domingo, 18 de enero de 2009

6+3+1= 10 1+0=1


Mientras avanzaba por la carretera de La Coruña intenté hacer un recuento mental de las veces que había cogido ese autobús, pero mi cálculo mental nunca ha sido bueno. Recordaba con más intensidad sólo la primera y la última, agarrada con fuerza de su mano. Se dirigía a su fiesta de despedida, a la que no me invitó. Supuse que no quería incluirme dentro de aquel selecto círculo de amigos íntimos que estaban esperándole en un bar de Malasaña para dedicarle una bonita celebración. Apenas media hora antes de coger el autobús, en su casa, había roto a llorar muy silenciosamente, para que él no se diera cuenta. Intento fracasado. Él sonrió y me abrazó, pero yo quería gritar que no quería perderle, pedirle que por favor no me olvidara, no dejara de recordarme, de escribirme de vez en cuando, que tuviera presente todas las conversaciones por internet y esas tres semanas que habíamos pasado juntos en Madrid, que lo conservara como un preciado tesoro, como una planta delicada que hay que regar de vez en cuando. Por supuesto no lo hice, suponía que tenía que ser prudente. Es posible que incluso pensara que en la distancia se diera cuenta de mi ausencia, que se diera cuenta de que me echaba de menos, que la distancia podría darle un punto positivo a nuestra relación y dinamizarla a partir del hueco entre los dos. Cuantas más vueltas le daba mi cabeza al hecho de que en menos de veinticuatro horas estaría a más de dos mil kilómetros, más fuerte le sujetaba la mano, más ganas tenía de suplicarle, de rogarle que no olvidara. Pánico al olvido era lo que sentía.
Media hora después de la despedida en Gran Vía, atravesé la puerta del salón de casa con la cara cubierta por las lágrimas. Mi madre estaba tumbada en el sofá. Ya no se encontraba bien entonces, pero yo aún me negaba a creer que podía estar sucediendo algo grave en su cuerpo. Ella simplemente abrió los brazos y yo me desplomé sobre ella sollozando. Me daba vergüenza llorar por un chico delante de cualquiera, pero desde luego con ella mucho menos que delante de él. Era fácil, no había que ofrecer ninguna explicación acerca de lo que sentía. Después de unos minutos abrazadas, dejé de gimotear y de hipar y con una media sonrisa burlesca dije:
_¿Sabes qué canción ha sonado en mi iPod después de decirle adiós? Ticket to ride, de los Beatles…
_Vaya…qué oportuna.
_¿Y sabes cómo dice la letra? ¿Te acuerdas?
Con voz débil comenzó a tararear la estrofa y yo proseguí con la letra vocalizando con cuidado.
I think I’m gonna be sad, I think it’s today, yeah…the girl that’s driving me mad s going away, yeah. She’s got a ticket to ride…
Su cara se iluminó y cantamos al unísono la frase que da título a la canción.
She’s got a ticket to ri-i-ide…
Yo también sabía que iba a ser ese día, como dice la canción. Inevitablemente desde ese día, cada vez que la escucho me acuerdo de ese pedacito de Gran Vía, y cada vez que paso por allí comienzo a tararear la canción sin apenas darme cuenta. Asociación de ideas, se dice.

Pues vaya faena.

2 comentarios:

judith dijo...

es un recuerdo precioso, hablo de la cancion con tu madre. que persona mas tierna y inteligente.
Yo quiero ser una madre como la tuya, no creo que soy capaz.
Besos

judith dijo...

Otra vez me hiciste llorar