miércoles, 24 de septiembre de 2008

Crónica de un despido anunciado


Una vez se me ocurrió hacer una serie de observaciones sobre mi trabajo, cuando me dedicaba a vender zapatos rebajados a las señoras pijas del Barrio de Salamanca, en los centros comerciales más famosos del país. Un amigo, del que por cierto no he tenido más noticias, me echó la bronca, diciendo que con mis críticas lo único que hacía era denotar que yo me creía superior a los demás, sólo porque comenté inocentemente que una cliente de abrigo de piel y niña de colegio suizo le había faltado escupirme y pisarme porque había tardado unos minutos demás al hacerle una devolución de unos zapatos Lacoste, pero que me consolaba saber que esa tipa no sabría quién es Morrissey. Nada más lejos de mis intenciones que creerme por encima de esa estúpida, válgame dios. Lo único que hacía era recopilar información y datos, porque no sé si os he contado alguna vez que yo quiero ser escritora y que para eso hay que ser muy observadora, además de tener clase, claro. Y fíjate si observo y recuerdo que los zapatos eran Lacoste, muy caros y muy feos, pero no tanto como la señora, cuyo mayor defecto no era desde luego no conocer a Morrissey, eso me la sopla, sino que tanta educación en colegio de pago no le había dado el mínimo estilo para saber tratar a una empleada, que además era novata y no le había quitado la sonrisa de encima. Es decir, que a mí me da igual que la gente sepa de esto o de aquello, que sea una biblioteca parlante o no tenga ni zorra de quién es Picasso o Piero Della Francesca. Lo que sí me importa, o por lo menos a lo que estoy acostumbrada es a tratar con gente de cierta educación, de cierto respeto. Por supuesto, eso no lo da una carrera superior, ni un colegio suizo, sino la inteligencia, y llamadme arrogante si me incluyo en este grupo, pero es que no me gusta que me traten como a un pozo de porquería, y por lo tanto yo tampoco suelo tratar así a nadie, y os aseguro que me he encontrado con mucha gente así por la vida. Sin ir más lejos, he vivido casi un año rodeada de cuatro pusilánimes, todas con carrera superior y papás con mucho dinero, o eso parecía, o eso querían parecer. Cuando un buen día le dije a una de ellas que era eso, una pusilánime, se quedó con su cara de perro rabioso, que la tenía de serie, y sólo supo decirme, pues tú más, y le faltó el chincha rabiña. Es decir, a mi no me importaba que esta tipa, que encima iba a mi clase, tuviera menos fluidez verbal que un niño de cuatro años, y que no entendiera qué coño significa pusilánime (también dudo que tuviera interés por buscarlo después en el diccionario), sino que su inteligencia no le daba ni siquiera para saber comportarse con un mínimo de decencia con cualquiera.
Todos me dicen que no me deprima, que esto me va a pasar siempre, que me voy a encontrar con imbéciles en todos los ámbitos de mi vida, y que me agarre para no caerme, que no sea tan sensible, que pase olímpicamente.
Efectivamente, no tendría que sufrir porque una subnormal que no sabe decir tres palabras seguidas me llame niñata, ni porque una compañera de curro que ni siquiera es mi jefa me ladre cuando llego cinco minutos tarde para demostrar que es superior, como si sus aires de mari de barrio me amilanaran, esta no sabe que yo crecí en Moratalaz…pero siempre me ha pasado, en el colegio se metían conmigo y yo me entristecía, se reían porque igual no llevaba zapatillas de marca o escuchaba a los Beatles, y sé que era una enorme estupidez, pero me entraba una pena gris. No supe defenderme hasta que tuve diez años y se me hincharon tanto las narices que empecé a repartir puñetazos, y entonces me convertí en la niña más respetada del lugar. Nunca he sido violenta, pero una cosa es declarar la guerra y otra cosa es defenderse, y me daba rabia tener que usar los puños para ganarme un respeto que nadie me tenía por ser eso, pacífica.
Hoy ya no uso los puños, ya no tengo diez años, lo que significa que sigo quedándome calladita ante una agresión, a no ser que sea verdaderamente injusta, y entonces respondo. Pero no, no estoy acostumbrada a tratar con maleducadas de semejante calibre. Y entonces es cuando me pregunto “¿Pero qué diablos hago yo aquí?” tratando con esta petarda que tiene todo el tiempo la frase mecagoenlahostia en la boca y luego me dicen que no se puede llevar vaqueros ni escote al trabajo…
Huelga decir que a los diez días me despidieron. No ha pasado usted el período de prueba, señorita. Y además no se ha integrado.
Creo que no fue la gastroenteritis pasajera, ni el escote. Tampoco mi exquisita educación de Moratalaz.
Es que cantaba tanto como una cucaracha en un plato de nata.

Rafa me ha dicho que me vaya acostumbrando. Que parece que no me entero, pero allá donde voy siempre soy la rarita. Porque no como carne, no tengo novio, soy de Bellas Artes y una tocapelotas, así resumiendo.

Pues vale.

Por cierto, chicas, no soy lesbiana. Que no esté ennoviada y le haga la cenita a un gañán cuando vuelve a casa del trabajo no quiere decir que no me vayan los machos.
Es que vaya simplicidad…