viernes, 10 de abril de 2015

Surcos y mareas




Decías que nunca escribía nada sobre ti. Pero eso no es verdad. Lo cierto es que lo hacía. Cada día, durante mucho tiempo, estuve escribiendo sobre todo lo que se me pasaba por la cabeza. Y tú estabas presente casi siempre. Porque cada mañana poseía la luz de un empezar nuevo, pero sabía que éste tampoco me iba a gustar.
¿Dónde estabas tú? ¿Diciendo qué palabras? Te echaba de menos a cada minuto, tu recuerdo se me plantaba vivaz y eterno frente a los ojos, hasta que los abría, y no estabas. Recuerdo todo, tan presente y doloroso. Los días fugaces e insulsos, hasta que un día tomé un autobús y volví a la ciudad gris en la que vives, para comprobar el recorrido exacto de cada surco de tu piel. Te quitaste la camiseta y descubrí lo que era el deseo. Arrollador y despiadado, como un huracán que no deja nada a su paso. Si hubiera podido definir el deseo, hubiera pintado ese momento. Y entonces volví a caer, dejé de escribir y volví mil veces a tratar de beberme los surcos de tu piel repletos de sudor compartido. Nada ha igualado ese instante, ese fugaz segundo en el que sucumbía a la imposibilidad de negarme a cualquier petición.
Dices que no escribía nunca sobre ti, pero la verdad es que sí lo hacía, aunque no lo había hecho sobre ese instante jamás. No tenía nada que ver con sentarme en tus rodillas frente a la playa, mientras el sol palidecía frente al mar Cantábrico, frente a nosotros.
Si pudiera volver a empezar, hubiera impedido que el torrente que nos empujaba el uno hacia el otro nos hubiera hecho chocar con tanta fuerza. Porque ambos deseábamos una plácida existencia, una marea en calma, en ocasiones revoltosa y juguetona, pero no una marejada impía y arrolladora. Yo siempre decía que venía del Mediterráneo,  que lo mío era el sol abrasador sobre la tierra caliza, las frutas maduradas por el calor del desierto, el calor amarillo y naranja que ofrece el levante. Pero conocí tu ciudad, el norte del norte, el verde sobre gris difuminado por la niebla, y ya no pude volver atrás. El sabor de las manzanas emborrachándonos, tú y yo en la negrura de las calles salpicadas de farolas mortecinas, locos por llegar a casa y fundirnos en uno.
Tenías razón, en muchos aspectos sigo siendo dura y cortante, como las espigas doradas a fuerza del sol de secano. Tú me ofrecías un lecho blando como el musgo, pero yo sentía el miedo empapándome como el rocío septentrional, el pánico apoderándose de mí, y salía corriendo en dirección contraria. Te empeñabas en que fuera como tú, en que fuéramos uno solo, y yo no podía responder apenas a cualquier pregunta. Estaba herida, y aquello no se me antojaba real. En realidad soy de una ciudad construida sobre un terreno pedregoso, repleta de geometría y angustia. Mi ciudad está en el punto equidistante entre el Mediterráneo y el Cantábrico, donde sus ciudadanos acostumbran a vivir con prisa, pues no hay tiempo que perder. Soy inevitablemente despiadada con mi realidad, y sin embargo, durante una temporada de mi vida, crecí cerca de tu tierra, esa que se me antoja melancólica y cuajada de verde, y siempre que la visitaba me embargaba un sentimiento tristemente conocido: el irrefrenable deseo de ser adoptada.
En esta ciudad permanezco, tratando de descifrar los mapas que nos han lanzado a mil millas el uno del otro, aunque apenas nos encontremos a cuatrocientas. Nunca has conocido esta ciudad conmigo, nunca te la he enseñado. Nunca has sabido cuáles son los rincones secretos donde guardo parte de mi biografía. Dónde me hice una herida en la mano después de una buena sesión de columpios, dónde  ocupaba la mayor parte de mis tardes después de salir de clase, dónde trabajaba cada noche de viernes mientras era universitaria, dónde supe que iba a perder a mi madre definitivamente, dónde nací y dónde escuché por vez primera un disco de Suede. Todo se desarrolla en esta salvaje urbe de millones de habitantes resignados a vivir por debajo de sus deseos. Esta urbe que nunca visitaste mientras repetías que me querías y me necesitabas, pero en la que afirmabas sentirte como un extranjero recién bajado del tren. Esta ciudad en la que nunca pude comprobar el recorrido exacto de los surcos de tu piel al quitarte la camiseta.
Escribir es catártico. Y tú decías que nunca lo hacía sobre ti, pero no es verdad. Sólo que no te lo enseñaba.
Si pudiera volver a empezar, hubiera colocado diques para que la marea no nos arrasara, o para que por lo menos, no me arrasara a mí. Los estoy colocando ahora, poniéndome a salvo de un tsunami que ya destrozó nuestras defensas hace tiempo. Porque querría saber qué es la vida sin ti, sin tu presencia constante en mi pensamiento, en mis líneas escritas, en mi memoria. Porque necesito salir a la calle y no pensar en la razón por la que dejabas de abrazarme cuando más lo necesitaba, por la que no venías a verme cuando te lo pedía, por la que no te creías que tú eras el único. Porque necesito salir a la calle y respirar mi ciudad sin el peso de tu ausencia, conocer los mapas de mi propia piel, rozar las estrellas con la punta de los dedos sin necesidad de que me aúpes. Porque tú te quedarás en que me beberé el sudor compartido con otros, pero lo cierto es que la vida se me antoja como una fruta fresca madurada al sol, jugo resbalando por mi barbilla a cada bocado, y que necesito olvidar brevemente el gesto exacto de tus brazos despojándose de tu camiseta para averiguar si de verdad echo de menos el batir de las olas, el cielo del norte extendiendo su manto nocturno, negro como un mal pensamiento, sobre nosotros dos.
Porque necesito expulsar de mí el deseo voraz de ser adoptada para poder adoptarme a mí misma de una vez.

Decías que nunca escribía sobre ti, pero no es verdad. He escrito un par de canciones de amor en toda mi vida, pero quizá esta sea la más sincera hasta la fecha.

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