lunes, 20 de julio de 2009

Hola, Mamá

"Hola, Mamá" es mi frase favorita.
Probablemente porque ya nunca la puedo decir.
Bueno, pero la digo en sueños.

¿Qué te voy a regalar este año? Pues unos vídeos de canciones que te gustaban, un bailecito, una sonrisa y mis mejores intenciones para hacer una tarta de manzana.

Yo recuerdo un cumpleaños tuyo muy antiguo. Me dijiste que no podía ser que cumplieras treinta porque es imposible que me acordara, pero yo juraría que sí. Bueno, ponle que fueran treinta y uno. El caso es que yo saltaba en la cama, sobre aquella colcha de punto blanca y azul clarito del año de maricastaña que estuvo en mi cuarto hasta que te supliqué que me trajeras una colcha nueva de la India. Saltaba, muy feliz porque era tu cumpleaños y te quería mucho. Había tarta de manzana para después de cenar.

¿Qué te regalaría si aún estuvieras aquí? Pues el Mediterráneo, las estrellas, volver a cantarte, Venezia, helado de café, mil tartas de manzana, té con leche en la cocina, un millón de flores.
Pero estás un poco lejos y no puedo hacerlo todo en un día, así que lo voy repartiendo durante todo el año.

Me va bien, ya sabes que siempre he sido muy llorona y ahora no le doy importancia a las lágrimas. Tengo una casa preciosa a la que hoy mismo le han quitado los andamios de la fachada, sigo teniendo la habitación desordenada, eso sí. Tendrías que conocer a Andrea, te caería fenomenal. Y qué voy a contarte de él...ahá, sí, él, hay un hombre...sí, Mamá, me quiere mucho, eso creo, o eso me dice el muy pillín. Sí, yo también le quiero, lógicamente. Tantas vueltas por el mundo y acabar enamorándome de un chico de León...sí, ya sé que era hora. No, no haré tonterías, ya he hecho suficientes este año. Mis amigos, pues ahí andan, repartidos por el mundo. La que más cerca ha estado ha sido Carolina, pero ahora se ha marchado a Barcelona...con el grupo, pues muy bien, nos lo tomamos con tranquilidad, que es más sano. De momento sigo sin curro fijo, con algún encargo, empezando, y con trabajillos eventuales de contratos exiguos y paupérrimos. Se hace lo que se puede.

El otro día me acordé de ti y me puse a hacer galletas...tenía ganas de hacer dulces, y sé que a ti te gustaba mucho. Me recorrí todos los chinos de mi barrio para comprar moldes con formas bonitas, y al final las hice de tres variedades: vainilla, canela y mermelada. Me salieron para un regimiento, pero reparti entre Moratalaz, mi casa y, cómo no, mi consorte, a quien por cierto le han encantado y se las zampa de tres en tres. Ahora sólo hay que intentarlo con la tarta. He comprado frutas del bosque, así que se presta a variaciones.

Soy bastante feliz, he cambiado moderadamente aunque sigo siendo igual de despistada, me olvido las llaves, los recados, llego tarde, me duermo por las mañanas y se me quema la comida, pero feliz, sí.

¿Qué más te regalaría? Pues sacarte a bailar, hermosura. Insisto. Seguro que lo haces muy bien.

Por cierto, le he puesto tu nombre a mi bicicleta, es que el que tenía antes no le gustaba nada, espero que no te importe.

Feliz cumpleaños, estés donde estés.





Se me ocurrirán más, sí...

viernes, 12 de junio de 2009

Mis más sinceras disculpas

Naciste en una isla del Atlántico, sólo (¡sólo!, exclaman mis amigas y mis tías) unos meses antes de que yo lo hiciera en Madrid. No viniste a la península hasta los tres años. Desde que yo cumplí nueve compartimos ciudad sin saber que nos separaban sólo un par de barrios con una catedral gótica en medio. No coincidimos en el colegio, ni jugando en la calle ni en el parque, no tuvimos amigos comunes, no fuimos al mismo instituto. Yo pensaba que no vivía en una ciudad tan grande como para no haberte conocido alguna vez.

La primera vez que nos vimos (o que uno de los dos vio al otro) fue hace casi diez años, en un concierto que pasó sin pena ni gloria, una noche en la que empezaba el verano. Ambos éramos unos críos que nos creíamos muy mayores. Cada uno con su respectiva pandilla, haciendo lo que mejor sabía o podía. No supe hasta hace poco las pestes que echaban cuando sacaba la pandereta, aunque a mí me daba igual. No me dijiste nada, según tú sólo te quedaste mirando y pensando demasiadas cosas que no me contaste en casi una década.

Volvimos a coincidir en un bar unos meses después. Conseguiste que nos presentaran, te saludé y no compartimos nada más, apenas una sonrisa, apenas unas palabras. Yo no recuerdo ese día. Volvió a ocurrir de la misma manera varias veces más. Todas se han perdido en mi memoria y no las conservo en el cofrecito de momentos especiales, por mucho que he tratado de buscarlas.

