viernes, 13 de julio de 2012

La soledad de las princesas.



María Teresa de Saboya Carignano, princesa de Lamballe, era una de las aristócratas y amiga más cercana de María Antonieta. Nacida y criada en Turín, ostentó desde la cuna el tratamiento de Su Alteza Serenísima. Se convirtió en Princesa de Lamballe por su matrimonio con Luis Alejandro de Borbón, del que enviudó siendo aún joven, debido a una enfermedad venérea.
La princesa de Lamballe era conocida por su dulzura, belleza y sus obras de caridad, convirtiéndola en la mujer ideal según los cánones de la época. Su amistad con María Antonieta comenzó cuando ésta se convirtió en Delfina de Francia por su matrimonio con el futuro Luis XVI. Su relación siempre fue fiel y sincera, incluso cuando la Reina fue convirtiéndose en una persona frívola y alejada del pueblo, interesada sólo en las fiestas y el placer. Su carácter piadoso y entregado no hizo que olvidara a su amiga, incluso cuando ella le había dejado de lado por otras diversiones. La princesa de Lamballe siempre defendió a la Reina frente a todos los escándalos que le acompañaban, suponemos también que tras sus celebérrimas y discutidas declaraciones sobre pan y pasteles.





En 1789 el pueblo toma la Bastilla, azuzado por el clima de tensión y desigualdades sociales extremas en el que se vivía. En 1791, en plena Revolución, la Princesa consigue huir a Inglaterra, pero termina regresando a Francia, preocupada por la Reina, aun a sabiendas de que corre grave peligro. Es detenida y llevada a la prisión de la Forcé en agosto de 1792.
El 2 y 3 de septiembre de ese mismo año, tuvieron lugar las llamadas matanzas de septiembre. Una muchedumbre enfurecida asaltó las prisiones donde se encontraba, entre otros muchos, la Princesa. Nadie tuvo piedad con ella. Fue asesinada a golpes, ultrajada y descuartizada. Se habla de que algunos comieron trozos de su cuerpo, acompañados de pan. Suena a broma negra, pero en este caso, el pueblo se comió a la nobleza, literalmente. No es ni siquiera metafórico.


Tras ser decapitada, su cabeza fue impecablemente maquillada y peinada, y colocada en la punta de una pica, para que fuera bien vista por las calles de París. La muchedumbre, en marcha, se dirigió hacia la prisión en la que se encontraba la todavía Reina. Iban a enseñarle el destino de su fiel amiga, que pronto sería el suyo propio. El poder descabezado.
María Antonieta no llegó a verlo, pues cuando le comunicaron el regalo que le mostraba el pueblo bajo su ventana, fue víctima de un oportuno desmayo.


Todos sabemos el final de la Reina.


Muchas veces no recordamos que la historia es pendular, que se mueve entre los mismos valores que oscilan hacia un lado y el otro. Siempre volvemos al punto de partida, es como el juego de las escaleras y las serpientes, en el que cuando crees haber ascendido un nivel, siempre habrá un obstáculo que te lance hacia abajo. Los reyes franceses seguramente también subían los impuestos diciendo que era "la única solución para Francia". No tenía remedio. Se metían en guerras, jugaban al Risk, en sus tableros de mármol y en sus terrenos. Comían pasteles, bebían champán, correteaban en sus jardines, conspiraban tras los cortinajes. Tiraban los dados esperando siempre sacar una cifra ganadora y se dedicaban a las obras benéficas con la piedad blanda de quien no ha salido nunca fuera de los muros de Versalles. Aplicarían esos ajustes con dolor, ese arrepentimiento católico que hace falta tener justo antes de morir, pues el arrepentimiento lleva al cielo. Ya podemos ser unas bestias sin entrañas en vida, que rezando un par de oraciones, pidiendo perdón, haciendo penitencia diez minutos, tienes ganado el cielo. Cuando no dio tiempo al arrepentimiento, pues un campesino hambriento estaba tirando la puerta abajo, se horrorizaron ante la crueldad del populacho, la insensibilidad y rudeza de esa raza inferior. La reina fue una víctima, como la princesa de Lamballe. ¡Pobre María Antonieta! suspiran los monárquicos. ¡Pobre María Teresa! Toda la vida siendo tan dulce, tan piadosa, para acabar fagocitada por un hatajo de analfabetos. La Reina, todo su mandato representando a un pueblo que la quería sin corona, más bien, sin cabeza.


Lo que verdaderamente hay que conseguir es que nadie se plantee que es terriblemente peligroso para los intereses de una élite que el pueblo tenga comodidades. El pueblo tiene demasiado dinero, demasiadas facilidades, vamos a tener que quitárselo, dijo el poder. Así nosotros podremos seguir jugando al Risk, comiendo pasteles y foie, seguir bebiendo champán, seguir correteando por hoteles de lujo, por Marbella y Sotogrande, podremos seguir conspirando tranquilamente en los pasillos del Congreso y del Senado, podremos seguir repartiéndonos puestos de altos consejeros de empresa, podremos seguir apretándole las tuercas a los ciudadanos, pero eso sí, con un profundo dolor, el dolor de lo irremediable. La piedad blanda de quien ostenta desde el nacimiento el título de Alteza Serenísima, o hijo, o nieto, o hermano o cuñado de. Para nosotros, las cifras de los dados siempre salen ganadoras.


Hay que hacerles creer que no esperábamos este estallido. Que estas medidas ocurren porque no hay otra solución. Todo esto estaba más que planeado, pero ahora blindaremos este status con la pátina de la democracia, no vaya a ser que nos pase como a María Antonieta.





A veces me pregunto si, cuando algún ciudadano de ex clase media hambriento derribe su puerta, enfurecido, ellos creerán realmente que son las víctimas. 
Ellos, que nos han brindado pasteles cuando no teníamos dinero para pan.


Pobre Princesa de Lamballe. Pobre María Antonieta. Pobres Nicolás y Alejandra Fiódorovna, y sus hijas, las princesas. Fue terrible su destino. Nadie está preparado nunca para ser destronado por un hatajo de analfabetos hambrientos.

No hay comentarios: