jueves, 16 de junio de 2016

17 de junio de 2006 (diario de retales)



Estamos a 17 de junio de 2006, ha sido hasta la fecha el año más feliz que recuerde. Estoy un poco por encima de la veintena, acabo de terminar cuarto de Bellas Artes con notas aceptables (nunca he sido brillante), la temporada de ropero en el Nasti ha finalizado debido al calor y aguardo con entusiasmo mi próxima partida hacia Venecia en otoño.
Lo que nos espera ahora sólo es un aperitivo.
Como sospechando lo que está a punto de ocurrir dentro de muy poco, tomamos un avión de madrugada. Tenemos que congelar el tiempo, madre, tenemos que hacer recuento de todas las noches que nos quedan por delante y no desperdiciar ni un segundo. Estoy feliz porque estás sana, estoy feliz porque sigues aquí. Recrearía un jardín tropical en tu habitación si me lo pidieras; sabes que soy capaz de caminar sobre brasas encendidas como el más experimentado de los faquires con tal de que el color siga presente en tus mejillas. Hemos visto amanecer desde el avión, el comandante ha dicho que en Londres hace sol y nos espera una “glorious morning”. El corazón me late tan veloz como el de una pequeña cobaya y me acuerdo de los versos de una canción que repetía cuando llegué a Londres por primera vez: “Europe is our playground, London is our town, so run with me, baby, now…”. Tú quizá no lo entiendas, pero toda mi vida había estado esperando este momento, el momento en el que me trajeras hasta aquí.
Un año, diez meses y cuatro días. Ya podemos aprovecharlo, ha empezado la cuenta atrás.
Hemos sido un poco malas. Nos hemos quejado de nuestro hostal cutre, nos hemos comprado medio galón de leche fresca, nos hemos reído como locas en Hyde Park y hemos fumado algunos cigarrillos recién liados. No, no se lo podemos contar a nadie.
Tú vas a hacer un curso de yoga para niños con necesidades especiales. Cada día yo emprendo un viaje en metro hacia la improvisación, visito callejones en los que no sé si debo meterme, museos de arte, galerías que podrían estar construidas sobre billetes de cincuenta libras y mercadillos en los que trato de hacerme con todos los vestidos de flores posibles.
Por la tarde nos encontramos Soho Square, conversamos animadamente en nuestro banco preferido, cenamos en los comedores de los Hare Krishna y me cuentas cuál ha sido el aprendizaje del día. Me conmueve que hayas escogido ese curso, que me hables de los niños con una ternura que jamás he podido ni intuir en otra persona. A veces tus ojos se empañan y se te atragantan las palabras, paralizada por la emoción. Me gustas también así.
Estamos un poco asustadas, pues aunque le hemos cogido cariño a nuestra habitación, sabemos que estamos en un barrio un poquito conflictivo. Yo cada noche bromeo con los tiroteos que nos encontraremos al volver al hogar, y a ti te hace maldita la gracia, pero te ríes igual.
Hemos descubierto que en Londres hay calles dedicadas a las cosas más peregrinas (“Birdcage walk”). También que en un céntrico local de comida japonesa hay happy hour de sushi para llevar. Yo he comprado el NME porque en mi corazón postadolescente aún albergo la loca idea de convertirme en estrella del rock y siento que no estoy lo suficientemente documentada. Hemos creado un lenguaje propio con el que comunicarnos y me siento feliz porque nadie más lo conoce. Ojalá nada perturbara este momento. Ojalá nadie nos interrumpa nunca. Ojalá esto no acabe jamás. Dame la mano en el metro, no quiero que te pierdas. Agárrame fuerte. Lo vamos a conseguir. Tengo poco más de veinte años y voy a lograr lo que me proponga, y me propongo tenerte a mi lado siempre.

Vamos a aprovecharlo, madre. Vamos a vivir cada minuto de esta aventura, porque lo necesito como el oxígeno que respiro. No quiero que te alejes nunca. Porque créeme que nunca, nunca en mi vida he sido tan feliz.