, pero con Amelie sí que tengo una cosa en común. No me atrevo.


Cierro los ojos y el mundo muere...

lunes, 16 de junio de 2008

CANCIÓN DE AMOR DE LA JOVEN LOCA





"Cierro los ojos y el mundo muere;


Levanto los párpados y nace todo nuevamente.


(Creo que te inventé en mi mente).




Las estrellas salen valseando en azul y rojo,


Sin sentir galopa la negrura:


Cierro los ojos y el mundo muere.




Soñé que me hechizabas en la cama


Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.


(Creo que te inventé en mi mente).




Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:


Escapan serafines y soldados de satán:


Cierro los ojos y el mundo muere.




Imaginé que volverías como dijiste,


Pero crecí y olvidé tu nombre


(Creo que te inventé en mi mente).




Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;


Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.


Cierro los ojos y el mundo muere.


(Creo que te inventé en mi mente). "




Sylvia Plath