miércoles, 20 de abril de 2016

Cartas desde lo tangible



Antes de empezar, madre, te diré que esta no es una carta como todas las demás.
Porque este no es un año como todos los anteriores.
Detrás de esta carta está implícita la leve culpabilidad que me queda el ser feliz sin ti.
¿Sabes cuánto tiempo llevaba esperando este momento? Y a pesar de todo, el poso de amargura que me queda al no poder contártelo en persona.

Han pasado ocho años desde que me despedí de ti (“Adiós, Mamá, hasta luego”) y dejaste de respirar plácidamente.

Ocho años después apenas escribo, salvo cuando tengo algo importante que decirte. Porque he superado los peores momentos de la ausencia con bastante empeño. Lo he superado por pura cabezonería, por puro orgullo.

Este año no es como los anteriores porque llevo un tiempo sumida en la intensidad, en las emociones fuertes. He decidido jugar. Me pasé años encerrada en mi habitación y rumiando la ausencia, mientras muchos a mi alrededor salían a beber, a bailar, acudían a conciertos y festivales, hilaban proyectos de vida o tenían hijos. Yo esperaba a que algo cambiara y saliera el sol, pasaba semanas enteras llorando sin poder consolarme, asomaba la patita por la ventana atemorizada por si la tormenta aún no había acabado. Pero no había tormenta. Un buen día pensé que soy una mujer, y no un gato, y que no puedo pasarme la vida con exceso de mañanas en las que me despierto queriendo morir. Amanecí en mi habitación pintada de rosa sabiendo que algo debía cambiar. Me puse unas sandalias de tacón y salí a buscar la acción. Conseguí la coraza de la que te hablé, y me subí al trapecio. Por supuesto me he dado grandes golpes, pero me he vuelto a subir, a trepar y a decir “aquí no ha pasado nada, amigos”. Más bien, sí ha pasado, pero estoy empezando a rebotar contra el suelo, más que romperme en añicos. A veces miro hacia atrás para asegurarme de que he dejado atrás ese fantasma tan negro que me daba tanto miedo. Y allan hijos. Yo esperaba a que algo cambiara y saliera el sol, nhacia atremasiadas mañanas en las que me despierto queriendo morir.á voy, otra pirueta, otro salto.

Como cada año, me vuelven a la cabeza lo mismo, madre, los viajes que hicimos, de los que hablo cada 20 de abril. Sigo pensando en Londres y en Venecia, porque es lo que compartimos como dos personas que verdaderamente se están empezando a conocer. Ahora, diez años después, creo que he comprendido que fue una manera de celebrar los últimos cartuchos, la traca final. Si te quedaba poco de cuerpo presente ¿por qué no pasarlo en grande? Dejemos este mundo por encima de nuestras posibilidades. Brinquemos como cabritillas, salgamos a bebernos lo que nos queda de vida, hagamos girarse a todos escandalizados con una risa estruendosa. Que no quede nada en el fondo de la botella. Que no sobre ni una gota de todo lo que podamos ofrecer. No volvamos a casa. Incendiemos la noche, agotemos el día. Qué pena que ocurriera tan joven que aún no supiera apreciarlo como podría hacerlo ahora, pasada la barrera de la treintena. Qué pena que, aun teniendo buena memoria, disfrutara tan poco tiempo de tu compañía, tan poco tiempo de adulta. Porque tenerte de niña estaba muy bien, pero nos quedaba el segundo plato, y yo me quedé con hambre. Enseñarte canciones, intercambiar libros y hablarte de lo que no conocía cuando tú estabas. Hablar de lo que no existía. Ser consciente de ti, ser consciente de nosotras. Colocarte en el lugar que corresponde. Conocerte de verdad. Ahora estoy tan cambiada que apenas me reconocerías. Llevo la nariz perforada. El pelo me llega casi hasta la cintura y me pinto los labios a menudo. Siempre me pongo faldas y llevo unos intensos entrenamientos de natación, todo esto voluntariamente. Ahora también hablo francés y hasta he propuesto citas a algún chico. ¿De dónde he sacado esta tímida seguridad de la que antes carecía? He llegado a ser tan feliz en algunos momentos que pensaba que podría morir en ese instante. Elegí participar, salí a pedir guerra, y a pesar de todo, tengo algunos domingos de mierda, madre, algunos domingos en los que te sigo necesitando como antes.

