lunes, 20 de julio de 2015

Beautiful summer sunshine




Hay un banco de madera en Soho Square, centro de Londres, que encierra tardes repletas de sonrisas e intimidad. Nadie más que nosotras sabíamos que era nuestro banquito, que nos estaba esperando para una sesión más de tertulia, que una de esas tardes Paul McCartney cumplía sesenta y cuatro años y que podíamos por fin cantar aquello de “Will you still need me? Will you stil feed me when I’m Sixty four?” con motivo.
Hay una pequeña iglesia en el barrio de Harlesden, de una rama cristiana que ninguna de las dos conocemos, en la que permanecimos fascinadas durante más de media hora escuchando a un grupo de niñas tocar tambores de hojalata. Era nuestra última mañana en la ciudad, y cuando salimos de allí, entre sonrisas, el sacerdote que nos había invitado a pasar, nos deseó buen viaje y un cariñoso “and God bless you”.
Hay un mapa dibujado dentro de mi cabeza en el que tengo señalado con chinchetas de colores dónde fui feliz contigo.
Volví a Soho Square un par de veces después de haber estado aquel verano juntas. La primera vez, nuestro banco estaba empapado por una nieve gris que se fundía y caía sobre el pavimento. Nada que ver con el sol de nuestros días de junio. La siguiente vez fue peor, y no por el frío, sino porque hacía menos de un año que te habías marchado, y llegar a nuestro banco y sentarme sola, contemplando la plaza desde el mismo ángulo en que la veíamos nosotras, fue de las cosas más duras que había hecho hasta la fecha.
Sé perfectamente que nunca podré encontrar la iglesia, con las niñas y sus tambores de hojalata.
He pensado mucho en Londres últimamente, vete a saber por qué (lo sabes), y en esas semanas que pasamos saboreando los días y las noches sin parar de charlar, de compartir y de reír. En nuestro viaje hasta Crystal Palace, indagando el paradero de tu familia de acogida, en las botas de estrellitas que me compraste en Camden, en tu pelo antracita y revuelto por las mañanas, y en cómo repetíamos una y otra vez, a cada momento que teníamos ocasión, “the future is bright”. He pensado mucho en tu acento, en el gesto flexible de tus labios cuando enumerábamos nuestras palabras preferidas en inglés, porque a ratos aún recuerdo tu voz, he pensado en cómo te reías de la chaqueta de ganchillo que había llevado para abrigarme (“¿A Londres te traes una chaqueta llena de agujeros?”) y también en las interminables horas de metro que nos comíamos para llegar al centro (“This is a Bakerloo line train to Elephant & Castle”).
Quizá ese “God bless you” era una advertencia o sencillamente un buen deseo, como si ya se supiera el poco tiempo que te quedaba en la tierra.
He pensado mucho en Londres, madre, porque si hay algo que desearía en estos momentos, por lo que daría media vida si pudiera, es por pasar de nuevo aquellos días contigo, por las calles de esa ciudad que ya casi conocía antes de visitarla, gracias a ti. “¿No te apetecería volver allí?”. Y aquella idea diabólica que tuviste en tus días de convalecencia se tornó realidad, y creí que nunca habías pensado nada mejor.
¿Qué voy a hacer en Londres sin ti? ¿No ves que nadie va a entender nada de esto? ¿No ves que estoy cansada de explicar de dónde he sacado mi acento?
Está siendo un mes de julio denso, lento y asfixiante. Ya ni la literatura, socorrido recurso, me saca del sopor que provoca la canícula. Dibujo todo lo que puedo. Las acuarelas son mi pequeño secreto para no caer en adicciones más fuertes. Es mi enganche al trapecio ese del que llevo hablándote desde hace un par de años, siempre por el día de tu cumpleaños. Llevo las piruetas mejor, las acrobacias ya son casi pan comido. Los arabescos suspendida en el aire son el ejercicio perfecto para resistir a la melancolía. Pero lo de la coraza… aún no he encontrado el material perfecto con el que revestir mi alma.
Madre, me gusta el té con leche, pero no quiero desayunar baked beans on a toast, me vas a perdonar.
Este verano he elegido recrear todas las noches estrelladas, las fugaces pero intensas noches estivales, imaginando volar sobre el cielo de todos los lugares especiales donde fuimos felices. Un columpio de cuerdas que caen desde el firmamento, un trapecio desde el que es imposible caerse, que se balancea en un arco interminable, desde las nubes nocturnas de Londres hasta las playas de Alicante, desde las montañas de Asturias hasta las plazas de Venecia. Y Madrid, siempre Madrid. Nos quedó pendiente India, y Estambul, pero quizá eso lo teníamos que dejar para otra vida. El abismo ya no es tal. El trapecio oscila salvajemente sobre todos nuestros miedos, y si yo llevara un marcapasos, ya habría reventado de amor.
¿Cómo voy a celebrar tu cumpleaños sin ti, mi sol de verano? Sesenta años que no cumpliste, pero que llevo grabadas a fuego sobre mi piel.
You will rise, mother. This time is yours and mine.
Happy birthday, my beautiful summer sunshine. I still miss you.

lunes, 20 de abril de 2015

¿Y si no volvemos a casa?