Después yo me trasladé a Madrid, conocí a alguno más de tus amigos y oí hablar de ti muchas veces, escuché tu nombre en muchas ocasiones pero sin terminar de reconocerte. “No sé quién es” repetía. “No caigo”. Qué idiota, no haber prestado atención, cuando además iba de vez en cuando al bar donde trabajabas. Tampoco fui a tu primer concierto, ni a los que vinieron después. Nadie me avisó de que ya tocabas en Madrid.

Más tarde me fui a Venecia, y al poco de volver, te encontré de nuevo una noche en el Nasti. Tú también estabas recién llegado de fuera, con dos amigos que yo conocía. Tengo un vago recuerdo de haberme presentado de nuevo, una imagen muy borrosa de ti en medio de los tres, nervioso y muy serio. Yo estaba con un chico al que no volveré a ver. Llevaba una camiseta morada que aún me pongo de vez en cuando. No me dijiste casi nada, pero temblabas.

Volvió a pasar año y medio para que nos volviéramos a encontrar aquella noche de mi primer concierto en cinco años. Me encontraba aturdida por el calor y todos los que venían a hablar sin parar, así que cuando tú me dijiste un “hola” sin más, no pude reaccionar mucho. Añadiste, como un balazo imprevisto “¿Te acuerdas de mí después de todas las veces que nos han presentado?”. Fue certero y dañino. Claro que me acordaba, por fin me acordaba, pero ya estabas demasiado acostumbrado a la niñata con memoria de pez que siempre te saluda como si fuera la primera. Asentí con la cabeza, pero el daño estaba hecho…y mi deber era deshacer el entuerto.

Por eso unas semanas después te saludé en la sala Clamores el primero. Te di dos besos y te sonreí. Era mi manera de pedir disculpas por semejante desdén, que nada tiene de intencionado. Supongo que no lo advertirías como tal, pero era importante para mí, no quería ser descortés. A los diez minutos de hablar de trivialidades, tartamudeaste y me pediste mi número de teléfono. “Por si alguna vez quería ir a ver una exposición”. Agradecí poder guardar ese momento en el cofrecito.

Por una vez llegaba a tiempo.

Han pasado tres meses en los que me he preguntado cientos de veces por qué no abrí bien los ojos, no hice caso, no presté la atención necesaria, no tuve más cuidado en reparar en pequeños detalles, no fui a tus conciertos, no me paré a hablar contigo, cuando llevabas ahí años, tan cerquita, haciéndome señales. Tienes razón cuando dices que manejo una buena torrija y que vivo en la inopia. Ya me conociste así, menos mal, sé que eso nunca te decepcionará.

 

Hoy te veré en concierto por primera vez, inaugurando la cartilla de puntos acumulables de la que aún no conozco el premio final. Estoy emocionada como una niña el día de las vacaciones.

 

Por cierto, todavía no hemos ido a ninguna exposición juntos. Ya va siendo hora, digo yo…

jueves, 28 de mayo de 2009

Mayo de algún año de la década de los noventa...


                  

Va a hacer diez años ya que estaba en el cénit de mi adolescencia. No sé como llegó ni cuando, aunque mi familia llevaba ya años advirtiéndolo. “Por suerte la adolescencia es una enfermedad que se pasa con los años.” Vaya cantinela llevaba escuchando desde los nueve. Si por mi familia fuera, yo hubiera nacido púber, y aún lo sería con la edad que tengo ahora.

         Es una etapa divertida de rememorar, porque, que yo sepa, nunca me he sentido tan mayor como entonces. Es cierto que tampoco tuve una adolescencia del todo normal, por lo menos, no típica del todo. No han pasado ni diez años desde que me iba por toda la península en una furgoneta, a dar conciertos por gran parte de los tugurios del país. Visité casi todos los festivales de rock existentes, y todo lo que conservo de aquellos días es un recuerdo borroso y apenas comprensible. ¿Era aquello lo que quería vivir con diecisiete años? Las drogas estaban cerca, pero tampoco era nada para espantarse; el bar apestoso en el que se reunían mis amigos del instituto los viernes por la noche era un centro de reunión de politoxicómanos de todos los estilos, desde el hippie con síndrome de peter pan, que ronda los cuarenta, no puede negar una incipiente barriga bajo los chalecos bordados y que sigue viajando como un jovencito alocado gracias a las mieles etéreas del hachís, hasta los niñatos anoréxicos vestidos con pequeñas camisetas de lycra y elastán, atiborrados de anfetaminas y bebidas energéticas. Qué gran momento fueron los noventa. Todos nos disfrazábamos de alguna tribu urbana como si verdaderamente estuviéramos obligados a pertenecer a algún grupo, a ubicarnos dentro de algún equipo para no sentirnos solos ni desamparados. De todas maneras nos encontrábamos en una ciudad de provincias en la que ninguna raza estilística abundaba, de tal manera que nos juntábamos formando una agrupación de lo más variopinta. Yo era una Indie aburrida, ya lo he contado, y más tarde pasé a ser una popera moderna con tintes electrónicos, porque consideraba muy importante evolucionar. Mis mejores amigas eran una grunge de pelo verde y una gótica decepcionada con la vida. También había una mod con el fondo de armario más amplio y anticuado de la ciudad, así como un par de punks que querían cortarse las venas tres de cada cuatro días.

