jueves, 30 de octubre de 2008

No menciones el amor, porque duele


“_Sabes, de nada me sirve que te erijas como salvadora de la pobrecita Luna si luego por un error infantil vas a salir corriendo para no volver a mirar atrás, airees mi intimidad, le cuentes a todos lo buena que has sido conmigo y encima me lo eches en cara con la excusa de que la sinceridad debe estar por encima de todo. He dejado de creerme ese discursito que me llevas soltando todo el verano, reprochándome todo lo que hago mal, lo infantil que te resulto, lo increíblemente egocéntrica y caprichosa que te parezco, pero termines el bombardeo con un “pero yo te quiero mucho”. No me lo creo, Diana, no me quieres, me has dicho cosas horribles y me has dejado muy claro que no me quieres.
_ Sólo te estoy diciendo lo que no me gusta de ti, creo que tengo derecho. Y lo único que has hecho en todo este tiempo es comportarte como una chiquilla y hablar obsesivamente de los mismos temas, pasas olímpicamente de lo que yo pueda decirte, sólo hablas de tu problema, y lo que haces es cambiar tus nicks de Messenger y escribir relatos disparatadamente dramáticos sobre lo mal que te sientes, para mostrar ante el escaparate, eso sí, lo mal que estás y lo desgraciada que eres. Es una pena, Luna, es una pena que con veintitrés años sigas intentando llamar la atención de esa manera, nunca vas a salir de tu burbuja si sigues así.
_¿Te he pedido que me saques de alguna parte? Y por cierto, debe ser que esa burbuja sólo la ves tú.
_ No, niña, no la veo sólo yo, bien que lo dicen muchos otros y no te enteras. Todos con los que hablo opinan lo mismo.

Aquello dolió más que cualquier bofetada. Sentirse objeto de observación por parte del resto de la pandilla, tema de conversación recurrente y por supuesto centro de críticas hizo que mi miedo se disparara imaginando las burlas de esos mismos que tanto me habían mimado hacía pocos días, los mismos que tantas sonrisas y palmaditas en el hombro me habían dedicado sin previa petición. ¿Me estaba volviendo loca o todos parecían pensar lo mismo, la estúpida, infantil y egocéntrica Luna? Comprendí súbitamente que Diana sabía cuál era mi punto débil, y atacaba directamente a él. La diferencia es que yo no podía hacer lo mismo con ella, porque en el fondo es posible que me hubiera retratado, pero también lo había hecho ella misma.
Nos parecíamos más de lo que creíamos, o por lo menos de lo que deseábamos. Así que no quise terminar aquella conversación, susurré un “vale” con voz quebrada y me dí la vuelta dispuesta a llorar un rato en la soledad de mi dormitorio color vainilla, proyecto de Venecia en miniatura.
La Venecia real nunca había resultado tan aplastantemente solitaria. Aquel dormitorio se hundía mucho más que la isla en el Adriático. Su final iba a ser mucho más rápido y menos poético.
Pero la que realmente se hundió fui yo en la cama tras tomarme mi dosis duplicada de tropargal, decidida a cancelar de mi mente el recuerdo de la compañía almibarada de aquella gente que me colocaba en una misteriosa burbuja que yo no había logrado ver.
Haz que esta vez no me despierte, deliciosa benzodiazepina."

