martes, 21 de junio de 2011

Solsticio de verano

Quise estudiar Bellas Artes porque me gustaba dibujar. En realidad quería pintar, como si eso fuera la misión a la que tenía que llegar triunfante. Como si la pintura fuera la meta y el dibujo sólo la vía que me llevaría a ella.
Hice el Bachillerato de Artes en León y nunca me he arrepentido lo suficiente. Y eso que no me suelo arrepentir de muchos actos. Si volviera el tiempo atrás, me hubiera quedado en mi antiguo instituto estudiando letras puras, que era lo que de verdad me gustaba, y acudiendo a una academia de dibujo por las tardes, cosa que tuve que hacer igualmente. La vida hubiera sido más simple estudiando latín que metida en un aula de escultura que apestaba, con una profesora que disfrutaba mucho "motivando" a sus alumnos a base de comentarios ordinarios. Me gustaba la literatura, me gustaba la filosofía, me gustaba aprender nombres de libros, uno detrás del otro, no me costaba nada, era fácil. Tampoco me costaba aprenderme todos y cada uno de los nombres de las vanguardias artísticas o toda la obra de los pintores renacentistas italianos. Todo fluía cuando estaba delante de un libro. De la misma manera que todo fluía cuando en casa, yo sola, sin nadie alrededor, me ponía frente al bloc de dibujo. Era divertido y relajante, era una manera legítima de seguir jugando.
Pero nada de eso ocurría cuando estaba en la escuela. La información se estancaba y emponzoñaba. Las miradas ajenas eran hirientes. Igual que los comentarios de mi profesora. Es muy sencillo herir a un adolescente. Los árboles caídos son fáciles de talar.

Nunca estudié relajada. Quizá en el último curso, con una profesora a la que tengo especial cariño, y cuya asignatura no pude disfrutar del todo, debido a lo que estaba por acontecer. Sabía que todo iría mucho peor cuando terminara la carrera. El mundo real espera fuera, agazapado como un tigre de Bengala dispuesto a devorarte. Nunca he ido con suficientes defensas por la vida, sabía que no lo superaría. Intenté hacer un master, intenté hacer más cursos, intenté creérmelo un poco. Lo necesario para no quedarme en casa aterrorizada.

Han pasado tres años y sigo en esa posición. Como no he aprendido a venderme, he dejado progresivamente de pintar. Ahora sólo hago algún garabatito cada dos meses. Algunos de ellos, mientras hablo por teléfono. Trabajo de camarera en una heladería. Corto fruta, sirvo cafés y helados, limpio los baños y preparo crêpes. El trabajo está bien y me da para pagar mis cuentas. Me he quemado las manos dos veces, y hace un par de semanas me corté con un cuchillo de treinta centímetros en la mano izquierda. Fue muy espectacular, pero al final no hicieron falta puntos. Los clientes suelen ser amables, pero muchas veces tengo miedo de estar sola en el local. Hace unos meses tuve que echar a un pervertido del baño, presa de un ataque de pánico. Han intentado colar billetes falsos muchas veces y timarme otras cuantas. Este sábado lo consiguieron, y desaparecieron cincuenta euros. Tenía que haber estado atenta, y no fui capaz. Son cosas que pasan. Mi jefe ayer me dijo que me lo descontará del sueldo.

Son tiempos difíciles, es la frase más escuchada de los últimos tres años. Me despidieron de mi primer trabajo el mismo día que quebró Lehman Brothers. Se supone que me tiene que dar igual, que elegí ser artista para ser feliz. Que la Crisis (con mayúsculas, ya que ha cobrado personalidad propia a base de darle cuerpo y carácter a la repetición) a mí no me tiene que afectar, porque ya sabía de sobra que este mundo, tal y como está montado, no necesita artistas. Todos los días trato de recordar qué me motivaba cuando estudiaba, qué me inspiraba a la hora de dibujar. Muchas veces no lo recuerdo. La mayor parte de los días estoy triste, y sé que la gente se da cuenta. Es cansino. Realmente ni sé explicar por qué, y la verdad es que ni me molesto en hacerlo. Es frustración, es desidia, es hartazgo, es que me da rabia haber estudiado como una condenada para terminar exactamente igual que si no lo hubiera hecho, que adivinen. No voy a hablarlo otra vez.

Los días pasan lentos y pegajosos. Hoy ha empezado el verano. Últimamente sólo leo novelones decimonónicos, y va acorde con mi estado de ánimo: estoy leyendo "La Regenta". Trato de no ver noticias sobre el tiempo y la playa en los telediarios. Veo "Saber y ganar", mi compañera de piso me anima a que participe, pero la calculadora, así como el terror televisivo, se me resiste mucho. A veces sueño con imágenes, con dibujos, con pinturas. Se me ocurren ideas que podría desarrollar y narrar, pero las blindo para que no me persigan demasiado. Desde la barra de la heladería, miro hacia fuera y pienso si no valdría la pena intentarlo un poco más, tener esperanza, ser cabezota. Por una vez valdría la pena serlo.
Pero el tigre de Bengala suele darme más miedo, y sirvo otro café.

1 comentario:

David dijo...

Eres demasiado joven para desanimarte. Te esperarán seguro muchas oportunidades para darle la vuelta a la tortilla (o al helado, en este caso, :0)). Yo le di la vuelta con casi 30 años, así que todavía te queda mucho tiempo... sigue pintando, dibujando y escribiendo... besos.