sábado, 31 de enero de 2009

Hambrienta


“No sé cuantas horas llevaría dormida cuando le escuché entrar en la habitación. Al principio pensé que estaba soñando, porque desde la última vez que ocurrió, he imaginado muchas veces que se colaba de nuevo en mi dormitorio y en mi cama, sin decir nada, sin preguntar, escurridizo entre las sábanas. Pero no, siempre llega borracho y entre risitas, hace ruido y se desploma sobre mí. A veces creo que se hace un poco el tonto, que trata de disimular, como haciendo que no sabe lo que hace, cuando creo que es plenamente consciente de sus acciones y viene todo el camino planeándolo.
La falta de sentido de la realidad soy yo. Hacía tanto tiempo que no ocurría que por eso creía estar dormida. Además, desde que me medico tengo un sueño muy pesado, sobre todo si me despiertan en plena fase REM, digamos que no estoy muy consciente. Pero sí lo suficiente como para, a los pocos segundos de su triunfal entrada con traspiés incluido, darme cuenta de que viene montando el mismo teatro de aquellas veces, apestando a alcohol y dando rodeos.
Supongo que se aburrirá y no tiene nada mejor que hacer, por lo tanto decide venir a mi cama a despertarme cuando vuelve de fiesta. Lo peor de todo es que a mí no me molestaba. Es más, fingía yo también, porque sé que a él le encantaba que me hiciera la idiota. “¿Qué haces?”, le preguntaba con la voz pastosa. Pues qué va a hacer, cabeza de chorlito, viene a buscar su ración del sábado por la noche. Pero él no decía nada, por lo menos nada comprensible entre una risita y el gruñido típico de quien ha pasado de la quinta copa. No lo hace porque sería estropear la situación. ¿Cómo un chico va a decir lo que tú soltarías en una situación semejante, que es eso mismo que has pensado? Quedaría como un machote, es decir, como un canalla o un guarro. Por eso se hace el tonto. Tú, sin embargo, quedas como una puta o una súper hembra. De todas formas le encanta. Les encanta a todos. Si viene él, hazte la tonta, como que no te das cuenta, con voz de niña pequeña, frótate los ojos y haz mohines. Si vas tú a buscar lo mismo, inmólate, a por todas. Ese es el protocolo, y yo me lo tengo más que aprendido.
La primera vez que entró en mi habitación me sorprendió, pero también podía decir que lo estaba pidiendo a gritos. Cuando cayó entre mis brazos casi estallo en carcajadas de felicidad. Estaba borracho, pero qué me importaba si llevaba deseándolo desde ni se sabe la de tiempo. Ahora sin embargo, tampoco me lo esperaba, pero ya conozco cómo funciona el sistema…y hasta me entristece un poco.
Él debió de sentir lo mismo, así que cambió un poco las reglas y no se desplomó directamente sobre mí, sino que se recostó a mi lado, pero siempre con la firme intención de despertarme. Otra vez, pienso, oh, no, ahora no, ahora que había jurado que nunca más volvería a pasar…pero estoy bajo los efectos del valium, y no consigo abrir los ojos del todo, tengo la lengua de trapo y carezco de determinación para decirle que se marche. Lo hace a propósito, espera a que esté completamente frita y entonces entra. No creo que sepa que el valium me deja atontada y que me cuesta demasiado responderle. No moví apenas un dedo cuando se tumbó al otro lado de la cama. Escuché el sonido de su cinturón y supuse que se estaba quitando los vaqueros. No dice nada, sólo se desviste y se escurre bajo la colcha, suele hacerlo siempre igual. Yo volví a quedarme atontada y a perder la noción del tiempo. Estaba dormida de nuevo, el diazepan es brutal y más si lo mezclas con cinco cervezas.
De pronto, escuché su voz grave murmurando algo que no entiendo. Me estaba agarrando por los hombros y forzándome a darme la vuelta. Lo hizo sin demasiado esfuerzo. Noté como pasaba uno de sus brazos bajo mi cuello, sobre la almohada, y el otro alrededor de mi pecho, dejándome inmovilizada, aprisionada, en un lazo imposible de deshacer.
Fui entonces consciente de lo que estaba sucediendo. El efecto del valium desapareció para dejar lugar a la conclusión más brutalmente clara a la que llegaba en meses.
Era la necesidad de cariño, las ganas desaforadas de tener aquellos brazos por unas horas, que me estrujaran, me cobijaran, me protegieran. Era la terrible hambre de afecto revolviéndome el pecho y las entrañas lo que el valium trataba de calmarme sin éxito, el deseo ardiente de permanecer esclavizada bajo la colcha de flores entre las rejas de bíceps y tríceps que ningún daño podían hacerme.
Pensé en comer. Tenía un hambre canina de amor, o de algo que se le pareciera. Por eso no dije nada, porque ante el hambre mi voluntad se ve anulada y todas las palabras que había empleado en jurar que no volvería a suceder lo mismo de aquellas noches de fuego de hacía meses ya no servían para nada.
Me sentía como una loba herida, cojeando en su camino a un refugio, un lugar escondido donde nadie pudiera encontrarla, sabiéndose objetivo de las balas del cazador. Una loba muerta de hambre, famélica y con dolorosos retortijones, desesperada por llevarse algo a la boca.
Quise gritarle que no tenía derecho a hacerme eso, sabiendo mi nivel de fragilidad, porque yo misma se lo había manifestado hacía bien poco. Recordé su voz grave y reverberante diciéndome “Lo malo es que no te creo cuando dices eso de nunca más, volverás con el gilipollas de tu novio por mucho que ahora te empeñes en decir que no, seguirá llamándote y terminarás cogiéndoselo, y todo volverá a empezar, es una pena porque ya no te creo, no te ofendas, te lo digo como amigo.”
Quise gritarle más aún, porque con su jugada me había convencido de realmente ser de esas chicas que nunca dicen que no, avisarme de mi propia debilidad. Eso no le traía más que beneficios al fin y al cabo, y así podía colarse en mi casa y en mi cama cuando le diera la gana, suplantando así al gilipollas de ese novio que unos días atrás me decía lo mismo, exactamente lo mismo, sé que dices que no cuando quieres decir que sí, tonta…
Quise gritarle, zafarme de sus brazos, berrearle que se largara, que fuera a su casa a aliviarse él sólo, porque él tenía ganas de un aperitivo y yo lo que tenía era un hambre feroz, ganas de comerme a mi presa a dentelladas.
Pero no pude mover un solo músculo, con el terrible dolor del que es consciente de su mal y no dispone de la cura. No fui capaz ni de mover los labios para pronunciar palabra, conocedora de mi propia incapacidad para negarme a lo que estaba deseando, ser tomada, querida, poseída, amada, pero sobre todo, respetada. No estaba siendo respetada de ninguna manera, luego sólo me quedaba la opción de la inactividad. De otro tipo de inmolación.
La técnica del escorpión consiste en clavarse su propio aguijón cuando se ve abocado a una muerte segura. No en vano soy Escorpio en mi horóscopo.

Estaba condenada a sufrir hambre permanentemente, pues cuanto más venía a mi cama, menos saciada me sentía.
Era la señal de que estaba volviéndose más grave de lo permitido.

Y antes de caer dormida de nuevo por el efecto del psicótropo, las mismas palabras me rebotaban en la cabeza anunciando una noche nada pacífica.
Puta kamikaze emocional.”

1 comentario:

Lazarillo en América dijo...

Como la sed... que uno no la siente hasta que ha probado el agua