sábado, 26 de noviembre de 2011

Cumplir años.



Salir de clase, empezar con una cañita.
Quien dice una dice dos.
Charla, risitas, Museo del Jamón. Saber que la has liado.
Necesitar algo en el estómago y renunciar a ello muy dignamente.
Decir que sí a todos los planes.
Acabar en otro barrio.
Pedir, pagar.
¿Cuánto he pagado?
Escribir mensajes en cheli y no recordarlo precisamente bien.
Bailar. Sí, bailar. Delante de gente.
Marearse. Respirar.
Fogonazo de dignidad y despedirse a la francesa.
Buscar la parada del búho, coger el búho, dormirse en el búho.
Demasiado entrenamiento a lo largo de una vida hace que no te saltes la parada.
Llegar a casa. Spaghettada. Arramplar en la cocina.
Descubrir que, pese a todo lo que llevas diciendo toda la noche, tenías hambre.
Ir a la cama sabiendo que vas a lamentar una salida de clase tan larga.
Off.
Despertar mucho antes de lo previsto. No querer morir, pero casi.
Preparar el desayuno de tu vida. Mucha vitamina C, café, tostadas.
Y de postre ibuprofeno.
Es sólo la falta de sueño. Nada más.
Ir al baño, mirarte al espejo y asustarte.
Aterrorizarte.
Sacar una mascarilla facial reafirmante, esperando que haga milagros.
Darte cuenta que hace no tanto te echabas una para el acné.
Y ser consciente que a estas alturas, las resacas ya nunca serán como antes.
Nunca más.
Y que volver a la Universidad a ciertas edades puede ser perjudicial para la salud.

Esto es hacerse mayor.

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