         Qué gran momento fueron los noventa, y más si tenías quince años.

         Ha pasado casi una década y aún me siguen llamando popi en la facultad, es como una manera de distinguirme. Al principio me molestaba, bastante me costaba arrastrar esa etiqueta que a ojos de todos, significaba imbécil perdida. Aún recuerdo cuando una compañera de otro curso me dijo que conocerme un poco más a fondo había sido una grata sorpresa, porque aun siendo popera, le había terminado resultando una chica muy agradable así como abierta de mente. Muchas gracias, hombre, debe ser que llevo escrito en la cara, justo debajo del flequillo, además de popi, soy una nazi que te va a partir la cara cuando menos te lo esperes.

Es curioso como me siguen juzgando tanto por mi aspecto, cuando yo ya no le doy la importancia que le dedicaba hace años. Es posible que ni siquiera entonces, ya que cuando iba a clase con Sandra y Julia, la grunge y la gótica, no me importaba que a la hora de prestarnos discos no coincidiéramos demasiado, así como que siempre nos peleáramos cuando tocaba salir del apestoso bar, centro de reunión, antes de continuar la fiesta por el casco antiguo de la ciudad.

         Ahora me da lo mismo que me llamen popi, ya lo hago yo por los demás. Luna, eres una popera de mierda y siempre lo vas a ser, una Indie apestosa sin remedio. Que me llamen lo que les dé la gana si eso les hace felices.

 

         Han pasado diez años, quizá alguno más, desde aquellas mañanas de mayo en las que me despertaba pronto, muy pronto, abriendo los ojos poco a poco, sin grandes sobresaltos, y observaba la luz matinal entrar por la ventana, bañando la estancia de mi habitación. Era mi primer año de instituto, estaba finalizando el curso con muy buenas notas, como solía hacer antes. Era una sorpresa que hubiera sacado un nueve en matemáticas. El cambio de plan de estudios no había podido beneficiarme más. Llevaba meses sin estudiar en condiciones, como solía hacer en el colegio, y apenas sin esfuerzo estaba ganándome un sobresaliente detrás del otro.

         Por aquellos días ya sentía que no controlaba del todo mi vida ni mis horarios, pero la primavera había llegado, con bastante timidez el sol había acabado imponiéndose al frío helador del invierno leonés, y yo me había propuesto ser feliz del todo. Tenía que aprovechar el tiempo, que estaba viva, respiraba, mi corazón latía. No tenía que importarme tanto una caloría o un centímetro más o menos. Tenía que dejar de martirizarme con aquella aritmética que no me llevaba a ninguna conclusión sana. Seguía sin sentirme muy aceptada, pensaba que mi satisfacción era indirectamente proporcional a la anchura de la cinturilla de mis vaqueros, y que no la alcanzaría del todo hasta que ésta no se viera notablemente disminuida. Sin embargo, cuando llegó mayo decidí relajarme, porque igual era verdad aquello que escuchaba comentar. No lo conseguirás hasta que no te relajes, hasta que no te sientas del todo bien contigo misma. Pensé que había que probar, y que me merecía un respiro después de tanta tortura autoinfligida.

         Siempre me ha gustado dormir con la persiana subida, la oscuridad total me aterra. Hacía muy buena temperatura, así que aprovechaba para abrir la ventana. Cuando sonaba el despertador, antes de abrir los ojos, me dedicaba por un par de minutos a escuchar los sonidos de la ciudad. Vivía en un séptimo piso, así que no escuchaba demasiado ruido del tráfico. Soñaba en que tras unos pocos años viviría en una ciudad grande, una explosión de vida, un ir y venir de coches, las luces de neón, las tiendas repletas, el metro, los gases de escape, y yo metida en la vorágine urbana, como una hormiguita frenética, perdida entre la multitud, sin que nadie me reconociera ni reparara en mí. En pocos años lo conseguiría. Entonces tenía que dedicarme a disfrutar lo que me quedaba en esa ciudad pequeña y fría, en esa habitación desordenada, en esa casa que no era nuestra, para que se me pasara más rápido, corrieran veloces la aguja del segundero, la de los minutos y las horas, volaran las hojas del calendario, y yo pudiera verme por fin con edad legal, mi cuerpo transformado en algo bonito, mis ojos brillantes, como carbones encendidos, mirando el futuro sin miedo, mi petate lleno de lápices, un abono de transporte en un bolsillo, unas pocas monedas en otro y una sonrisa pintada en el rostro.

         El aire de la mañana siempre olía a esperanza y café recién hecho. Y cuando por fin apoyaba los pies descalzos sobre el suelo de parquet, tras haberme frotado los ojos, inspiraba fuerte, casi hasta hiperventilarme, y me decía a mí misma, vamos, Luna, lo que hagas ahora marcará el resto de tu vida.

jueves, 21 de mayo de 2009

Si hay algo que me gusta en esta vida es...


