lunes, 20 de abril de 2015

¿Y si no volvemos a casa?



Hace unos días volví a soñar contigo. Íbamos en coche y afuera estaba oscuro. Teníamos que volver a casa, pero yo me sentía floja y melancólica. Y de pronto, tu cara se iluminaba, fruto de una magnífica idea. “¿Y si no volvemos a casa?”.
La siguiente escena nos situaba en un gimnasio cubierto, como los de los institutos, pero tan grande que la vista no alcanzaba a ver sus límites. Todo estaba envuelto en la niebla blanca que siempre imaginamos al recordar los sueños. Y sobre nosotras, decenas de globos de colores flotaban en el aire, atados a pequeños paquetes por un cordel, para que no salieran volando fuera de nuestro alcance. Corríamos por todo el espacio, tomando impulso para saltar y poder tocar todos los globos de colores con las manos. Yo me reía sin parar, y había un momento en el que me sentía tan feliz que giraba sobre mí misma, tan rápido que tenía que hacer un esfuerzo para no caerme redonda. Pero en los sueños no me caigo, ni me mareo, ni me canso de reír. En los sueños vamos corriendo tras los globos de colores de un gimnasio, como dos cabritillas felices.
Mientras soñaba esto, mi abuela Marta dejaba de vivir en este mundo, y pocas horas después yo estaba tomando un tren de camino a León. Era la primera vez que iba a un entierro, y espero no ir a muchos más. Entré levemente en pánico cuando el ataúd se deslizada en el hueco del panteón. Tengo cierta claustrofobia que no podré superar. A la entrada de la iglesia, primos segundos, terceros y en adelante se concentraban y no dejaban de repetir que verme era como volver a verte a ti. Volver a verte con vida.
Mi abuela Marta murió con veinticinco años y unas pocas horas de diferencia que su marido, Nacho. Dejó este mundo habiendo vivido cuarenta años más que tú. Eso es un buen ratito más. Por eso, a pesar de la pena de la pérdida, nada resulta tan ilógico en esa ecuación.
Hace ya tiempo que me pregunto cómo sería si los análisis hubieran salido positivos. Una línea de tiempo se abrió paralela y la historia cómoda y apacible que siempre habíamos imaginado, se fracturó. El tiempo es como una masa de hojaldre, plegada en capas al calor de un horno. A más calor, más se separan las capas, pero a veces algo falla, el calor baja y hay interferencias que permite el roce. Quizá por eso sueño que has seguido adelante, que has continuado tu vida y que podemos trazar un gran plan para salvar una tarde insulsa. La interferencia me permite habitar ese espacio impenetrable durante un rato. Mamá se recupera y hacemos como que no ha pasado nada. Nada te impide reírte, como si no existiera la gran falla que nos separa, la que te llevó al terreno de la invisibilidad. En esa vida paralela, tú me llevas a perseguir globos, en esa vida paralela, yo no miro hacia atrás como contemplando la vida de una extraña, mi propia vida. En esa vida paralela, el 20 de abril no significa más que un día de primavera.
Verme a mí es como verte a ti con vida, como volver a verte sonreír, pero yo me miro al espejo y sigo sin encontrarte del todo.
Desde ese día, el día de la interrupción, tengo que seguir practicando las mismas estrategias, por muy extrañas que sean, para poder soportar vivir en el lado que no deseaba. Porque perseguir globos de colores no deja de ser algo un poquito peculiar en una chica de mi edad, ¿sabes madre? Pero es que te fuiste tan repentinamente que no pude asumirlo tan de golpe. Es que no se puede ir una tan así por las buenas. Aún me quedaban tantas preguntas que hacer, tantas historias que averiguar, tantas tardes recorriendo Asturias en coche…Ya no estás y se mueren las plantas, tus cosas recogen polvo y yo me sorprendo cuando no recuerdo qué canción te canté aquella tarde en Zattere. ¿Fue “Garota de Ipanema”? A veces estallo de nostalgia, y sin embargo, en otras ni el número siete, cabalístico donde los haya, consigue arrancarme un ataque de furia. Hace siete años que te apagaste y yo entonces aún creía que eso nunca sucedería. Mi madre iba a vivir para siempre, iluminando con su sonrisa cada noche de este mundo. Saltando cada vez con más impulso, alcanzando con la mano cada globo, haciéndome creer que podía conseguir todo lo que ansiara. Los deseos nunca eran tan plausibles y reales como cuando los decías tú. ¿Quieres globos de colores? Los tendrás. ¿Quieres Venecia? La tendrás. ¿Quieres el sol de abril todo el año? Es tuyo.
Pero no, madre. Yo lo que quiero es que estés viva. Yo lo que quiero es que vuelvas. Quiero volver a casa.
Y me parece muy bien que me lleves a perseguir globos de colores una tarde de invierno, pero prométeme que después volveremos a casa las dos. Por favor.
Desde hace siete años, los sueños ya no son los mismos, y durante un leve instante, yo me siento como un albatros sobre el mar, sin querer tocar tierra nunca más.

Chus Gª Revuelta. 20 Julio 1955 – 20 Abril 2008

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