viernes, 12 de junio de 2009

Mis más sinceras disculpas

Naciste en una isla del Atlántico, sólo (¡sólo!, exclaman mis amigas y mis tías) unos meses antes de que yo lo hiciera en Madrid. No viniste a la península hasta los tres años. Desde que yo cumplí nueve compartimos ciudad sin saber que nos separaban sólo un par de barrios con una catedral gótica en medio. No coincidimos en el colegio, ni jugando en la calle ni en el parque, no tuvimos amigos comunes, no fuimos al mismo instituto. Yo pensaba que no vivía en una ciudad tan grande como para no haberte conocido alguna vez.

La primera vez que nos vimos (o que uno de los dos vio al otro) fue hace casi diez años, en un concierto que pasó sin pena ni gloria, una noche en la que empezaba el verano. Ambos éramos unos críos que nos creíamos muy mayores. Cada uno con su respectiva pandilla, haciendo lo que mejor sabía o podía. No supe hasta hace poco las pestes que echaban cuando sacaba la pandereta, aunque a mí me daba igual. No me dijiste nada, según tú sólo te quedaste mirando y pensando demasiadas cosas que no me contaste en casi una década.

Volvimos a coincidir en un bar unos meses después. Conseguiste que nos presentaran, te saludé y no compartimos nada más, apenas una sonrisa, apenas unas palabras. Yo no recuerdo ese día. Volvió a ocurrir de la misma manera varias veces más. Todas se han perdido en mi memoria y no las conservo en el cofrecito de momentos especiales, por mucho que he tratado de buscarlas.

Después yo me trasladé a Madrid, conocí a alguno más de tus amigos y oí hablar de ti muchas veces, escuché tu nombre en muchas ocasiones pero sin terminar de reconocerte. “No sé quién es” repetía. “No caigo”. Qué idiota, no haber prestado atención, cuando además iba de vez en cuando al bar donde trabajabas. Tampoco fui a tu primer concierto, ni a los que vinieron después. Nadie me avisó de que ya tocabas en Madrid.

Más tarde me fui a Venecia, y al poco de volver, te encontré de nuevo una noche en el Nasti. Tú también estabas recién llegado de fuera, con dos amigos que yo conocía. Tengo un vago recuerdo de haberme presentado de nuevo, una imagen muy borrosa de ti en medio de los tres, nervioso y muy serio. Yo estaba con un chico al que no volveré a ver. Llevaba una camiseta morada que aún me pongo de vez en cuando. No me dijiste casi nada, pero temblabas.

Volvió a pasar año y medio para que nos volviéramos a encontrar aquella noche de mi primer concierto en cinco años. Me encontraba aturdida por el calor y todos los que venían a hablar sin parar, así que cuando tú me dijiste un “hola” sin más, no pude reaccionar mucho. Añadiste, como un balazo imprevisto “¿Te acuerdas de mí después de todas las veces que nos han presentado?”. Fue certero y dañino. Claro que me acordaba, por fin me acordaba, pero ya estabas demasiado acostumbrado a la niñata con memoria de pez que siempre te saluda como si fuera la primera. Asentí con la cabeza, pero el daño estaba hecho…y mi deber era deshacer el entuerto.

Por eso unas semanas después te saludé en la sala Clamores el primero. Te di dos besos y te sonreí. Era mi manera de pedir disculpas por semejante desdén, que nada tiene de intencionado. Supongo que no lo advertirías como tal, pero era importante para mí, no quería ser descortés. A los diez minutos de hablar de trivialidades, tartamudeaste y me pediste mi número de teléfono. “Por si alguna vez quería ir a ver una exposición”. Agradecí poder guardar ese momento en el cofrecito.

Por una vez llegaba a tiempo.

Han pasado tres meses en los que me he preguntado cientos de veces por qué no abrí bien los ojos, no hice caso, no presté la atención necesaria, no tuve más cuidado en reparar en pequeños detalles, no fui a tus conciertos, no me paré a hablar contigo, cuando llevabas ahí años, tan cerquita, haciéndome señales. Tienes razón cuando dices que manejo una buena torrija y que vivo en la inopia. Ya me conociste así, menos mal, sé que eso nunca te decepcionará.

