lunes, 20 de abril de 2009

Un año no es nada para olvidar.


Te fuiste sin hacer ruido una mañana de abril, tranquila y silenciosa, como siempre habías querido ser. Deseabas pasar por la vida de puntillas, inadvertida, porque eras tan discreta, tan humilde de corazón que no sabías, o no tenías muy en cuenta que eras tan fascinante que no lo lograbas.

Yo siempre tuve la sensación de ser terriblemente afortunada por tenerte a mi lado. Por eso, los últimos días que pasamos juntas te dije una y otra vez lo feliz que era por haberte tenido como madre, y sobre todo, darte las gracias. Agradecerte que me hubieras traído a este mundo, tanto a mí como a mi hermano Adrián.

Una vez por mi cumpleaños me dijiste que ese día en que nací, en el instante que yo había comenzado a respirar se había hecho la luz en tu vida. Cuando te oía decir eso mi corazón se encendía y comprendía que el amor verdadero existe, y que las dos estábamos en este mundo para constatarlo.

Alguna otra vez te escuché decir que nadie te había enseñado a ser madre, y que sentías enormemente haber cometido errores con nosotros. Y yo te dije, por última vez, pocos días antes de que te fueras, que nunca te quedara ni la más mínima duda de que habías sido la mamá perfecta. Que nunca te habías equivocado en nada. Que tener como madre a una persona tan excepcional como tú era la mejor de las riquezas que la vida podía haberme dejado.

 

Cuando entrabas en una habitación la iluminabas con tu presencia. Llenabas cualquier espacio con una de tus sonrisas. Aún recuerdo cuando alguna gente pensaba que éramos hermanas, cómo nos reíamos cuando viajábamos juntas, lo mucho que nos divertíamos. Cuando era pequeña y tú estuviste de viaje en la India, y todas las noches llegaba un cuento por correo que papá se encargaba de leernos antes de ir a dormir. Eras una madre diferente, nunca te creíste especial, y por eso precisamente lo eras. Un ángel en la tierra. Dulce, hermosa, refinada, y elegante de espíritu.

Tardaré en comprender porqué te tuviste que ir cuando tenías esa enorme fortaleza y esas ganas de vivir, porqué tuviste que sufrir, cuando eras tan justa, y tu corazón aún tenía tanta capacidad de amar. Pero creo que ahora estarás en un lugar mejor, donde estarás en paz, que Ganesh y Santa Lucía se ocuparán de ti, y que los recuerdos que ahora me hacen llorar, dentro de poco me harán sonreír, y que algún día esa maravillosa herencia que me has dejado, podré transmitirla, quizá a mis hijos, hablándoles de la abuela Chus, que tan buena fue y que tanta felicidad repartió en vida.

Gracias, de tus dos hijos, por habernos dado la vida, y habernos ayudado y apoyado en todas nuestras decisiones.

Esto sólo pretendía ser, parafraseando la canción de Serrat que elegiste para que me diera nombre, una insignificante prueba de “la más bella historia de amor que tuve y tendré, es una carta de amor que se lleva el viento, pintado en mi voz, a ninguna parte, a ningún buzón”.


Chus Gª Revuelta. 20 Julio 1955 - 20 Abril 2008