jueves, 5 de febrero de 2009

Mi pequeña isla pez


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Voy bordeando la isla pescadito persiguiendo el sol, y mientras, escucho el rumor de las aguas, de los vaporetti, la gente hablando en ese dialecto que al principio me resultaba exótico y desconocido y que ahora comprendo casi a la perfección. Venezia con zeta, los venecianos la pronuncian con una ese fuerte y sorda. Tienen todos la piel bronceada por el sol que se refleja en el agua de los canales, y nunca verás a un lugareño con prisa, porque la prisa no existe en este limbo detenido en el tiempo. No tardé más que un par de días en darme cuenta. Una sensación de paz me invadía cuando caminaba, y entonces descubrí que no había coches, ni claxons, ni atascos, salvo los que se daban a veces en canales pequeños entre taxis motorizados y góndolas, que siempre provocaban más de una situación divertida. Los venecianos salen de trabajar y se dirigen con tranquilidad a algún bar con terraza a beber el famoso spritz, que no es más que vino con vermouth y soda, la bebida más popular del lugar, y se la toman con parsimonia mientras charlan con algún otro cliente, con la camarera, o con el estudiante erasmus, al que no duda en preguntarle si le gusta la ciudad. Cómo no me va a gustar, estás bromeando, respondo a todos. No sólo porque es la ciudad más bonita del mundo, sino porque estoy haciendo mi año erasmus en ella. Es que no sabéis la suerte que tengo, pero qué afortunada, qué feliz soy, qué más puedo pedir.
(...)"