 

Hoy te veré en concierto por primera vez, inaugurando la cartilla de puntos acumulables de la que aún no conozco el premio final. Estoy emocionada como una niña el día de las vacaciones.

 

Por cierto, todavía no hemos ido a ninguna exposición juntos. Ya va siendo hora, digo yo…

3 comentarios:

The long haired boy at the pub... dijo...

León era una ciudad muy pequeña en los años 90, y a mi me parecía aún más minúscula, de tanto como me la recorría de un lado a otro.

Gris y fría como los días en febrero.

Su atmósfera inerte golpeaba mi cabeza adolescente, y con bastante frecuencia me hacía desear estar en otra parte.
Tenía la urgencia de vivir, de ver, de conocer, de probar, de errar, y de alguna manera notaba como aquella ciudad, en aquél momento, no me iba a dar ninguna de aquellas cosas.

Iba a todas partes, vi todas las películas y las exposiciones del Albeitar, a los conciertos en el CCan y a todos los tugurios de jóvenes rojeras. En parte, encontraba muchas más cosas de las que esperaba encontrar, aunque nunca lo viese de esa manera, porque todo lo que tomaba de la ciudad me parecía insuficiente.

Las noches no tenían fin, y tampoco lo buscábamos.

De repente, una sonrisa bien plantada y una voz tirando a aguda asaltaron mi ya de por sí inestable mundo con una fiereza desconocida, tan desconocida como lo era la dueña de aquella voz.

EL tiempo pasaba, imparable, y yo seguía haciendome preguntas en la distancia, alimentadas estas por la inseguridad de una adolescencia melenuda y completamente descreida del mundo que me rodeaba.

Las chicas como ella, no se fijan en tipos como tú, pensaba para mis adentros, y de aquella manera me convencí de que sería mas bonito actuar como un observador distante, y mantener aquellas imágenes como algo bonito a recordar cuando uno crece.

Entonces uno crece, sin darse cuenta, va a sitios, se aleja de aquella ciudad gris y fría, toma del mundo todo lo que le ofrece, y empieza a sentirse muy seguro de la persona en la que se está convirtiendo, mantiene algunos recuerdos, mas de lo que uno mismo podría haber imaginado.

El universo, caprichoso en sus movimientos quiere que una noche despues de doce horas de trabajo en la oficina, encuentre aquella voz de nuevo, la misma voz, casi diez años después, y viene a golpear todos aquellos recuerdos como si fueran una piñata llena de caramelos, y una explosion momentánea hace tambalear de nuevo mi ya de por sí inestable mundo.

Aquel concierto se convierte en una revolución emocional y me traslada en el tiempo sin darme la oportunidad de rectificar por el camino, entretanto, a uno le da por enunciar una frase muy estúpida para ciertas horas de la noche, y de alguna manera aquella voz me responde de la manera mas educada posible ante semejante tontería.
Tengo durante semanas ataques de nostalgia de un tiempo y una época que pertenecían a un pasado quizá no tan distante, y termino por no encontrar los porqués de nada de todo aquello.

Dias mas tarde, la casualidad hace que encuentre de nuevo aquella voz acompañada de la sonrisa mas bonita que podía recordar en mucho tiempo, y que de repente todo mi mundo salte por los aires, entrópico, sin control y con la fuerza de diez soles, y comienzo a escribir versos profanos y trasnochados, convenciéndome a mi mismo, de que el momento de saltar había llegado.
Y salté, más alto, profundo y sin red que nunca, con el capote bajo, sin montera ni gafas de sol, salté a provocar la risa y la curiosidad, salté para reconocer el tiempo que llevaba mirando de lejos, el tiempo que llevaba queriendo decir y no dije, salté para que el adolescente del concierto de principios de verano, viviera para siempre entre sus manos y las mias.

Salté y ví la ciudad de noche mientras volaba de su mano, una madrugada de Abril...

Anónimo dijo...

Impresionante!! Qué bonita historia de amor y qué bonitos todos los comienzos. Vividlo a tope y que os dure muchísimo!

parce dijo...

Qué bonito escribes!!