domingo, 20 de julio de 2014

Sol de verano


La primera vez que hice de niñera yo sola fue con un bebé de siete meses. Estaba muy alterada, pero en un momento de pánico, me diste un sabio consejo que no he olvidado.
_ No te pongas nerviosa, ante todo, nada de nervios. Los bebés lo notan, lo huelen.

Ahora me dedico a cuidar niños de nuevo. Ya no me altero. Me acuerdo de aquel día de 2006 y respiro hondo. No cedo ante la presión. Aunque en realidad ha habido muchas veces en las que me hubiera gustado llamarte de nuevo para pedirte más consejos. Al fin y al cabo, de niños tú sabías mucho. Y no puedo. Tengo que seguir a mi intuición.

Conservo un recuerdo muy vivo. Una tarde viniste a buscarnos a uno de los muchos colegios a los que fuimos. Era un colegio pequeño, y la parte infantil estaba unida con la de primaria. Mientras nos esperabas en el vestíbulo, escuchaste el llanto de un bebé. Lloraba en una sala al final de un pasillo, y supongo que por el ajetreo de la hora de salida, nadie le estaba atendiendo. Permanecía recostado sobre una sillita, y nadie le escuchaba, salvo tú, que recorriste el pasillo para ir a socorrerle. Yo atravesé el pasillo, desde mi clase, y te encontré hablándole al bebé, sonriéndole y acariciándole para que se calmara, para que dejara de llorar. Estuve mirándote durante unos segundos sin que te dieras cuenta. Eras ese tipo de persona, la que se daba cuenta de que un bebé lloraba, de que un perro tenía sed, de que una persona se sentía sola.
Durante mucho tiempo, aquella imagen tuya, acunando a aquel bebé solo y desamparado, estuvo dándome vueltas a la cabeza, y acudía a mí cuando más te echaba de menos.
Ahora que cuido a niños, yo también escucho el llanto de un bebé en la calle, en un parque o en un bar, y giro la cabeza angustiada.
¿Qué puede pasar?

Vivo en un verano inventado a base de literatura, porque desde que te fuiste, los veranos ya no son lo mismo. La estación de la lentitud tiene ahora la densidad del uranio, así que hay que reconstruirla, y tú bien lo sabes. Me imagino noches de cielos estrellados, recorriendo carreteras en un viejo descapotable, respirando viejas historias del Medio Oeste, donde los atardeceres se tiñen de malva y naranja. Imagino tardes de verano en el norte, cuando Vetusta se quedaba vacía y Ana Ozores soportaba el peso de la soledad refugiada en el misticismo. Evoco el aire del mediterráneo, saturado de humedad y aroma de hierbas, el canto de las cigarras y la silueta de las palmeras bajo el sol amarillo y abrasador, enumerando destinos que nunca conoceré, pero que suenan a promesa y poesía: Petra, Palmira, Troya, Alejandría, Cirene, Psyra, Bizancio, Uruk.

Julio es el mes de tu cumpleaños y contiene todas esas historias que leímos juntas.

Julio ahora es ese mes en que ya no podrás envejecer. Sin tarta ni viaje a la playa, sin paseo por el monte, sin fiesta ni cena de celebración, sin regalo ni llamada, ni postal coloreada a mano. Julio es el mes de la eternidad, de la foto fija en la que decidiste estancarte para no cambiar ni deteriorarte. La imagen plácida de la serena madurez, de la elegancia del medio siglo. Ahí te plantaste, para no avanzar, y nunca podré pensar en cómo te acercabas a convertirte en una simpática sexagenaria. A veces saber perder es salir ganando.

Ya ves, hoy también es domingo.

El año pasado prometí comenzar a construir una coraza para no romperme en la caída. Estoy perfeccionando mi técnica en el trapecio, y el abismo dejará de darme miedo a base de intentar conseguir la pirueta perfecta en el aire. Cuando parezca que me vaya a caer, me engancharé en el siguiente trapecio, y volver a balancearme para poder  y volvernchoeguir la pirueta perfecta en el aire. cuando é a balancearme para poder así realizar el salto siguiente.
Y así transcurre la vida, madre, desde que tú no estás. Mis enemigos dicen que huyo, pero ambas sabemos que estoy retrocediendo para coger impulso. El siguiente salto puede ser aún mejor que el anterior.


Feliz cumpleaños, madre, sol de verano, heroína infantil y audaz trapecista.


domingo, 20 de abril de 2014

Cierra siempre bien tu pequeño mundo


He heredado tus ojos, tu nariz, tu boca y tus orejas. También la forma de los brazos y muchos de tus lunares. Mi dentadura es casi idéntica a la tuya, y y por ello, la sonrisa. 
No he heredado tu pelo, que era más liso y dócil que el mío, ni el pecho, ni la forma de las caderas. Mido unos centímetros menos que tú, en algunos aspectos, la genética hizo trampa. Tengo la cara mucho más redonda y un hoyuelo en la barbilla. Las manos y los pies son muy similares, pero un poco menores en tamaño. Tu cuello era más cercano al de un cisne que al de un patito, como el mío. Tu altura te aportaba esa elegancia que mucha gente recuerda, mientras que yo no paso de pizpireta.