Hace unos días volví a soñar contigo. Íbamos en coche y afuera estaba oscuro. Teníamos que volver a casa, pero yo me sentía floja y melancólica. Y de pronto, tu cara se iluminaba, fruto de una magnífica idea. “¿Y si no volvemos a casa?”.
La siguiente escena nos situaba en un gimnasio cubierto, como los de los institutos, pero tan grande que la vista no alcanzaba a ver sus límites. Todo estaba envuelto en la niebla blanca que siempre imaginamos al recordar los sueños. Y sobre nosotras, decenas de globos de colores flotaban en el aire, atados a pequeños paquetes por un cordel, para que no salieran volando fuera de nuestro alcance. Corríamos por todo el espacio, tomando impulso para saltar y poder tocar todos los globos de colores con las manos. Yo me reía sin parar, y había un momento en el que me sentía tan feliz que giraba sobre mí misma, tan rápido que tenía que hacer un esfuerzo para no caerme redonda. Pero en los sueños no me caigo, ni me mareo, ni me canso de reír. En los sueños vamos corriendo tras los globos de colores de un gimnasio, como dos cabritillas felices.
Mientras soñaba esto, mi abuela Marta dejaba de vivir en este mundo, y pocas horas después yo estaba tomando un tren de camino a León. Era la primera vez que iba a un entierro, y espero no ir a muchos más. Entré levemente en pánico cuando el ataúd se deslizada en el hueco del panteón. Tengo cierta claustrofobia que no podré superar. A la entrada de la iglesia, primos segundos, terceros y en adelante se concentraban y no dejaban de repetir que verme era como volver a verte a ti. Volver a verte con vida.
Mi abuela Marta murió con veinticinco años y unas pocas horas de diferencia que su marido, Nacho. Dejó este mundo habiendo vivido cuarenta años más que tú. Eso es un buen ratito más. Por eso, a pesar de la pena de la pérdida, nada resulta tan ilógico en esa ecuación.
Hace ya tiempo que me pregunto cómo sería si los análisis hubieran salido positivos. Una línea de tiempo se abrió paralela y la historia cómoda y apacible que siempre habíamos imaginado, se fracturó. El tiempo es como una masa de hojaldre, plegada en capas al calor de un horno. A más calor, más se separan las capas, pero a veces algo falla, el calor baja y hay interferencias que permite el roce. Quizá por eso sueño que has seguido adelante, que has continuado tu vida y que podemos trazar un gran plan para salvar una tarde insulsa. La interferencia me permite habitar ese espacio impenetrable durante un rato. Mamá se recupera y hacemos como que no ha pasado nada. Nada te impide reírte, como si no existiera la gran falla que nos separa, la que te llevó al terreno de la invisibilidad. En esa vida paralela, tú me llevas a perseguir globos, en esa vida paralela, yo no miro hacia atrás como contemplando la vida de una extraña, mi propia vida. En esa vida paralela, el 20 de abril no significa más que un día de primavera.
Verme a mí es como verte a ti con vida, como volver a verte sonreír, pero yo me miro al espejo y sigo sin encontrarte del todo.
Desde ese día, el día de la interrupción, tengo que seguir practicando las mismas estrategias, por muy extrañas que sean, para poder soportar vivir en el lado que no deseaba. Porque perseguir globos de colores no deja de ser algo un poquito peculiar en una chica de mi edad, ¿sabes madre? Pero es que te fuiste tan repentinamente que no pude asumirlo tan de golpe. Es que no se puede ir una tan así por las buenas. Aún me quedaban tantas preguntas que hacer, tantas historias que averiguar, tantas tardes recorriendo Asturias en coche…Ya no estás y se mueren las plantas, tus cosas recogen polvo y yo me sorprendo cuando no recuerdo qué canción te canté aquella tarde en Zattere. ¿Fue “Garota de Ipanema”? A veces estallo de nostalgia, y sin embargo, en otras ni el número siete, cabalístico donde los haya, consigue arrancarme un ataque de furia. Hace siete años que te apagaste y yo entonces aún creía que eso nunca sucedería. Mi madre iba a vivir para siempre, iluminando con su sonrisa cada noche de este mundo. Saltando cada vez con más impulso, alcanzando con la mano cada globo, haciéndome creer que podía conseguir todo lo que ansiara. Los deseos nunca eran tan plausibles y reales como cuando los decías tú. ¿Quieres globos de colores? Los tendrás. ¿Quieres Venecia? La tendrás. ¿Quieres el sol de abril todo el año? Es tuyo.
Pero no, madre. Yo lo que quiero es que estés viva. Yo lo que quiero es que vuelvas. Quiero volver a casa.
Y me parece muy bien que me lleves a perseguir globos de colores una tarde de invierno, pero prométeme que después volveremos a casa las dos. Por favor.
Desde hace siete años, los sueños ya no son los mismos, y durante un leve instante, yo me siento como un albatros sobre el mar, sin querer tocar tierra nunca más.