Comer la sopa en cuenco y los garbanzos con cuchara. Volver a casa de la panadería  comiéndome el currusco por el camino. El sonido de las sandalias blancas de mi madre contra el suelo. La voz a punto de romperse de Billie Holiday. Me gusta bailar por el pasillo imaginando estar sobre un gran escenario o protagonizando un musical. Tener el mar Mediterráneo frente a mí mientras escucho a Serrat. Me encanta aprender un idioma nuevo. Me cautiva la luz del atardecer en Venecia y ver a San Giorgio Maggiore rozando el sol. Recordar el tacto de las manos de mi madre. Los cuadernos nuevos. Me gusta apretar el tubo de óleo contra la paleta, mezclar los colores con espátula. Me entusiasma comer con los dedos, bucear en la piscina con los ojos abiertos y hacer piruetas bajo el agua. Me gusta el ruido que hago al masticar zanahoria cruda, hablar con mis amigos sobre mis lugares secretos en Venecia, contarles leyendas sobre la ciudad. Levantarme pronto y sentirme útil, también beber hasta caer rendida en los brazos de alguien a quien deseaba en secreto. Adoro reírme hasta quedarme sin aire, el mercado de Barceló y el del pescado de Rialto, saludar a los lugareños con una sonrisa y que me la devuelvan después. Me gusta recordar a mi madre cuando llevaba el pelo largo y rojizo y aún nos confundían con hermanas. Me gusta meter el dedo en un frasco de dulce de leche, pintarme las uñas de vez en cuando, caminar por la calle imaginando conversaciones con mis amigos. Me embelesa Madrid en otoño y primavera, sus bares repletos, en los que aún ponen tapas, bromear con el camarero, escuchar el organillo que toca la diminuta anciana de negro en la calle Preciados. Me agrada abrazar a alguien nuevo en mi vida, encontrar una canción que no escuchaba desde hace años. Me gustan los nombres de Olimpia, Glauka, Luna y Lola para niña, Mateo, Tiziano, Lucas y Adrián para niño. Me gustan los perros, de todas las formas, tamaños y colores, sin importarme si vienen de una familia de campeones o de una camada callejera. Me fascina mirar con ojos de deseo a quien quiero seducir, hacer chistes verdes con los chicos. Ponerme las botas de goma cuando había crecida de las aguas en San Marco, mirar a los turistas inocentes que se mojaban los pies. Me enloquece cómo explotan las huevas de salmón del sushi en mi boca, escuchar a Los Beatles en un bar, que me mire a escondidas cuando cree que no le veo. Me gusta pensar en mi madre, y saber que ahora estaría contenta de que yo sea feliz.

 

No me gusta…

            La leche desnatada, el aceite refinado, el café descafeinado y la sacarina. Las chicas que nunca salen sin maquillar y los chicos a los que nunca veo sin gomina en el pelo. No me gusta que sople el viento de Bora en Venecia porque no me deja fumar un cigarrillo tranquila en la plaza, y me levanta dolor de cabeza. Odio los tanatorios, las coronas de flores, los ataúdes y los funerales. No me gusta que me den consuelo a modo de palmaditas en el hombro sin haberlo pedido. Me espanta el Corte Inglés, sus muebles de corte rancio y su sección de moda de mujer con aire añejo. No me gusta llevar las uñas largas ni el pelo tirante. La gente que se queja demasiado y se pone a protestar por nimiedades en la cola del autobús o en el metro. Me horrorizan los crímenes cotidianos que se cometen por envidia, la gente que no presta apuntes y miente sobre respuestas de exámenes, aquellas voces que apuñalan a quien es diferente, que juzgan con voz de arrogancia a quien no puede defenderse. Que se me pasen los días con la sensación de no hacer nada, esperar por alguien que llega demasiado tarde, más tarde de lo que permite la cortesía, que conductores furiosos toquen el claxon pensando que de esa manera saldrán antes del atasco. No me gusta el merengue ni los perfumes demasiado dulzones, tampoco el olor a amoniaco ni el café con azúcar. Desconfío extrañamente de la gente que proclama que no le gustan los animales ni los niños, así como de aquellos que sólo parecen tenerlos como un reclamo decorativo. Me desagrada profundamente tener hipo o náuseas. No me gusta la Semana Santa ni la gente que no sabe viajar, recordando todo el tiempo las virtudes, siempre superiores, de su lugar de origen. No me gusta la gente que come mal, con ascos y prejuicios para probar cosas nuevas. Supongo que esto es extensible a otros ámbitos, de tal manera que odio que me critiquen por no comer carne, no ir jamás a un restaurante de comida rápida o ver películas independientes en el cine. No me gustan las películas de catástrofes ni las chirigotas de Cádiz. Me horrorizan las arañas. No soporto las faltas de respeto, ni a uno mismo ni a los demás. El exceso de publicidad en televisión, los tertulianos que se interrumpen continuamente, el morbo carnívoro de los informativos cuando ocurre alguna desgracia masiva. No me gusta que me den de lado, cuando tengo la sutil sensación, siempre incómoda, de que me consideran extraña o demasiado feliz.

lunes, 20 de abril de 2009

Un año no es nada para olvidar.


