lunes, 12 de septiembre de 2011

Los cuatro vientos de la Plaza.



¿Un paseíto hasta Plaza de España a las cuatro de la tarde?

Treinta y cuatro grados.

Pero necesito recordar qué pasó. En qué momento decidí rendirme y apretar el interruptor.

Alguna vez, sobre todo en verano, sueño con ello, y me entra una mezcla horrible de arrepentimiento y curiosidad.
¿Te acordarás?
Porque yo aún sí.

Y si es así, pienso que me gustaría saberlo. Pero si me encontrara de frente con ello, le volvería inevitablemente la espalda.

Para eso me quedan las palabras, para lanzar mensajes al aire.

Si aún te acuerdas házmelo saber. Rápido y conciso, breve e indoloro.
Así deberían seguir siendo las cosas.



miércoles, 7 de septiembre de 2011

Algunas reflexiones al volver de vacaciones




Sé que soy una pequeñoburguesa con aspiraciones intelectuales, lo cual no quita para que me siga apeteciendo espanzurriarme en una toalla de playa durante un mes entero saboreando con detalle los pocos tintes cañís que siguen teniendo los veranos de este siglo.
Este año me he dedicado con gusto a hacer enumeraciones interminables sobre detalles que marcaron los períodos estivales patrios de nuestra infancia. La verdad es que en algún momento me hubiera gustado tener el blog a mano para redactarlos, pero el calor me reblandece demasiado las meninges como para enlazar más de tres palabras con sentido. Si veraneáis en el Mediterráneo profundo (lo de profundo es metafórico, que ya sé que nadie es la sirenita) reconoceríais muchos de estos detallitos que yo, qué queréis que os cuente, les tengo cariño.

El asunto es volver.

No tiene nada de particular sentir cierto agobio. Antes no me solía ocurrir, pero es que antes te hacía ilusión volver al cole por encontrarte con tus amiguitos. no tenías suficiente memoria como para recordar los deberes ni como para esperar que el siguiente curso fuera más duro.
Volver ahora se resume en lo siguiente:
A las nueve de la mañana estar desayunando entre una playa y un desierto (ni siquiera es bucólico, ni pastoril, en realidad es un lugar bastante feo), y seis horas después estar arrastrando una maleta por los pasillos del metro pensando en lo mismo. ¿Pero qué carajo hago yo aquí?
Suelo venir con ganas de experiencias nuevas, de ropa de otoño, de limpiezas en mi habitación, de cañas con los amigos y de pilas recargadas.
Este año es como si me hubieran lobotomizado. Mis vacaciones han sido como exfoliar la mente. Pero creo que me he pasado.

Algunas diferencias claras a la par que estúpidas (aunque esto último no me daré cuenta hasta dentro de dos meses):

En mi pueblecito de la costa (que no es un pueblo como tal, pero yo lo vivo así), me despierto, como mucho, con el jardinero del lugar y su aspirador de hojas atómico. El resto se ha debido a las cigarras, que a estas alturas de la vida, ni las oigo.
En Madrid me he despertado con, tachán tachán, ¡¡coches!!

En mi pueblecito he estado desayunando en el bar local por 1,50. Café con leche y media barrita de pan con un tomate delicioso. Y por las noches me tomaba cañitas a una media de un euro la pieza.
Ayer en Madrid trajeron la cuenta y la pieza salía a un 150% más.

En mi pueblecito he salido en sandalias y chanclas todos los días.
En Madrid, a juzgar por la mierda que llevo en los pies, es como si hubiera salido sin ellas.

En la costa, los hombres del lugar son objeto de muchos chistes debido a la extraña afición de algunos por llevar sandalias con calcetines.
En Madrid, acabo de descubrir con estupor la invasión de hombres que tienen la extrañísima afición de llevar mocasines sin calcetines. Y la verdad es que no sé cuál me espanta más.

En la playa me he puesto morena, he adquirido lozanía y un aspecto saludable que me ha provocado una subida de guapo que no me aguanto, lo reconozco.
En Madrid tengo color de trucha, y estoy simplemente gorda.

En mi pueblecito, tenía la entrada de casa rodeada de gatos muy monos a los que saludaba todas las mañanas.
Ayer, frente a mi casa de Madrid, había un coche fúnebre (supongo que es casualidad, pero fue impactante). Y más fúnebre fue encontrar los cadáveres de mis pobres plantas en sus tiestos.

No quiero decir que no me guste Madrid. En unos pocos días estaré encantadísima de haberla conocido y afirmaré no abandonarla nunca más y volver a portarme como una amante fiel.

Pero es que hoy entro a trabajar a las 5 y necesitaba tener mi parcela de pataleo.