martes, 14 de octubre de 2008

Venecia llameante


"La silueta centelleante de los pececitos devorándose el uno al otro apareció ante mí como un estallido de luces tras atravesar las nubes y al mismo tiempo sentí estallar mi corazón al volver a ver ese pedacito de tierra que recordaba conocer como la palma de mi mano, que hubiera reconocido en cualquier mapa, que había dibujado cientos de veces, mi pequeña isla pescadito, cuajada de luces ambarinas como una pequeña galaxia en medio de la laguna oscura. Recordé la primera vez que se me encogió el pecho y me faltó la respiración, cuando recién llegada la primera vez vi desde el vaporetto las casitas de la Giudecca recortándose sobre el cielo malva del anochecer, y volví a sentir algo muy parecido, pero mezclado con la sensación de reencontrarse con un viejo amante del que una sigue enamorada. Venecia, tan luminosa sobre el agua, resplandeciente, tal como la dejé en agosto desde el aire, llorando a lágrima viva mientras la veía desaparecer desde la ventanilla del avión. El corazón me latía con una velocidad vertiginosa y la respiración se me aceleró. Reprimí una risa nerviosa cuando escuché al comandante anunciar que aterrizaríamos en apenas cinco minutos. Las pasajeras sentadas a mi izquierda me observaban sonriendo con un deje de ternura. “Cómo se nota que eres casi de aquí”, volvió a decirme la pelirroja de pelo corto, y yo sólo pude asentir con la cabeza. Claro que soy de aquí, aquí me dejé el alma, un año de vida, medio corazón que nunca me recordará como antes, cientos de nomeolvides repartidos por las calles, diez días llevando a mi madre a los rincones más hermosos que había conocido.
Volví a recordar su voz esa misma mañana, frágil y quebradiza a través del teléfono y la sonrisa se me apagó de pronto. Me dí cuenta de que mis lágrimas se tornaban agridulces, pensé en sus ojos agrisados por la enfermedad, recordé los días de julio que compartimos y entonces ahogué un llanto que parecía irrefrenable.
Tras haber salido del avión y haber llenado mis pulmones de nuevo con el aire saturado de humedad, reconocer aquel olor tan familiar del mar cercano, me dirigí a las cintas de equipaje a esperar la salida de mi enorme maleta vacía, esa misma que esperaba cargar de productos que tanto echaba de menos. Encendí ambos móviles, comprobé que llevaba mi abono de transporte, no podía estar quieta. La alegría me invadía, y al mismo tiempo una profunda desazón que no podía identificar como racional. Los recuerdos se embotaban en mi cabeza. Las calles de Venecia, mis amigos, las fiestas, el carnaval que vería en apenas una hora, mi madre acompañándome por las fondamente, sus ojos abiertos de par en par y su rostro de ovación cuando la llevé a ver la vista del Gran Canal desde la Iglesia de la Salute. Como una niña pequeña, mi madre, siempre con su intacta capacidad de asombro, tierna como una colegiala que viaja por primera vez.
Ya subida en el autobús que me llevaba hasta Piazzale Roma recordé las palabras de Guillermo, tantas veces burlonas. Por unos instantes me molestó recordarle, ahora que le tenía enterrado, sobre todo en un momento tan importante, mi vuelta a Venecia tras seis meses de ausencia, volver al punto de partida de la rayuela. Recordé como sus palabras, que pretendían, según él, ser sólo una broma, resultaban mordaces y sarcásticas, hirientes aunque me repitiera que no era para tanto.
“Mira que te pones pesada con Venecia, a ver para cuando lo superas…”
Y entonces pensé, eso es lo que hacen los tipos como tú, absurdos Peter Pan, los que no quieren retener nada porque así nada les hará pensar que quizá están equivocados, eso es lo que hacen los dictadores, destruir todo símbolo del pasado y del enriquecimiento de la memoria, eso es lo que hacen los idiotas, burlarse de los románticos que exprimen hasta la última gota de sus experiencias para transformarlas en arte, o quizá sólo en emoción pura, reírse y ridiculizar las pasiones de los que las defienden con uñas y dientes. Pues sí, adoro Venecia, adoro todo lo que pasé aquí, adoro hablar de ello y escribirlo, soñar por las noches que sigo aquí, dibujar su horizonte, escuchar las mismas canciones que escuchaba mientras paseaba hasta la Accademia, rememorar cada segundo y vivirlo como el más intenso de los amores e incluso de los sufrimientos. Pensé en mi madre, postrada en la cama mientras me decía que había tenido una pesadilla en la que algo malo me ocurría en el viaje, reconstruí su voz rota por el llanto infantil, pidiéndome que me cuidara y mi desazón se transformó en rabia. Ella también sueña con Venecia y en ir conmigo de la mano, ella también recuerda Londres y todas nuestras bromas en cada viaje, ella recopila cada recuerdo como hago yo, ella será otra estúpida romántica como Guillermo afirmaba con sus burlas, y me sentí orgullosa de que lo fuéramos, emocionales hasta el desgarro, a él qué demonios le importará, métete en tu racional y cuadriculada vida y déjanos disfrutar cada minuto de nuestras vidas en paz.
Y mientras recorría aquel camino por la carretera tan bien aprendida desde el aeropuerto, me di cuenta de que efectivamente no podía contener las lágrimas, y las solté libremente, que camparan a sus anchas por mi rostro, porque me había vuelto a desgarrar por la alegría, la pena, la ausencia, la memoria, la nostalgia y la furia, soy una sentimental, soy una emocional, cursi hasta la extenuación, una gilipollas aburrida que sólo sabe hablar de sus viajes con cara de éxtasis para gran regocijo de sus prosaicos compañeros, me alegraba de ello, me alegro por vosotros, que no sufriréis por nada. Mi madre en la cama, agotada y con el rostro pajizo por la quimioterapia viviría esta visita como si fuera suya, y lloraba por una pesadilla como si hubiera sido real, como cuando yo lloraba tras soñar que ella me abandonaba de pequeña.
Sentí que ahora me tocaba a mí consolarla como ella lo hacía cuando yo me levantaba berreando de pánico, saqué el teléfono móvil de mi mochila y comencé a teclear.
Sono arrivata alla città più bella del mondo, ma mi manchi tu. Non ho smesso di pensarti. Ritorneremo insieme qualche giorno. Non piangere, bella, non essere mai triste…
Cuando me vi en medio de Piazzale Roma, ya con la maleta de nuevo en la mano, y bajo la lluvia suave pero continua, me quedé de pie, inmóvil, llorando como un bebé. No llores Mamá, no llores que algún día volveremos juntas, volveremos. No llores, preciosa, no estés triste jamás…
Quise creer que todo era cierto, pero un terror espantoso a no poder llevar a cabo mi plan me tenía paralizada."
DELFINES EN LA BAÑERA

3 comentarios:

Lazarillo en América dijo...

Me confieso fan tuyo! Que bien escribes!

Juan Cairós dijo...

Uhmmm,una mezcla de pasaje romántico como ya hicieran Byron, Shelley y Goethe( el primero cantó mucho a Venecia y a Italia en general), y una mezcla de modernidad, desenfreno y juventud.
Me gustan tus descripciones, consigues que saboree cada paisaje al ritmo de tus letras!

Estaré pendiente para cuando surques en tu góndola de sueños, el mar de pieles de un cuerpo masculino (o femenino, eso no lo se).

Un saludo Moratalaz, te sigo leyendo!

Edu dijo...

Venezia es un sueño edificado a golpe de ladrillo, que se desvanece en un despertar de mar.
Un saludo.