Chus Gª Revuelta. 20 Julio 1955 – 20 Abril 2008

viernes, 10 de abril de 2015

Surcos y mareas




Decías que nunca escribía nada sobre ti. Pero eso no es verdad. Lo cierto es que lo hacía. Cada día, durante mucho tiempo, estuve escribiendo sobre todo lo que se me pasaba por la cabeza. Y tú estabas presente casi siempre. Porque cada mañana poseía la luz de un empezar nuevo, pero sabía que éste tampoco me iba a gustar.
¿Dónde estabas tú? ¿Diciendo qué palabras? Te echaba de menos a cada minuto, tu recuerdo se me plantaba vivaz y eterno frente a los ojos, hasta que los abría, y no estabas. Recuerdo todo, tan presente y doloroso. Los días fugaces e insulsos, hasta que un día tomé un autobús y volví a la ciudad gris en la que vives, para comprobar el recorrido exacto de cada surco de tu piel. Te quitaste la camiseta y descubrí lo que era el deseo. Arrollador y despiadado, como un huracán que no deja nada a su paso. Si hubiera podido definir el deseo, hubiera pintado ese momento. Y entonces volví a caer, dejé de escribir y volví mil veces a tratar de beberme los surcos de tu piel repletos de sudor compartido. Nada ha igualado ese instante, ese fugaz segundo en el que sucumbía a la imposibilidad de negarme a cualquier petición.
Dices que no escribía nunca sobre ti, pero la verdad es que sí lo hacía, aunque no lo había hecho sobre ese instante jamás. No tenía nada que ver con sentarme en tus rodillas frente a la playa, mientras el sol palidecía frente al mar Cantábrico, frente a nosotros.
Si pudiera volver a empezar, hubiera impedido que el torrente que nos empujaba el uno hacia el otro nos hubiera hecho chocar con tanta fuerza. Porque ambos deseábamos una plácida existencia, una marea en calma, en ocasiones revoltosa y juguetona, pero no una marejada impía y arrolladora. Yo siempre decía que venía del Mediterráneo,  que lo mío era el sol abrasador sobre la tierra caliza, las frutas maduradas por el calor del desierto, el calor amarillo y naranja que ofrece el levante. Pero conocí tu ciudad, el norte del norte, el verde sobre gris difuminado por la niebla, y ya no pude volver atrás. El sabor de las manzanas emborrachándonos, tú y yo en la negrura de las calles salpicadas de farolas mortecinas, locos por llegar a casa y fundirnos en uno.
Tenías razón, en muchos aspectos sigo siendo dura y cortante, como las espigas doradas a fuerza del sol de secano. Tú me ofrecías un lecho blando como el musgo, pero yo sentía el miedo empapándome como el rocío septentrional, el pánico apoderándose de mí, y salía corriendo en dirección contraria. Te empeñabas en que fuera como tú, en que fuéramos uno solo, y yo no podía responder apenas a cualquier pregunta. Estaba herida, y aquello no se me antojaba real. En realidad soy de una ciudad construida sobre un terreno pedregoso, repleta de geometría y angustia. Mi ciudad está en el punto equidistante entre el Mediterráneo y el Cantábrico, donde sus ciudadanos acostumbran a vivir con prisa, pues no hay tiempo que perder. Soy inevitablemente despiadada con mi realidad, y sin embargo, durante una temporada de mi vida, crecí cerca de tu tierra, esa que se me antoja melancólica y cuajada de verde, y siempre que la visitaba me embargaba un sentimiento tristemente conocido: el irrefrenable deseo de ser adoptada.
En esta ciudad permanezco, tratando de descifrar los mapas que nos han lanzado a mil millas el uno del otro, aunque apenas nos encontremos a cuatrocientas. Nunca has conocido esta ciudad conmigo, nunca te la he enseñado. Nunca has sabido cuáles son los rincones secretos donde guardo parte de mi biografía. Dónde me hice una herida en la mano después de una buena sesión de columpios, dónde  ocupaba la mayor parte de mis tardes después de salir de clase, dónde trabajaba cada noche de viernes mientras era universitaria, dónde supe que iba a perder a mi madre definitivamente, dónde nací y dónde escuché por vez primera un disco de Suede. Todo se desarrolla en esta salvaje urbe de millones de habitantes resignados a vivir por debajo de sus deseos. Esta urbe que nunca visitaste mientras repetías que me querías y me necesitabas, pero en la que afirmabas sentirte como un extranjero recién bajado del tren. Esta ciudad en la que nunca pude comprobar el recorrido exacto de los surcos de tu piel al quitarte la camiseta.
Escribir es catártico. Y tú decías que nunca lo hacía sobre ti, pero no es verdad. Sólo que no te lo enseñaba.
Si pudiera volver a empezar, hubiera colocado diques para que la marea no nos arrasara, o para que por lo menos, no me arrasara a mí. Los estoy colocando ahora, poniéndome a salvo de un tsunami que ya destrozó nuestras defensas hace tiempo. Porque querría saber qué es la vida sin ti, sin tu presencia constante en mi pensamiento, en mis líneas escritas, en mi memoria. Porque necesito salir a la calle y no pensar en la razón por la que dejabas de abrazarme cuando más lo necesitaba, por la que no venías a verme cuando te lo pedía, por la que no te creías que tú eras el único. Porque necesito salir a la calle y respirar mi ciudad sin el peso de tu ausencia, conocer los mapas de mi propia piel, rozar las estrellas con la punta de los dedos sin necesidad de que me aúpes. Porque tú te quedarás en que me beberé el sudor compartido con otros, pero lo cierto es que la vida se me antoja como una fruta fresca madurada al sol, jugo resbalando por mi barbilla a cada bocado, y que necesito olvidar brevemente el gesto exacto de tus brazos despojándose de tu camiseta para averiguar si de verdad echo de menos el batir de las olas, el cielo del norte extendiendo su manto nocturno, negro como un mal pensamiento, sobre nosotros dos.
Porque necesito expulsar de mí el deseo voraz de ser adoptada para poder adoptarme a mí misma de una vez.

