jueves, 28 de mayo de 2009

Mayo de algún año de la década de los noventa...


                  

Va a hacer diez años ya que estaba en el cénit de mi adolescencia. No sé como llegó ni cuando, aunque mi familia llevaba ya años advirtiéndolo. “Por suerte la adolescencia es una enfermedad que se pasa con los años.” Vaya cantinela llevaba escuchando desde los nueve. Si por mi familia fuera, yo hubiera nacido púber, y aún lo sería con la edad que tengo ahora.

         Es una etapa divertida de rememorar, porque, que yo sepa, nunca me he sentido tan mayor como entonces. Es cierto que tampoco tuve una adolescencia del todo normal, por lo menos, no típica del todo. No han pasado ni diez años desde que me iba por toda la península en una furgoneta, a dar conciertos por gran parte de los tugurios del país. Visité casi todos los festivales de rock existentes, y todo lo que conservo de aquellos días es un recuerdo borroso y apenas comprensible. ¿Era aquello lo que quería vivir con diecisiete años? Las drogas estaban cerca, pero tampoco era nada para espantarse; el bar apestoso en el que se reunían mis amigos del instituto los viernes por la noche era un centro de reunión de politoxicómanos de todos los estilos, desde el hippie con síndrome de peter pan, que ronda los cuarenta, no puede negar una incipiente barriga bajo los chalecos bordados y que sigue viajando como un jovencito alocado gracias a las mieles etéreas del hachís, hasta los niñatos anoréxicos vestidos con pequeñas camisetas de lycra y elastán, atiborrados de anfetaminas y bebidas energéticas. Qué gran momento fueron los noventa. Todos nos disfrazábamos de alguna tribu urbana como si verdaderamente estuviéramos obligados a pertenecer a algún grupo, a ubicarnos dentro de algún equipo para no sentirnos solos ni desamparados. De todas maneras nos encontrábamos en una ciudad de provincias en la que ninguna raza estilística abundaba, de tal manera que nos juntábamos formando una agrupación de lo más variopinta. Yo era una Indie aburrida, ya lo he contado, y más tarde pasé a ser una popera moderna con tintes electrónicos, porque consideraba muy importante evolucionar. Mis mejores amigas eran una grunge de pelo verde y una gótica decepcionada con la vida. También había una mod con el fondo de armario más amplio y anticuado de la ciudad, así como un par de punks que querían cortarse las venas tres de cada cuatro días.

         Qué gran momento fueron los noventa, y más si tenías quince años.

         Ha pasado casi una década y aún me siguen llamando popi en la facultad, es como una manera de distinguirme. Al principio me molestaba, bastante me costaba arrastrar esa etiqueta que a ojos de todos, significaba imbécil perdida. Aún recuerdo cuando una compañera de otro curso me dijo que conocerme un poco más a fondo había sido una grata sorpresa, porque aun siendo popera, le había terminado resultando una chica muy agradable así como abierta de mente. Muchas gracias, hombre, debe ser que llevo escrito en la cara, justo debajo del flequillo, además de popi, soy una nazi que te va a partir la cara cuando menos te lo esperes.

Es curioso como me siguen juzgando tanto por mi aspecto, cuando yo ya no le doy la importancia que le dedicaba hace años. Es posible que ni siquiera entonces, ya que cuando iba a clase con Sandra y Julia, la grunge y la gótica, no me importaba que a la hora de prestarnos discos no coincidiéramos demasiado, así como que siempre nos peleáramos cuando tocaba salir del apestoso bar, centro de reunión, antes de continuar la fiesta por el casco antiguo de la ciudad.

         Ahora me da lo mismo que me llamen popi, ya lo hago yo por los demás. Luna, eres una popera de mierda y siempre lo vas a ser, una Indie apestosa sin remedio. Que me llamen lo que les dé la gana si eso les hace felices.

 

         Han pasado diez años, quizá alguno más, desde aquellas mañanas de mayo en las que me despertaba pronto, muy pronto, abriendo los ojos poco a poco, sin grandes sobresaltos, y observaba la luz matinal entrar por la ventana, bañando la estancia de mi habitación. Era mi primer año de instituto, estaba finalizando el curso con muy buenas notas, como solía hacer antes. Era una sorpresa que hubiera sacado un nueve en matemáticas. El cambio de plan de estudios no había podido beneficiarme más. Llevaba meses sin estudiar en condiciones, como solía hacer en el colegio, y apenas sin esfuerzo estaba ganándome un sobresaliente detrás del otro.

         Por aquellos días ya sentía que no controlaba del todo mi vida ni mis horarios, pero la primavera había llegado, con bastante timidez el sol había acabado imponiéndose al frío helador del invierno leonés, y yo me había propuesto ser feliz del todo. Tenía que aprovechar el tiempo, que estaba viva, respiraba, mi corazón latía. No tenía que importarme tanto una caloría o un centímetro más o menos. Tenía que dejar de martirizarme con aquella aritmética que no me llevaba a ninguna conclusión sana. Seguía sin sentirme muy aceptada, pensaba que mi satisfacción era indirectamente proporcional a la anchura de la cinturilla de mis vaqueros, y que no la alcanzaría del todo hasta que ésta no se viera notablemente disminuida. Sin embargo, cuando llegó mayo decidí relajarme, porque igual era verdad aquello que escuchaba comentar. No lo conseguirás hasta que no te relajes, hasta que no te sientas del todo bien contigo misma. Pensé que había que probar, y que me merecía un respiro después de tanta tortura autoinfligida.

         Siempre me ha gustado dormir con la persiana subida, la oscuridad total me aterra. Hacía muy buena temperatura, así que aprovechaba para abrir la ventana. Cuando sonaba el despertador, antes de abrir los ojos, me dedicaba por un par de minutos a escuchar los sonidos de la ciudad. Vivía en un séptimo piso, así que no escuchaba demasiado ruido del tráfico. Soñaba en que tras unos pocos años viviría en una ciudad grande, una explosión de vida, un ir y venir de coches, las luces de neón, las tiendas repletas, el metro, los gases de escape, y yo metida en la vorágine urbana, como una hormiguita frenética, perdida entre la multitud, sin que nadie me reconociera ni reparara en mí. En pocos años lo conseguiría. Entonces tenía que dedicarme a disfrutar lo que me quedaba en esa ciudad pequeña y fría, en esa habitación desordenada, en esa casa que no era nuestra, para que se me pasara más rápido, corrieran veloces la aguja del segundero, la de los minutos y las horas, volaran las hojas del calendario, y yo pudiera verme por fin con edad legal, mi cuerpo transformado en algo bonito, mis ojos brillantes, como carbones encendidos, mirando el futuro sin miedo, mi petate lleno de lápices, un abono de transporte en un bolsillo, unas pocas monedas en otro y una sonrisa pintada en el rostro.

         El aire de la mañana siempre olía a esperanza y café recién hecho. Y cuando por fin apoyaba los pies descalzos sobre el suelo de parquet, tras haberme frotado los ojos, inspiraba fuerte, casi hasta hiperventilarme, y me decía a mí misma, vamos, Luna, lo que hagas ahora marcará el resto de tu vida.

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