jueves, 20 de julio de 2017

Bajamar/Pleamar





Hola, madre.
Hoy es 20 de julio. Hoy cumplirías 62 años. Ya es la décima vez que lo recuerdo sin ti; una década desde que el verano pasó a tener una fecha señalada de ausencia. Durante un tiempo, parece que esta estación pasó a tener un significado diferente, aunque pronto pasé a hacer esfuerzos para poder recuperarlo. No es una victoria, es simple supervivencia. Puedo aguantar los sabores agridulces, pero no quiero comerme un bocado de amargura de manera voluntaria. El verano debía volver a ser ese fragmento de existencia plácida y feliz. Los libros, los helados, el agua de mar. La estación de la lentitud. La suspensión de tiempo. El placer del aburrimiento. Sé que tú lo querrías así.

Estoy en el norte, el tiempo es variable e impredecible. Desde mi habitación veo las montañas verdes coronadas por la niebla. Estoy paseando por la playa recordando lo que te gustaba el Cantábrico. Sigo teniendo una manera muy particular de recordar tu voz, y aún soy capaz de revivir el tacto de la piel de tus mejillas si cierro los ojos y me concentro. Eso sí es una verdadera victoria.

Hace 20 años también estábamos de veraneo en Asturias, pero yo no quería estar allí. No es nada personal, en general yo no quería estar en este mundo, pero no sabía cómo decírtelo. 10 años después me sentía bastante mejor, porque ambas estábamos caminando por Venecia, pero si me hubieran dicho que ese iba a ser el último verano contigo, no sé si hubiera sido capaz de soportarlo. Hablarte de la ciudad,  llevarte hasta Santa Maria della Salute, el último spritz en el campiello, el fin de fiesta adecuado. Por aquel entonces, todavía no me imaginaba la vida sin ti. Era más fácil imaginar el fin del mundo.

Una cosita te voy a contar. El año pasado tampoco estaba bien. Todo se torció a última hora, dio un revés y no supe sacar a tiempo el escudo de defensa. Tuve que tomar una medicación que me provocaba alucinaciones y pasar el verano en tránsito. Un día de principios de agosto tuve un ataque de pánico de libro, pero pronto sucedió algo importante, y vi la luz, o mejor dicho, vi el color. Me levanté sabiendo que aquello era el comienzo de una fase emocionante. La angustia se canalizó como nunca había hecho, y en media hora tenía abocetado el primer dibujo de la que sería mi nueva serie. Nunca había tenido nada tan claro. La pintura se llamó Inmensidad/Intensidad. 
Los peores momentos son los que traen los ciclos más interesantes. No he podido parar de pintar desde entonces. Aquel momento de horror me salvó de algo mucho más feo. No tuve que tomar más pastillas. Fue como poner un muro de ladrillos sobre la ruina de una presa destruida por una riada. Volví a sentirme feliz y completa. La marea comenzó a subir.
Tan sólo quería contártelo, madre. Quería que lo supieras. Me sentí capaz de volver a edificar en terreno baldío.

Y este año estoy muy bien, pero eso ya te lo he dicho.

Aún me ocurre en ocasiones que actúo como si siguieras aquí. Hace pocos días pensé en llamarte por teléfono y contarte lo que estaba dibujando. Las montañas, las palmeras, la piscina, las rocas del desierto, los peces, las simas. Súbitamente recordé, como siempre, que ya no podía, aunque aún tengo tu número guardado en la agenda. Lo que me sorprende es que aún me suceda, y aunque ya no siento la tristeza inmensa de antes, siempre me deja un poso de desilusión. Ay, se me había olvidado, madre. Ay, perdóname que lo intente. Sigo pensando en ti todos los días y escribiéndote todos los veranos, porque lo necesito como el alimento que me llevo al estómago. Tengo que colocarte en cada lugar que visito, y ahora estás conmigo, en este día gris plomizo, contemplando la llegada de la pleamar. Sé que te encantaría, y que deseabas seguir en este mundo por cosas como esta. No me dijiste hasta el final que la vida era un regalo, pero por suerte, pude aprenderlo a tiempo gracias a ti. Quiero recordar este día por siempre, y seguro que lo consigo, soy muy obstinada.
Mi regalo para ti es volver a nombrarte, mantenerte un poco de este lado del espectro, aunque eso suponga despertarme algunas mañanas pensando en que aún podemos compartir un desayuno. Merecerías seguir aquí, de verdad, viendo esto, escuchando el rugir de las olas, sintiendo cada segundo de vida. 
La pleamar de hoy está anunciada a las 14:40. 


Feliz cumpleaños, madre, pedacito de luz que nunca se extingue. No mientras yo lo permita.