Decías que nunca escribía sobre ti, pero no es verdad. He escrito un par de canciones de amor en toda mi vida, pero quizá esta sea la más sincera hasta la fecha.

viernes, 27 de febrero de 2015

El bovarismo te sienta fatal



Se supone que debería estar triste.
Se supone que debería sentirme acabada.
Se supone, pero creo que no ocurre, porque ya ha ocurrido otras muchas veces y puede que vaya creando una especie de coraza que ya me impide sorprenderme.
Me he dado cuenta de que sé muy poco sobre cómo reaccionar en estos casos.
El otro día se lo decía a unas chicas con las que viajé en coche compartido. De pronto, un buen día, tu vida se derrumba, pierdes a alguien para siempre, y te das cuenta de que no sabes cómo debes reaccionar. Nadie te ha enseñado a reaccionar ante una muerte, o ante una desgracia. ¿Debes llorar en público? ¿Debes decirle a los demás cómo te sientes? ¿Debes compartirlo? Sé sumar y restar, leer y escribir, pero no tengo ni idea de qué debo hacer, y todo el mundo se empeña en no explicármelo. Yo que soy de las que quiere entenderlo todo.
Se supone que debería estar triste, y creo que realmente lo estoy, pero mi tristeza no difiere mucho de la de la semana pasada, cuando aún no le había perdido.
Sé que me desperté después de una noche muy larga, de esas en las que apenas duermo por la ansiedad, que me preparé un café, y como de costumbre, apenas desayuné nada sólido. No quise ir a nadar, me quedé en la cama hasta bien entrada la mañana, miré mis perfiles en redes sociales, me di una ducha y luego me corté el flequillo yo misma. El trabajo por la tarde fue satisfactorio, y más adelante, volví a beber café delante de la pantalla del ordenador.
Supuse que la vida ahora iba a ser distinta, y que esta vez es la definitiva. No me pareció más grave que otras veces. Sólo siento que estoy inmersa en una profunda apatía. Más que tristeza, es apatía. Podría pasar el resto de mi vida envuelta en un edredón. Empieza a brillar el sol y huele a primavera. Siento que Madrid se transforma en una ciudad fantasma en las que las pequeñas tiendas que veía desde que nací van muriendo una a una, afloran los locales vacíos y mucha gente a mi alrededor saca un billete de sólo ida. Me he declarado en huelga de ferias de arte, aunque trato de volver a tensar papeles y a probar nuevos pinceles. Las calles tienen el hedor putrefacto de nuevas leyes que apenas se acuerdan de personas, sino sólo de cifras.
Se supone que debería estar triste, pero soy una ignorante que no sé cómo reaccionar.

Se supone que debería sentirme mal, pero sé cortarme el flequillo yo misma.