Ay, cómo os parecéis...
Casi nunca nos lo dijeron, ¿verdad?

Otro 20 de abril. Me he despertado relativamente pronto y bien. Luego me he dado cuenta de que he soñado contigo. Creo que estábamos en una reunión familiar, y tú aparecías, pero no me mirabas. Teníamos que ir a alguna parte. “Hay varios coches, ¿con quién va cada uno?”, oía a una voz. “¡Yo con mamá!”. Y no paraba de decir “Mamá, mamá, mamá”, para ver si a fuerza de repetirlo, no te desvanecías.

Es la primera vez en estos años que el 20 de abril cae en domingo, como aquel día.
Domingo de resurrección. Qué paradoja.

Fue a la una de la tarde. Estaba entrando por la puerta, y te fuiste. Creo que lo hiciste a propósito. Igual que el hecho de que fuera domingo. Querías ser tan exacta con los plazos. Cerrar el círculo. Yo llegaba tarde, como siempre, como si lo supieras, entraba por la puerta, y te apagaste.

Y de golpe, ya no tenía madre.

¿Cómo es posible?

Me he construido tanto en base a tu ausencia que ya no imagino como sería si estuvieras aquí. Sería otra Lucía. Quizá llorara menos, o quizá para otras situaciones me mostraría más débil. Puede que relativizara menos otras pérdidas, o puede que me recordaran menos a la tuya. No le dedicaría tanto tiempo a ese enorme hueco que tengo en el pensamiento, esa colosal falla en el recuerdo. Quizá no estaría enfadada contigo como he estado. Quizá no te llamaría todos los días. A veces sigo llamando, pero sé que no vas a contestar. Cada vez me pasa menos. Seis años son suficiente para darme cuenta de que las compañías telefónicas no comunican con el otro lado.

Ya eres un recuerdo tan lejano que a veces no sabría qué decirte. Creo que no me reconocerías. Ya soy tan distinta gracias o por culpa de esto… ahora sé que la carencia me ha modelado para ponerme aquí de pie, para que pueda soportarlo. 
A veces aún lloro de verdad, pero cada vez menos.

Y aunque ya odiaba los domingos, ahora es aún peor. Es el día de la pérdida. Desde entonces, los domingos son una huida hacia delante, en busca de algo que hacer, para no caer en la misma pena del primer año. Cómo lloraba, madre, no sabes cómo lloraba, la de kilos que perdí de llorar. Los primeros domingos no sabía dónde meterme. Nunca quiero volver a casa, porque no quiero quedarme sola, no quiero quedarme con mis pensamientos, y tengo que ir al cine, o al teatro, o a algún concierto, pero no puedo quedarme en casa. Gracias a esta desbandada he descubierto decenas de películas. He recorrido Madrid a pie, buscando el sol, con la música sonando, a paso frenético, para no detenerme a pensar. Las estaciones vuelan, pero cada domingo tiene la silueta de tu cuerpo recortada contra el paisaje del olvido. La arquitectura de los días de primavera se erige como una estratagema para olvidar que ya no estás.

Ya no recuerdo cómo eran los domingos cuando estabas tú. Se abrió la falla y no puedo pasar al otro lado. No me acuerdo. Creo que para ser feliz, hace falta no saberlo.

Escribir en este día es difícil, porque quiero decirlo todo con palabras, y las palabras a veces se quedan pequeñas y escasas para definir lo que supone tu desaparición.

Vivir sin ti, madre, es como vivir con un solo pulmón. Es difícil, pero posible.
Cerraré bien mi pequeño mundo.
Tendré que vivir a este lado, si quiero olvidar y estar callada.


Chus Gª Revuelta. 20 Julio 1955 – 20 Abril 2008


lunes, 7 de abril de 2014

Canción de amor de la joven indie



"Las bibliotecas arden por dentro,
No lo consigo, no alcanzo el extremo
Incandescente es el conocimiento
Pero lo cierto es que estoy sin aliento.

Como quisiera ser una de esas chicas sin problemas
Sin cicatrices que disimular
Cómo quisiera que te dieras cuenta y me escribieras
Mi muro está entero por rellenar"

Pues lo he hecho. Ya está.


martes, 1 de abril de 2014

Eso no lo sabes, no lo sabes tú



"Sé que no tengo que decirlo, 
pero es que los días son tan largos 
cuando el cielo se nubla, cuando vuelve la lluvia...

Me asusto por añorarte, pero se parece tanto
a aquellas noches en que salíamos 
nos queríamos (en todos los bares)

Si hubieras estado aquí, no me hubiera fijado en ti.
Habría salido corriendo, como hacía siempre 
que parecía que todo iba a ir bien.