DELFINES EN LA BAÑERA

martes, 14 de octubre de 2008

Venecia llameante


"La silueta centelleante de los pececitos devorándose el uno al otro apareció ante mí como un estallido de luces tras atravesar las nubes y al mismo tiempo sentí estallar mi corazón al volver a ver ese pedacito de tierra que recordaba conocer como la palma de mi mano, que hubiera reconocido en cualquier mapa, que había dibujado cientos de veces, mi pequeña isla pescadito, cuajada de luces ambarinas como una pequeña galaxia en medio de la laguna oscura. Recordé la primera vez que se me encogió el pecho y me faltó la respiración, cuando recién llegada la primera vez vi desde el vaporetto las casitas de la Giudecca recortándose sobre el cielo malva del anochecer, y volví a sentir algo muy parecido, pero mezclado con la sensación de reencontrarse con un viejo amante del que una sigue enamorada. Venecia, tan luminosa sobre el agua, resplandeciente, tal como la dejé en agosto desde el aire, llorando a lágrima viva mientras la veía desaparecer desde la ventanilla del avión. El corazón me latía con una velocidad vertiginosa y la respiración se me aceleró. Reprimí una risa nerviosa cuando escuché al comandante anunciar que aterrizaríamos en apenas cinco minutos. Las pasajeras sentadas a mi izquierda me observaban sonriendo con un deje de ternura. “Cómo se nota que eres casi de aquí”, volvió a decirme la pelirroja de pelo corto, y yo sólo pude asentir con la cabeza. Claro que soy de aquí, aquí me dejé el alma, un año de vida, medio corazón que nunca me recordará como antes, cientos de nomeolvides repartidos por las calles, diez días llevando a mi madre a los rincones más hermosos que había conocido.
Volví a recordar su voz esa misma mañana, frágil y quebradiza a través del teléfono y la sonrisa se me apagó de pronto. Me dí cuenta de que mis lágrimas se tornaban agridulces, pensé en sus ojos agrisados por la enfermedad, recordé los días de julio que compartimos y entonces ahogué un llanto que parecía irrefrenable.
Tras haber salido del avión y haber llenado mis pulmones de nuevo con el aire saturado de humedad, reconocer aquel olor tan familiar del mar cercano, me dirigí a las cintas de equipaje a esperar la salida de mi enorme maleta vacía, esa misma que esperaba cargar de productos que tanto echaba de menos. Encendí ambos móviles, comprobé que llevaba mi abono de transporte, no podía estar quieta. La alegría me invadía, y al mismo tiempo una profunda desazón que no podía identificar como racional. Los recuerdos se embotaban en mi cabeza. Las calles de Venecia, mis amigos, las fiestas, el carnaval que vería en apenas una hora, mi madre acompañándome por las fondamente, sus ojos abiertos de par en par y su rostro de ovación cuando la llevé a ver la vista del Gran Canal desde la Iglesia de la Salute. Como una niña pequeña, mi madre, siempre con su intacta capacidad de asombro, tierna como una colegiala que viaja por primera vez.
Ya subida en el autobús que me llevaba hasta Piazzale Roma recordé las palabras de Guillermo, tantas veces burlonas. Por unos instantes me molestó recordarle, ahora que le tenía enterrado, sobre todo en un momento tan importante, mi vuelta a Venecia tras seis meses de ausencia, volver al punto de partida de la rayuela. Recordé como sus palabras, que pretendían, según él, ser sólo una broma, resultaban mordaces y sarcásticas, hirientes aunque me repitiera que no era para tanto.
“Mira que te pones pesada con Venecia, a ver para cuando lo superas…”
Y entonces pensé, eso es lo que hacen los tipos como tú, absurdos Peter Pan, los que no quieren retener nada porque así nada les hará pensar que quizá están equivocados, eso es lo que hacen los dictadores, destruir todo símbolo del pasado y del enriquecimiento de la memoria, eso es lo que hacen los idiotas, burlarse de los románticos que exprimen hasta la última gota de sus experiencias para transformarlas en arte, o quizá sólo en emoción pura, reírse y ridiculizar las pasiones de los que las defienden con uñas y dientes. Pues sí, adoro Venecia, adoro todo lo que pasé aquí, adoro hablar de ello y escribirlo, soñar por las noches que sigo aquí, dibujar su horizonte, escuchar las mismas canciones que escuchaba mientras paseaba hasta la Accademia, rememorar cada segundo y vivirlo como el más intenso de los amores e incluso de los sufrimientos. Pensé en mi madre, postrada en la cama mientras me decía que había tenido una pesadilla en la que algo malo me ocurría en el viaje, reconstruí su voz rota por el llanto infantil, pidiéndome que me cuidara y mi desazón se transformó en rabia. Ella también sueña con Venecia y en ir conmigo de la mano, ella también recuerda Londres y todas nuestras bromas en cada viaje, ella recopila cada recuerdo como hago yo, ella será otra estúpida romántica como Guillermo afirmaba con sus burlas, y me sentí orgullosa de que lo fuéramos, emocionales hasta el desgarro, a él qué demonios le importará, métete en tu racional y cuadriculada vida y déjanos disfrutar cada minuto de nuestras vidas en paz.
Y mientras recorría aquel camino por la carretera tan bien aprendida desde el aeropuerto, me di cuenta de que efectivamente no podía contener las lágrimas, y las solté libremente, que camparan a sus anchas por mi rostro, porque me había vuelto a desgarrar por la alegría, la pena, la ausencia, la memoria, la nostalgia y la furia, soy una sentimental, soy una emocional, cursi hasta la extenuación, una gilipollas aburrida que sólo sabe hablar de sus viajes con cara de éxtasis para gran regocijo de sus prosaicos compañeros, me alegraba de ello, me alegro por vosotros, que no sufriréis por nada. Mi madre en la cama, agotada y con el rostro pajizo por la quimioterapia viviría esta visita como si fuera suya, y lloraba por una pesadilla como si hubiera sido real, como cuando yo lloraba tras soñar que ella me abandonaba de pequeña.
Sentí que ahora me tocaba a mí consolarla como ella lo hacía cuando yo me levantaba berreando de pánico, saqué el teléfono móvil de mi mochila y comencé a teclear.
Sono arrivata alla città più bella del mondo, ma mi manchi tu. Non ho smesso di pensarti. Ritorneremo insieme qualche giorno. Non piangere, bella, non essere mai triste…
Cuando me vi en medio de Piazzale Roma, ya con la maleta de nuevo en la mano, y bajo la lluvia suave pero continua, me quedé de pie, inmóvil, llorando como un bebé. No llores Mamá, no llores que algún día volveremos juntas, volveremos. No llores, preciosa, no estés triste jamás…
Quise creer que todo era cierto, pero un terror espantoso a no poder llevar a cabo mi plan me tenía paralizada."
DELFINES EN LA BAÑERA