Te fuiste sin hacer ruido una mañana de abril, tranquila y silenciosa, como siempre habías querido ser. Deseabas pasar por la vida de puntillas, inadvertida, porque eras tan discreta, tan humilde de corazón que no sabías, o no tenías muy en cuenta que eras tan fascinante que no lo lograbas.

Yo siempre tuve la sensación de ser terriblemente afortunada por tenerte a mi lado. Por eso, los últimos días que pasamos juntas te dije una y otra vez lo feliz que era por haberte tenido como madre, y sobre todo, darte las gracias. Agradecerte que me hubieras traído a este mundo, tanto a mí como a mi hermano Adrián.

Una vez por mi cumpleaños me dijiste que ese día en que nací, en el instante que yo había comenzado a respirar se había hecho la luz en tu vida. Cuando te oía decir eso mi corazón se encendía y comprendía que el amor verdadero existe, y que las dos estábamos en este mundo para constatarlo.

Alguna otra vez te escuché decir que nadie te había enseñado a ser madre, y que sentías enormemente haber cometido errores con nosotros. Y yo te dije, por última vez, pocos días antes de que te fueras, que nunca te quedara ni la más mínima duda de que habías sido la mamá perfecta. Que nunca te habías equivocado en nada. Que tener como madre a una persona tan excepcional como tú era la mejor de las riquezas que la vida podía haberme dejado.

 

Cuando entrabas en una habitación la iluminabas con tu presencia. Llenabas cualquier espacio con una de tus sonrisas. Aún recuerdo cuando alguna gente pensaba que éramos hermanas, cómo nos reíamos cuando viajábamos juntas, lo mucho que nos divertíamos. Cuando era pequeña y tú estuviste de viaje en la India, y todas las noches llegaba un cuento por correo que papá se encargaba de leernos antes de ir a dormir. Eras una madre diferente, nunca te creíste especial, y por eso precisamente lo eras. Un ángel en la tierra. Dulce, hermosa, refinada, y elegante de espíritu.

Tardaré en comprender porqué te tuviste que ir cuando tenías esa enorme fortaleza y esas ganas de vivir, porqué tuviste que sufrir, cuando eras tan justa, y tu corazón aún tenía tanta capacidad de amar. Pero creo que ahora estarás en un lugar mejor, donde estarás en paz, que Ganesh y Santa Lucía se ocuparán de ti, y que los recuerdos que ahora me hacen llorar, dentro de poco me harán sonreír, y que algún día esa maravillosa herencia que me has dejado, podré transmitirla, quizá a mis hijos, hablándoles de la abuela Chus, que tan buena fue y que tanta felicidad repartió en vida.

Gracias, de tus dos hijos, por habernos dado la vida, y habernos ayudado y apoyado en todas nuestras decisiones.

Esto sólo pretendía ser, parafraseando la canción de Serrat que elegiste para que me diera nombre, una insignificante prueba de “la más bella historia de amor que tuve y tendré, es una carta de amor que se lleva el viento, pintado en mi voz, a ninguna parte, a ningún buzón”.


Chus Gª Revuelta. 20 Julio 1955 - 20 Abril 2008

martes, 31 de marzo de 2009

Venecia sin ti


"Yo llegué a Venecia enamorada, con medio corazón en Madrid, y durante más de la mitad del curso no paré de pensar en lo que me gustaría pasear por esas mismas calles llenas de arte, de historia, de vivencias y de humedad, agarrada de su mano. La cantidad de rincones que podría enseñarle. Los lugares donde nos resguardaríamos de la lluvia. Enseñarle el Puente de los Suspiros, y ver pasar a las parejas paseando en una góndola que nosotros no podríamos pagar. Yo no soy una turista, le diría, soy veneciana. Le llevaría a los sitios donde no van los turistas, sino los venecianos como yo, hablaría con ellos en su dialecto, y le enseñaría a regatear en los mercados, a beber spritz y prosecco en los mejores bares, donde ponen las mejores sarde en saor. Pruébalo, son sardinas con cebolla, pasas y piñones, plato típico de Venecia, está riquísimo, y le invitaría a comer una pizza en nuestra plaza favorita, el Campo Santa Margarita, porque aún no le habría dicho que en Venecia las plazas se llaman campos, y en ese pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo libre, en una esquinita con escaleras que casi todos los lugareños que allí estaban terminaron apodando el rincón de los españoles. Hubiéramos mirado el eclipse lunar desde la Plaza de San Marco, que a medianoche suele estar desierta, probablemente muertos de frío, pero yo feliz por introducirle en la ciudad, y poder ver la luna cobriza que no se repetirá en cientos de años, y por supuesto nunca en un lugar tan especial. Le habría presentado a todos mis nuevos amigos, los italianos y los españoles, y seguro que se hubieran caído muy bien. Y también habríamos podido ver a los violinistas que se situaban a tocar cerca del puente de Rialto, y haber ido a las fiestas de San Piero di Castello, a comer polenta a la parrilla y calamares rebozados y a escuchar las tómbolas y a los niños jugando. Hubiéramos comprado máscaras en Carnaval y nos las hubiéramos intercambiado, o quizá yo le habría pintado la cara, y él a mí, le habría pedido que me dibujara una mariposa de colores, y hubiéramos visto las decenas de desfiles y teatros callejeros, nos habríamos hecho fotos con el Pulcinella, el Arlequín, el Dottore, el Pantalón y el resto de la Comedia dell’arte. Hubiéramos visto los fuegos artificiales sobre la Laguna con gesto de niño asombrado, hubiéramos bebido spritz hasta el amanecer.

