jueves, 21 de mayo de 2009

Si hay algo que me gusta en esta vida es...


Comer la sopa en cuenco y los garbanzos con cuchara. Volver a casa de la panadería  comiéndome el currusco por el camino. El sonido de las sandalias blancas de mi madre contra el suelo. La voz a punto de romperse de Billie Holiday. Me gusta bailar por el pasillo imaginando estar sobre un gran escenario o protagonizando un musical. Tener el mar Mediterráneo frente a mí mientras escucho a Serrat. Me encanta aprender un idioma nuevo. Me cautiva la luz del atardecer en Venecia y ver a San Giorgio Maggiore rozando el sol. Recordar el tacto de las manos de mi madre. Los cuadernos nuevos. Me gusta apretar el tubo de óleo contra la paleta, mezclar los colores con espátula. Me entusiasma comer con los dedos, bucear en la piscina con los ojos abiertos y hacer piruetas bajo el agua. Me gusta el ruido que hago al masticar zanahoria cruda, hablar con mis amigos sobre mis lugares secretos en Venecia, contarles leyendas sobre la ciudad. Levantarme pronto y sentirme útil, también beber hasta caer rendida en los brazos de alguien a quien deseaba en secreto. Adoro reírme hasta quedarme sin aire, el mercado de Barceló y el del pescado de Rialto, saludar a los lugareños con una sonrisa y que me la devuelvan después. Me gusta recordar a mi madre cuando llevaba el pelo largo y rojizo y aún nos confundían con hermanas. Me gusta meter el dedo en un frasco de dulce de leche, pintarme las uñas de vez en cuando, caminar por la calle imaginando conversaciones con mis amigos. Me embelesa Madrid en otoño y primavera, sus bares repletos, en los que aún ponen tapas, bromear con el camarero, escuchar el organillo que toca la diminuta anciana de negro en la calle Preciados. Me agrada abrazar a alguien nuevo en mi vida, encontrar una canción que no escuchaba desde hace años. Me gustan los nombres de Olimpia, Glauka, Luna y Lola para niña, Mateo, Tiziano, Lucas y Adrián para niño. Me gustan los perros, de todas las formas, tamaños y colores, sin importarme si vienen de una familia de campeones o de una camada callejera. Me fascina mirar con ojos de deseo a quien quiero seducir, hacer chistes verdes con los chicos. Ponerme las botas de goma cuando había crecida de las aguas en San Marco, mirar a los turistas inocentes que se mojaban los pies. Me enloquece cómo explotan las huevas de salmón del sushi en mi boca, escuchar a Los Beatles en un bar, que me mire a escondidas cuando cree que no le veo. Me gusta pensar en mi madre, y saber que ahora estaría contenta de que yo sea feliz.

 

No me gusta…

            La leche desnatada, el aceite refinado, el café descafeinado y la sacarina. Las chicas que nunca salen sin maquillar y los chicos a los que nunca veo sin gomina en el pelo. No me gusta que sople el viento de Bora en Venecia porque no me deja fumar un cigarrillo tranquila en la plaza, y me levanta dolor de cabeza. Odio los tanatorios, las coronas de flores, los ataúdes y los funerales. No me gusta que me den consuelo a modo de palmaditas en el hombro sin haberlo pedido. Me espanta el Corte Inglés, sus muebles de corte rancio y su sección de moda de mujer con aire añejo. No me gusta llevar las uñas largas ni el pelo tirante. La gente que se queja demasiado y se pone a protestar por nimiedades en la cola del autobús o en el metro. Me horrorizan los crímenes cotidianos que se cometen por envidia, la gente que no presta apuntes y miente sobre respuestas de exámenes, aquellas voces que apuñalan a quien es diferente, que juzgan con voz de arrogancia a quien no puede defenderse. Que se me pasen los días con la sensación de no hacer nada, esperar por alguien que llega demasiado tarde, más tarde de lo que permite la cortesía, que conductores furiosos toquen el claxon pensando que de esa manera saldrán antes del atasco. No me gusta el merengue ni los perfumes demasiado dulzones, tampoco el olor a amoniaco ni el café con azúcar. Desconfío extrañamente de la gente que proclama que no le gustan los animales ni los niños, así como de aquellos que sólo parecen tenerlos como un reclamo decorativo. Me desagrada profundamente tener hipo o náuseas. No me gusta la Semana Santa ni la gente que no sabe viajar, recordando todo el tiempo las virtudes, siempre superiores, de su lugar de origen. No me gusta la gente que come mal, con ascos y prejuicios para probar cosas nuevas. Supongo que esto es extensible a otros ámbitos, de tal manera que odio que me critiquen por no comer carne, no ir jamás a un restaurante de comida rápida o ver películas independientes en el cine. No me gustan las películas de catástrofes ni las chirigotas de Cádiz. Me horrorizan las arañas. No soporto las faltas de respeto, ni a uno mismo ni a los demás. El exceso de publicidad en televisión, los tertulianos que se interrumpen continuamente, el morbo carnívoro de los informativos cuando ocurre alguna desgracia masiva. No me gusta que me den de lado, cuando tengo la sutil sensación, siempre incómoda, de que me consideran extraña o demasiado feliz.

1 comentario:

parce dijo...

Qué bueno!! De siempre me ha parecido que tienes tu toque Amélie y Etxebarriesco de la primera etapa. Como siempre..... me encanta leerte