Me acuerdo del colegio que yo encontraba feo
recuerdo el beso del hombre muerto
el paraguas roto y las jirafas que lloran

Echo de menos viajar en el Alvia
y llamarte cuando quedaba poco,
para llegar a casa, a nuestra casa."





lunes, 24 de marzo de 2014

Valiente



No soy una ramita torcida. Ahora soy un árbol. Pasará mucho tiempo hasta que pueda echar hojas, y quizá soy un sauce llorón y no un roble o un abeto, pero me alegro de crecer al sol, de crecer fuerte, por mi cuenta.

Es la primavera más prometedora por la simple razón de que estoy cambiando. Aunque nadie se esté dando cuenta, aunque haya gente que siga pensando que nada cambia y que todo es inmutable. Es igual, porque yo miro atrás y sí que veo que ya nada es igual.

Ha sido un cambio espectacular en seis meses. He movido tanto las fichas que me cuesta recordar cuál era su posición original. Hay días en los que estoy asustada, porque el deseo es ese dragón amenazante que de vez en cuando se pasa por tu torre a recordarte tu fragilidad. pero ese dragón no echa fuego por la boca. Ni siquiera tenía dientes.

No voy a volver atrás, pero estoy guardando un huequito de memoria para no perder del todo algunos trocitos de vida que había decidido tirar a la basura.
Ni siquiera va a doler.

Salta, valiente.

sábado, 15 de marzo de 2014

So passé



El deseo exige la necesidad de conquistar un objetivo, acompañado de razones que escapan a toda lógica. 
Una vez conquistado, ese objetivo pierde interés, la voracidad se apaga.
Eso es el deseo.

En realidad el tiempo se pliega como el papel preparatorio de un cadáver exquisito.
El hilo es el trazo del dibujo, que cuaja de paradojas la narrativa.
El aprendizaje es tomar conciencia de esas capas que se superponen y conseguir manejarlas para que no se arruguen demasiado.
A veces la serendipia consigue hacer que resbalen la una contra la otra, sin que chirríen. Es el engrasado de la realidad.

Ya no hace falta condescendencia. Ya he estado en rehabilitación.

Nunca uno espera caer en la adicción del deseo. En realidad está tan pasado de moda...

lunes, 10 de marzo de 2014

Huracán



Es difícil fagocitar todas las sensaciones del mundo como yo deseo.
La voracidad es demasiada, y a veces acaba por engullirme. 
Lo hará si no tengo cuidado.

sábado, 8 de marzo de 2014

Una larga tormenta


Hay historias que merecen una segunda parte.

Ahora que ha salido el sol, se ha forzado a volver a sonreír. 
Hay venenos que tienen efecto retardado, hay antibióticos de alto espectro, que destruyen todos los microorganismos que encuentran, sin distinción.
Ella recibió esa medicina durante mucho tiempo.

Cuando volvió a Madrid y vio que había salido el sol, despertó la primera mañana en una casa que no era la suya y pensó "esto ha sido una larga pesadilla que hoy ha tocado a su fin".

He oído que lo que se recuerda con el tiempo no son los golpes ni las bofetadas, que no hace falta que te revienten el bazo para sentirse destrozada, que todos son susceptibles de caer en adicciones a la cocaína, al alcohol, a las compras compulsivas o a las relaciones violentas.
He escuchado que a algunas les va la marcha, que se lo tienen merecido, que no saben lo que quieren, que se buscan los problemas porque son adictas a las emociones tóxicas.
He sentido que tenía un censor instaurado en su cabeza, que le decía lo que estaba bien y lo que no. Que no aprobaba nada de lo que pensaba.

Es una chica bien educada. Es inteligente, y sin embargo, no pudo evitar caer en aquello. Tampoco conocía otras opciones.
Sólo mantuvo cerca a aquellos amigos a quienes no les había hablado del tema.

Un día tuvo que salir corriendo de una casa, llena de golpes invisibles.
Le pidió que no rompiera el dibujo que le había regalado, que no lo rasgara en pedazos.
Lo hizo. Sólo porque ella le pidió que no lo hiciera.
Dijo que el dibujo era una mierda, igual que ella.
Ella juró que no le había engañado, que nada de lo que decía era verdad, pero al siguiente minuto comprendió que no tenía que defenderse, sino protegerse.
Nunca una huida estuvo tan justificada.

Sólo se lo dijo a cuatro personas, entre ellas, a mí. Le daba vergüenza ir a manifestaciones feministas y después aguantar aquello cada fin de semana.

Ahora se está recuperando. Tiene miedo de no poder tener hijos. Como ejercicio para desaguar su cerebro, escribe tres páginas diarias de lo que se le pasa por la cabeza. Desea irse lejos. Sufre mucho, pero es optimista, y está decidida a cambiar.
Dice que prefiere estar sola a esperar eternamente una promesa de amor que al final, nunca se había cumplido.

Hay historias que se merecen una segunda parte.

Pero esta, desde luego, no.