Pero aquello nunca ocurrió, y con el paso del tiempo yo fui olvidando aquel medio corazón que me había dejado en mi ciudad, poco a poco fue borrándose, marchitándose, porque nunca vino, aunque dijo que le hubiera gustado, y su rostro fue desdibujándose con el paso del tiempo, su voz se fue perdiendo en mi memoria, hasta terminar desapareciendo. Sin embargo, la ciudad de Venecia guarda un poco de aquel medio corazón en cada rincón por el que estuve pensando en él, y para mí, sus calles sierre llevarán su silueta."



martes, 10 de marzo de 2009

Los versos más tristes de octubre


“Desde que te fuiste, el tiempo se ha acelerado. Los primeros días fueron huecos, luego vino la caída libre.

Desde que me despedí de ti, un agujero ha vuelto a aparecer en mi cama. Ya no soy la niña preferida, pero he hecho lo posible por no darme por enterada.

He creado un mecanismo de defensa y he desdibujado tu recuerdo. He borrado tus fotos y tus huellas.

Nunca has estado aquí. Nunca estuviste realmente.

Desde mi ventana veo a lo lejos las montañas que reflejan el sol en sus cimas blancas. Y el aire del norte me da en la cara para recordarme que no volveré.

Nadie me advirtió que no había paraíso en el cielo. Estaremos juntos hasta que el aburrimiento nos separe. Y nadie sabe que esta noche estoy sola en casa.

Desde que me dijiste adiós, el tiempo se ha contraído y la distancia se ha dilatado. Las palabras que me diste no valen nada, porque a nada se han reducido.

Y desde mi casa veo a lo lejos las montalas que reflejan el sol en sus cimas nevadas. Y el aire del norte me da en la cara para recordarme que ya no compartiremos nada. Que nunca te veré con ropa de invierno. Y que nunca volveré a las montañas.

En la dicha y en la desdicha, hasta que el aburrimiento nos separe.”

jueves, 5 de febrero de 2009

Mi pequeña isla pez


"(...)
Voy bordeando la isla pescadito persiguiendo el sol, y mientras, escucho el rumor de las aguas, de los vaporetti, la gente hablando en ese dialecto que al principio me resultaba exótico y desconocido y que ahora comprendo casi a la perfección. Venezia con zeta, los venecianos la pronuncian con una ese fuerte y sorda. Tienen todos la piel bronceada por el sol que se refleja en el agua de los canales, y nunca verás a un lugareño con prisa, porque la prisa no existe en este limbo detenido en el tiempo. No tardé más que un par de días en darme cuenta. Una sensación de paz me invadía cuando caminaba, y entonces descubrí que no había coches, ni claxons, ni atascos, salvo los que se daban a veces en canales pequeños entre taxis motorizados y góndolas, que siempre provocaban más de una situación divertida. Los venecianos salen de trabajar y se dirigen con tranquilidad a algún bar con terraza a beber el famoso spritz, que no es más que vino con vermouth y soda, la bebida más popular del lugar, y se la toman con parsimonia mientras charlan con algún otro cliente, con la camarera, o con el estudiante erasmus, al que no duda en preguntarle si le gusta la ciudad. Cómo no me va a gustar, estás bromeando, respondo a todos. No sólo porque es la ciudad más bonita del mundo, sino porque estoy haciendo mi año erasmus en ella. Es que no sabéis la suerte que tengo, pero qué afortunada, qué feliz soy, qué más puedo pedir.
(...)"