Siempre digo que hay cosas que sólo saben Google y las madres. Y lamentablemente desde 2008 que yo soy de las más fieles usuarias de Google, a quien tengo que preguntar decenas de dudas. ¿Este boquerón está bien frito? ¿Debo aceptar este trabajo con sueldo precario? ¿Le gusto, no le gusto? ¿Qué estabas haciendo el día en que se aprobó la Constitución? ¿Cómo trasplanto el poto del salón sin cargármelo?
Pero Google no sirve para arropar, ni para ir de compras con él. No sirve para tomar café una mañana de sábado. Google no ha resuelto mis cuitas sentimentales en ocho años. Google no da abrazos. Google es un poco rancio, qué caray.

Cuando llega abril siempre me resquebrajo un poquito y es cuando empiezo a soñar contigo otra vez. Madre, NO TIENE GRACIA, te ruego que aparezcas espaciadamente a lo largo del año, por favor, que esto es muy duro. Que llega el buen tiempo, el calor y los días largos y yo me despierto algunas mañanas con ganas de emular a una plañidera. Que no es de recibo, madre, que siempre habíamos dicho que abril es el mes de la pérdida, pero no pensaba que te lo fueras a tomar tan en serio.

Vivo con miedo de que se me acaben las palabras para hablarte, que un día no seas más que un recuerdo nublado, una absoluta desconocida, que la memoria se pudra y yo ya no pueda escuchar tu voz si cierro los ojos con fuerza. Vivo con miedo de no poder describir con exactitud el puente de tu nariz, de no poder reconstruir tus rasgos, el color de tu pelo, el movimiento de tu ceño cuando te disgustabas. Entro en las perfumerías y siempre agarro un bote de Anaïs Anaïs, olfateo un poco para poder evocar el recuerdo que tengo de cuando vivíamos en Madrid, en un piso soleado al lado del Retiro, cuando los fines de semana íbamos al Rastro o a la Casa de Campo con Melón y Néstor. A veces tengo que recordar con fuerza el día en que dejaste de respirar, para poder limpiarme por dentro, poder llorar y descubrir que aún tengo sangre en las venas, que aún te echo de menos y que desearía que me abrazaras como una niña pequeña. Volver a casa, madre, Mamá, y preparar el té como tú me enseñaste (“one for you, one for me and one for the teapot”). Volver a casa y no salir hasta que cese el invierno.

No se comprende lo que te define la orfandad hasta que llega. Nunca me he creído tan mayor como cuando tenía dieciséis años y nunca me he sentido tan pequeña, tan minúscula y desamparada como cuando tenía veinticuatro y te perdí.

Llevo ocho años escribiéndote cartas y a veces me pregunto si no seré un poco mayorcita para esto, cuánto tiempo de juego nos queda, si podré sobrevivir sin mis rituales compulsivos. Decírtelo todo en unas líneas. Escoger una canción a modo de réquiem. Réquiem por Mamá. Son dos palabras que no deberían haber caminado juntas nunca.

Estoy bien, madre, soy muy feliz. Tengo un futuro incierto a la par que un presente intenso. No sé cuánto durará, porque desde que te marchaste siento que nada es perdurable, que todo fluye, que es frágil y que pende de un hilo. Aunque intente apegarme, aunque intente retenerlo como yo me aferraba a ti en la cama del hospital, susurrando plegarias inventadas para que no te fueras de este lado del mundo, sé que todo puede desaparecer en un instante, y por eso me empeño en disfrutar de cada pirueta, de cada contorsión. Nunca se sabe cuándo volveremos a caer.
Nunca se sabe cuando el amor va a desaparecer.


Chus Gª Revuelta. 20 Julio 1955 – 20 Abril 2008




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