sábado, 12 de mayo de 2012

Panic on the streets of Madrid



Marchaba por una calle repleta de gente, pero avanzando. Era una noche clara, alumbrada por las farolas de la ciudad. Me acompañaba un amigo, charlaba con tranquilidad, me sentía feliz por estar allí. No había ninguna sensación de peligro, lo único necesario era seguir caminando. Todos reíamos y conversábamos. Nada malo ocurría. 
De pronto algo cambió, sin previo aviso, escuchaba voces y la gente comenzó a correr. No me dio tiempo a reaccionar, mi amigo desapareció entre la multitud. De las calles adyacentes aparecieron decenas de policías antidisturbios, quizá cientos. Oía el ruido de sus botas golpeando contra el pavimento, marchando en una sinfonía militar. Entraron en el cruce de calles donde nos encontrábamos como una manada de elefantes furiosos, agitando sus porras, atropellando con los escudos. El miedo me paralizó y no supe que hacer. Me sentía como en una ratonera, y de pronto pensé que lo normal era mantener la calma. Caminar sin correr, como me habían enseñado en el colegio en caso de incendio. No estábamos haciendo nada malo, no había por qué huir. Llevaba una bolsa con material de clase, y pensé que quizá pensaran que iba de botellón y que lo que en realidad había en la bolsa era alcohol. Pero no corrí, seguí caminando, demostrando que no estaba asustada, que no podían asustarme. 
Sin embargo la policía asediaba a la gente, y a los pocos segundos supe que estábamos atrapados. Y lo peor vino cuando aquellos que estaban a mi lado comenzaron a caer al suelo. Estaban disparando, y quedaban tendidos en la acera y atropellados por la multitud. Era como una cacería, en toda regla. Entonces sí que comencé a correr, aterrorizada, despavorida. No podía parar, no sabía por qué calle meterme, me sentía torpe, pero el miedo era más fuerte y no podía frenar, ni mirar hacia atrás.
Conseguí salir de allí, encontrar un camino tras un montón de calles oscuras y desembocar en una plaza amplia con una gran fuente. Todo el mundo se concentraba alrededor, cantando y gritando. Tuve la impresión de haber visto esa escena en algún documental histórico, o en alguna película, o quizá me sonaba porque me lo habían relatado mis padres. No era una celebración exactamente, pero sí una demostración de fuerza, casi de orgullo. 
Ya no había policía, pero entonces yo estallé y comencé a llorar de rabia, a gritar, a chillar todo lo que la garganta me daba de sí.
Después del grito más fuerte me desperté.

Espero que esto no sea una premonición, porque hoy pienso salir a la calle.