domingo, 7 de noviembre de 2010

Sardinas y bicicletas




Sufro de un gravísimo problema.

Mi estación favorita del año suele ser el otoño. A pesar de que es la época en la que cae mi cumpleaños, me gusta la caída de las hojas, el tiempo fresco, ni demasiado frío ni calor, empezar a comer platos calentitos, dormir tapado…El invierno me resulta demasiado largo y triste, con poca luz (consecuencias de haber vivido en una ciudad como León, donde duraba unos nueve meses). La primavera me pone literalmente enferma, porque a pesar de que hay más horas de luz, lo cual me encanta, la alergia a las gramíneas me ha hecho estar alguna vez al borde del coma. En mi casa siempre he sido la única alérgica, de tal manera que toda la vida han pasado olímpicamente de mí, sometiéndome a torturas como llevarme de picnic y excursiones por la montaña, sin importar si yo me estaba asfixiando o mis ojos se hinchaban como pelotas de tenis (“vamos mujer, no es para tanto, son imaginaciones tuyas”).

El verano es una estación que espero siempre con ganas, porque me recuerda a ser pequeña. No lo entiendo muy bien, porque quien viva en Madrid sabe que no hay peor momento climático del año que agosto en una calle del centro. Yo no he hecho la prueba de freír un huevo en el asfalto de mi calle, aunque ganas no me han faltado. Toda la ciudad despide un aire pegajoso y soporífero, bocanadas de viento caliente saliendo del metro, un sol abrasador que verdaderamente te hace aborrecer esta estación. Todo cambia si me voy cerca del mar, claro, donde mis males mejoran y mi humor sufre un notable cambio.

De pequeña tenía largos veranos de tres meses donde la mayor parte los pasaba en la costa (ella era profesora, también tenía mis vacaciones), y aunque con los años he descubierto que ella se aburría mortalmente, yo no podía concebir un agosto sin estar por el barrio correteando, tomando un granizado o haciendo castillos de arena. Sí, tenía suerte, vivía allí tres meses al año.

Ahora que ni de broma puedo ir tres meses, los veranos se me hacen muy largos, a mitad de julio me descubro deseando que terminen, no hay nadie en la ciudad, mis amigas de la costa no aparecen o están con sus vidas en otras partes, hace un calor de muerte y llega un momento que me aburre estar sin dar palo al agua. Por no hablar de que la televisión apesta, que en los cines suele haber estrenos más que dudables y que, aunque parece un fenómeno en vías de extinción, la canción del verano acecha como el mayor de los enemigos auditivos, sólo comparable a los petardos de todas las fiestas patronales. Yo, en zona fronteriza, termino tragándome una media de tres cada verano. Este año en mi casa podía escuchar las de la urbanización de al lado como si tuviera a la banda municipal metida en mi salón. Lo de los horarios de fiesta es algo que en Levante literalmente se la pela a las vecindades. Juro que si en una noche no pusieron la canción del mundial de Shakira diez veces, no la pusieron ninguna. Y el final de fiesta siempre (repito, siempre) se termina con Paquito el chocolatero, y quien quebrante esa norma, no sale vivo del barrio.

Sin embargo, el final de agosto suele ser siempre algo repleto de felicidad melancólica, como la traca final de unos fuegos artificiales (estoy plagada de comparaciones pirotécnicas), en la que aprovechas para beberte todo el verano (no sólo literalmente) con la inevitable sensación de que en cualquier momento puede llegar esa temible tormenta que inaugurará la gota fría y dará por finalizada la estación. Creo que son esos los días en los que más salgo, más tiempo paso en la playa, más bebo, más helados pido, más dispuesta estoy a hacer el cabra. La consecuencia es que llego a Madrid con sobredosis de sol, con tres kilos visitantes en mi panza, con resaca y una pena más negra que un mal pensamiento. Vamos, que no tengo muy claro que el verano me termine de sentar bien, pero no, me equivoco, he descansado, me he divertido y vuelvo dispuesta a experimentar nuevas y excitantes experiencias otoñales (hacer galletas, tricotar, comprar un nuevo edredón). Y el otoño en Madrid es maravilloso, claro, y me hace reconciliarme cual buena amante con mi ciudad, después de unos meses en los que le juraba odio acérrimo.

Lo que nadie me advierte nunca, y no recuerdo de un año para otro, es que me paso todo septiembre, octubre y parte de noviembre, soñando por las noches con el verano. Nada especial, sueño que estoy allí, porque hace cuatro días estaba tomando una horchata frente al mar y comprando en periódico en la placita de San Gabriel, y me parece espeluznante que el tiempo pase así de rápido y no ni me entere. Desde hace unos años que no soy dada a nostalgias, así que alguien me explique esto. No se puede vivir en un eterno verano, a no ser que vivas en un lugar como Papeete, claro.

Y todo esto viene porque efectivamente sueño con el sol y el mar, y porque desde hace meses me ronda la idea de irme a vivir a la costa, por lo menos un tiempo, aunque no tengo tampoco muy claro qué iba a ser de mí. No va a ser verano, no tengo trabajo allí (aunque aquí tampoco mucho, que digamos) y la verdad es que tendría que reformar mucho mi vida, precisamente lo que mi cuerpo me está pidiendo a gritos. Las dudas me llevan a la incertidumbre. Y la incertidumbre me estresa, y el estrés, pues me lleva al lado oscuro.

By the sea by Lucía Inthesky

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