lunes, 25 de febrero de 2013

16 años después


El 25 de febrero de 1997 era martes y yo tenía clase de plástica. Estaba enfadada porque nos habían dado unos libros de arte, cada uno de un pintor, y teníamos que copiar algunas de las obras en nuestros blocs. 
No me gustaba copiar, no me gustaba ir al colegio. Me tocó el libro de Tàpies, que tampoco me gustaba, y sigue sin gustarme 16 años después.
Tuve una infancia algo malhumorada.

De pronto, sobre las cuatro, alguien nuevo entró en mi clase y todo cambió.

Él no lo supo nunca, y yo hoy casi no me acuerdo de aquella tarde. Ya no miro el calendario buscando este día, porque hay otras fechas que se han superpuesto a ella. Como una ostra va creando una perla capa a capa, el 25 de febrero ha quedado en el epicentro de mi memoria, cubierto por otros miles de recuerdos que lo alejan pero no lo terminan de borrar.

Enamorarse es rendirse, bajar la guardia y alinear tu corazón con tus entrañas.

Sigo dibujando a día de hoy, pero no copio a Tàpies ni a nadie. Si acaso, tomo prestado amablemente. Algunas de las canciones que escuchaba esos días siguen sonando en mis auriculares. Tengo el pelo aún más largo que entonces y ya no me da vergüenza llevarlo suelto. Me levanto más tarde y vivo en otra ciudad, en la ciudad que deseaba. No quiero volver a ser aquella niña, ni por todo el oro del mundo. No volveré a serlo, y sólo por eso, mirar hacia delante merece la pena.

No me puedo creer que ya hayan pasado 16 años. ¿Lo ves normal? El futuro ya está aquí, y no hemos podido arreglar este desaguisado.

Ha vuelto a ocurrir un par de veces desde entonces, aunque a veces creo que en realidad fue todo un mecanismo para escapar lejos y no mirar lo que tenía delante, porque no me gustaba. Ahora sabes que te venden el amor como un elemento más de consumo. Compra, vende, cambia. Cuántos dibujos y cuántas canciones desperdiciadas, cuántas noches recorriendo el planeta desde la cama. Tumbado mirando el techo no existen las facturas ni los deberes del día a día. Cualquiera puede ser estrella de cine bajo las sábanas. Protagonistas de una fábula sin moraleja necesaria.

Alineé mi corazón con mis entrañas, pero nunca con mi cerebro. Eso quizá pasa más tarde. 1997 era demasiado pronto para saberlo.

Y ahora, desde mi nueva habitación de adulta decorada con palmeras, veo el cielo del porvenir que se abre, tan oscuro como una noche desde el Pacífico. Lleno de promesas y de misterio, de un día de calma o de una tormenta tropical.




Ya no pienso en ti, que lo tengas claro.
Te has quedado en el centro de la perla y no te veo. Pero eres el centro. Lo seguirás siendo.


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