sábado, 31 de enero de 2009

Hambrienta


“No sé cuantas horas llevaría dormida cuando le escuché entrar en la habitación. Al principio pensé que estaba soñando, porque desde la última vez que ocurrió, he imaginado muchas veces que se colaba de nuevo en mi dormitorio y en mi cama, sin decir nada, sin preguntar, escurridizo entre las sábanas. Pero no, siempre llega borracho y entre risitas, hace ruido y se desploma sobre mí. A veces creo que se hace un poco el tonto, que trata de disimular, como haciendo que no sabe lo que hace, cuando creo que es plenamente consciente de sus acciones y viene todo el camino planeándolo.
La falta de sentido de la realidad soy yo. Hacía tanto tiempo que no ocurría que por eso creía estar dormida. Además, desde que me medico tengo un sueño muy pesado, sobre todo si me despiertan en plena fase REM, digamos que no estoy muy consciente. Pero sí lo suficiente como para, a los pocos segundos de su triunfal entrada con traspiés incluido, darme cuenta de que viene montando el mismo teatro de aquellas veces, apestando a alcohol y dando rodeos.
Supongo que se aburrirá y no tiene nada mejor que hacer, por lo tanto decide venir a mi cama a despertarme cuando vuelve de fiesta. Lo peor de todo es que a mí no me molestaba. Es más, fingía yo también, porque sé que a él le encantaba que me hiciera la idiota. “¿Qué haces?”, le preguntaba con la voz pastosa. Pues qué va a hacer, cabeza de chorlito, viene a buscar su ración del sábado por la noche. Pero él no decía nada, por lo menos nada comprensible entre una risita y el gruñido típico de quien ha pasado de la quinta copa. No lo hace porque sería estropear la situación. ¿Cómo un chico va a decir lo que tú soltarías en una situación semejante, que es eso mismo que has pensado? Quedaría como un machote, es decir, como un canalla o un guarro. Por eso se hace el tonto. Tú, sin embargo, quedas como una puta o una súper hembra. De todas formas le encanta. Les encanta a todos. Si viene él, hazte la tonta, como que no te das cuenta, con voz de niña pequeña, frótate los ojos y haz mohines. Si vas tú a buscar lo mismo, inmólate, a por todas. Ese es el protocolo, y yo me lo tengo más que aprendido.
La primera vez que entró en mi habitación me sorprendió, pero también podía decir que lo estaba pidiendo a gritos. Cuando cayó entre mis brazos casi estallo en carcajadas de felicidad. Estaba borracho, pero qué me importaba si llevaba deseándolo desde ni se sabe la de tiempo. Ahora sin embargo, tampoco me lo esperaba, pero ya conozco cómo funciona el sistema…y hasta me entristece un poco.
Él debió de sentir lo mismo, así que cambió un poco las reglas y no se desplomó directamente sobre mí, sino que se recostó a mi lado, pero siempre con la firme intención de despertarme. Otra vez, pienso, oh, no, ahora no, ahora que había jurado que nunca más volvería a pasar…pero estoy bajo los efectos del valium, y no consigo abrir los ojos del todo, tengo la lengua de trapo y carezco de determinación para decirle que se marche. Lo hace a propósito, espera a que esté completamente frita y entonces entra. No creo que sepa que el valium me deja atontada y que me cuesta demasiado responderle. No moví apenas un dedo cuando se tumbó al otro lado de la cama. Escuché el sonido de su cinturón y supuse que se estaba quitando los vaqueros. No dice nada, sólo se desviste y se escurre bajo la colcha, suele hacerlo siempre igual. Yo volví a quedarme atontada y a perder la noción del tiempo. Estaba dormida de nuevo, el diazepan es brutal y más si lo mezclas con cinco cervezas.
De pronto, escuché su voz grave murmurando algo que no entiendo. Me estaba agarrando por los hombros y forzándome a darme la vuelta. Lo hizo sin demasiado esfuerzo. Noté como pasaba uno de sus brazos bajo mi cuello, sobre la almohada, y el otro alrededor de mi pecho, dejándome inmovilizada, aprisionada, en un lazo imposible de deshacer.
Fui entonces consciente de lo que estaba sucediendo. El efecto del valium desapareció para dejar lugar a la conclusión más brutalmente clara a la que llegaba en meses.
Era la necesidad de cariño, las ganas desaforadas de tener aquellos brazos por unas horas, que me estrujaran, me cobijaran, me protegieran. Era la terrible hambre de afecto revolviéndome el pecho y las entrañas lo que el valium trataba de calmarme sin éxito, el deseo ardiente de permanecer esclavizada bajo la colcha de flores entre las rejas de bíceps y tríceps que ningún daño podían hacerme.
Pensé en comer. Tenía un hambre canina de amor, o de algo que se le pareciera. Por eso no dije nada, porque ante el hambre mi voluntad se ve anulada y todas las palabras que había empleado en jurar que no volvería a suceder lo mismo de aquellas noches de fuego de hacía meses ya no servían para nada.
Me sentía como una loba herida, cojeando en su camino a un refugio, un lugar escondido donde nadie pudiera encontrarla, sabiéndose objetivo de las balas del cazador. Una loba muerta de hambre, famélica y con dolorosos retortijones, desesperada por llevarse algo a la boca.
Quise gritarle que no tenía derecho a hacerme eso, sabiendo mi nivel de fragilidad, porque yo misma se lo había manifestado hacía bien poco. Recordé su voz grave y reverberante diciéndome “Lo malo es que no te creo cuando dices eso de nunca más, volverás con el gilipollas de tu novio por mucho que ahora te empeñes en decir que no, seguirá llamándote y terminarás cogiéndoselo, y todo volverá a empezar, es una pena porque ya no te creo, no te ofendas, te lo digo como amigo.”
Quise gritarle más aún, porque con su jugada me había convencido de realmente ser de esas chicas que nunca dicen que no, avisarme de mi propia debilidad. Eso no le traía más que beneficios al fin y al cabo, y así podía colarse en mi casa y en mi cama cuando le diera la gana, suplantando así al gilipollas de ese novio que unos días atrás me decía lo mismo, exactamente lo mismo, sé que dices que no cuando quieres decir que sí, tonta…
Quise gritarle, zafarme de sus brazos, berrearle que se largara, que fuera a su casa a aliviarse él sólo, porque él tenía ganas de un aperitivo y yo lo que tenía era un hambre feroz, ganas de comerme a mi presa a dentelladas.
Pero no pude mover un solo músculo, con el terrible dolor del que es consciente de su mal y no dispone de la cura. No fui capaz ni de mover los labios para pronunciar palabra, conocedora de mi propia incapacidad para negarme a lo que estaba deseando, ser tomada, querida, poseída, amada, pero sobre todo, respetada. No estaba siendo respetada de ninguna manera, luego sólo me quedaba la opción de la inactividad. De otro tipo de inmolación.
La técnica del escorpión consiste en clavarse su propio aguijón cuando se ve abocado a una muerte segura. No en vano soy Escorpio en mi horóscopo.

Estaba condenada a sufrir hambre permanentemente, pues cuanto más venía a mi cama, menos saciada me sentía.
Era la señal de que estaba volviéndose más grave de lo permitido.

Y antes de caer dormida de nuevo por el efecto del psicótropo, las mismas palabras me rebotaban en la cabeza anunciando una noche nada pacífica.
Puta kamikaze emocional.”

domingo, 18 de enero de 2009

6+3+1= 10 1+0=1


Mientras avanzaba por la carretera de La Coruña intenté hacer un recuento mental de las veces que había cogido ese autobús, pero mi cálculo mental nunca ha sido bueno. Recordaba con más intensidad sólo la primera y la última, agarrada con fuerza de su mano. Se dirigía a su fiesta de despedida, a la que no me invitó. Supuse que no quería incluirme dentro de aquel selecto círculo de amigos íntimos que estaban esperándole en un bar de Malasaña para dedicarle una bonita celebración. Apenas media hora antes de coger el autobús, en su casa, había roto a llorar muy silenciosamente, para que él no se diera cuenta. Intento fracasado. Él sonrió y me abrazó, pero yo quería gritar que no quería perderle, pedirle que por favor no me olvidara, no dejara de recordarme, de escribirme de vez en cuando, que tuviera presente todas las conversaciones por internet y esas tres semanas que habíamos pasado juntos en Madrid, que lo conservara como un preciado tesoro, como una planta delicada que hay que regar de vez en cuando. Por supuesto no lo hice, suponía que tenía que ser prudente. Es posible que incluso pensara que en la distancia se diera cuenta de mi ausencia, que se diera cuenta de que me echaba de menos, que la distancia podría darle un punto positivo a nuestra relación y dinamizarla a partir del hueco entre los dos. Cuantas más vueltas le daba mi cabeza al hecho de que en menos de veinticuatro horas estaría a más de dos mil kilómetros, más fuerte le sujetaba la mano, más ganas tenía de suplicarle, de rogarle que no olvidara. Pánico al olvido era lo que sentía.
Media hora después de la despedida en Gran Vía, atravesé la puerta del salón de casa con la cara cubierta por las lágrimas. Mi madre estaba tumbada en el sofá. Ya no se encontraba bien entonces, pero yo aún me negaba a creer que podía estar sucediendo algo grave en su cuerpo. Ella simplemente abrió los brazos y yo me desplomé sobre ella sollozando. Me daba vergüenza llorar por un chico delante de cualquiera, pero desde luego con ella mucho menos que delante de él. Era fácil, no había que ofrecer ninguna explicación acerca de lo que sentía. Después de unos minutos abrazadas, dejé de gimotear y de hipar y con una media sonrisa burlesca dije:
_¿Sabes qué canción ha sonado en mi iPod después de decirle adiós? Ticket to ride, de los Beatles…
_Vaya…qué oportuna.
_¿Y sabes cómo dice la letra? ¿Te acuerdas?
Con voz débil comenzó a tararear la estrofa y yo proseguí con la letra vocalizando con cuidado.
I think I’m gonna be sad, I think it’s today, yeah…the girl that’s driving me mad s going away, yeah. She’s got a ticket to ride…
Su cara se iluminó y cantamos al unísono la frase que da título a la canción.
She’s got a ticket to ri-i-ide…
Yo también sabía que iba a ser ese día, como dice la canción. Inevitablemente desde ese día, cada vez que la escucho me acuerdo de ese pedacito de Gran Vía, y cada vez que paso por allí comienzo a tararear la canción sin apenas darme cuenta. Asociación de ideas, se dice.

Pues vaya faena.