viernes, 20 de abril de 2018

Diez primaveras sin Miss Jagger


Es 20 de abril de 2018 y yo no sé cómo encabezar esta carta.
He pensado muchas veces qué pensaría cuando llegara este día, pero el tiempo me lo ha volcado encima y me siento aturdida.
Querida Mamá, han pasado diez primaveras desde que no estás, y eso es a la vez un suspiro y una eternidad. Un suspiro porque nadie te avisa que a medida que vas cumpliendo años, el tiempo se acelera, se pasa de revoluciones. Una eternidad porque el hueco que dejaste sigue siendo ancho, profundo, oscuro, insondable.

Este es sólo un aniversario más, pero siempre nos gustaron mucho las cifras redondas.

Han pasado diez años desde el día en que dejaste de respirar y pasaste al otro lado, pero yo aún me despierto muchas mañanas pensando en las ganas que tengo de verte.

En esta década me ha dado tiempo a reordenar mis pensamientos e ideas, haciendo uso de la soledad y el recogimiento. He pensado mucho en lo joven que eras cuando decidiste tenerme. He pensado que yo supero de hace tiempo esa edad y estoy a años luz de la posición que tú escogiste. He pensado en tu empeño por traerme a este mundo, en lo seriamente que te tomaste la maternidad. En el inmenso cariño, en el arrobo, en el entusiasmo, en lo fusional de nuestra relación madre-hija. He pensado en la cantidad de barreras que tuviste que superar, la cabezonería de la que tuviste que echar mano para tener hijos al mismo tiempo que estudiabas, trabajabas, preparabas clases, viajabas a India o a Inglaterra, hacías bizcochos, leías libros, bordabas, tejías jerseys, practicabas yoga o te apuntabas a clases de alemán. Porque nunca es suficiente, claro.
He pensado mucho en esos momentos en los que estabas sana. Llevabas el pelo liso, en una media melena que te colocaste cuando decidiste que a los cuarenta ya era edad suficiente para dejar de llevar el pelo largo. Como tenías canas desde muy pronto, te lo teñías, a veces con henna, de castaño rojizo. Te pintabas los ojos con lápiz marrón, nunca negro, y te ponías colorete porque te quejabas de tu piel pálida. 
He pensado mucho en ese día que, teniendo yo unos catorce años, empezó a sonar en la radio "No woman no cry" y de pronto nos vinimos arriba y empezamos a bailar en el salón para acabar la una apoyada en la otra muertas de risa.
He pensado mucho en  que trabajaste unos meses en los jesuitas de León, antes de que naciéramos, dando clases de inglés. Ibas a clase en bicicleta y aquello fue el escándalo del colegio. Te imagino con aquella chaqueta de punto negro, larga hasta las rodillas, circulando por las calles de la ciudad, mirando a aquella responsable que te dijo que aquello de ir en bici "no estaba bien" con cara de "métase usted en su vida". Te imagino poniéndole canciones de los Beatles a los críos para tus clases (me he enterado) y en cómo ellos se referían a ti como "Miss Jagger" (también me he enterado).
He pensado mucho en la cinta que escuchabas en el radiocasette de la cocina, la que te había grabado Melón, y que discurría con Tracy Chapman, Janis Joplin, Carole King, Sam Cooke, Percy Sledge. Era este orden exacto, tirando de memoria, he conseguido confeccionar una pequeña lista en Spotify.

He pensado mucho en esos momentos en los que todo parecía ir bien, pero en estos años también me ha dado tiempo a abordar momentos menos gratos, y sobre todo, la enfermedad.

He pensado mucho, ahora que soy adulta de verdad, en cómo vino el cáncer, en el día que llegó la noticia y tuvimos que enfrentarnos a ello. He pensado en la templanza con la que fuiste capaz de decirlo, y en cómo yo estuve sin querer aceptarlo durante mucho tiempo (lo siento de verdad). 
He pensado mucho en esas cosas de las que nadie habla, en cómo el cuerpo se degrada, en cómo te sentirías de descompuesta, en los efectos de la quimioterapia, en las noches enteras sin parar de vomitar, en perder el pelo a mechones, en cómo la piel cambia de color, se apaga, en cómo la cara se abotarga por la medicación, en el adelgazamiento irreversible del final, en la hinchazón del brazo, en cómo ya no te podías levantar de la cama, en la voz que permanece sólo como un hilo frágil y casi inaudible. He pensado mucho en la habitación del hospital, en los dolores y el sonido de la máquina de oxígeno, en la piel cosida a pinchazos, en los nombres de las medicinas, en los fármacos que componían la quimioterapia intravenosa, en tu cicatriz, en el agotamiento y cómo te fallaban las fuerzas. He pensado mucho en ello porque dicen que no hay que hablarlo, pero aunque al principio me esforcé por cancelarlo, por enviar ese recuerdo lejos, exponerlo así de crudamente ahora me hace más fuerte, me ayuda a comprender hasta dónde pudiste llegar.
He pensado también en el día que me contaste que habías entrado en quirófano, algo que ya era rutinario, y en lo asustada que estabas hasta que de pronto, en el hilo musical empezó a sonar "Veneno en la piel" de Radio Futura, y que como te gustaba tanto esa canción, te pusiste de muy buen humor, y ya pareció dejar de importarte el hecho de que te fueran a abrir con un bisturí.

He pensado mucho en la despedida que tuvimos antes de que te ingresaran por última vez, en el repaso que pudimos hacer a nuestra relación, que en ese momento estaba en su mejor momento, y en cómo te dije que si alguna vez había estado segura de algo, es de que no podía haber tenido una madre mejor.
Yo no sé rezar, pero esa noche, ahogada por la ansiedad, comencé a implorar al cielo que por favor, si existían los milagros, te salvara y te dejara en este lado del mundo. Pero por lo visto son demasiados milagros para una misma vida, y ya era suficiente con el principal, que hubieras nacido y estado junto a mí. La suerte más grande del universo.

Yo he superado hace tiempo la barrera de los treinta. Ya no tengo la misma piel y empiezo a peinar canas. Sigo llevando el pelo largo, pero he adelgazado casi catorce kilos y ahora todos dicen que me parezco aún más a ti. Sí, me hago revisiones cada año, aunque no puedo decir que me cuide mucho. No voy a tener hijos. No tengo un sueldo fijo, no tengo casa, no tengo carnet ni plan de pensiones, pero tengo unas ganas locas de vivir y pasármelo bomba. En los peores momentos de la vida siempre hay un instante que es capaz de hacerte feliz, como una canción de Radio Futura en un quirófano, y me niego a pensar en el porvenir, porque desde que te fuiste, siento que la vida es algo frágil y hermoso, y que hay que ocuparse de lo que está ocurriendo en el minuto actual.

Y resulta que, a pesar de todo, el minuto actual se está portando muy bien. Voy a ser ilustradora. Me pagan por pintar. Tu madre ha superado un par de meses complicados de salud y vuelve a estar en casa, como la emperatriz que es (tan fuerte, tan resistente, 92 años de amor). Melón ha sido abuela de una niña que se llama Gabriela. Adrián trabaja dando clases en un conservatorio. Madrid sigue igual de bonito en primavera, pero ahora hay muchísima más gente en cualquier parte. Los bares abren sus terrazas y todos los abriles pienso en cómo me gustaría tomarme unas cañas contigo, porque nos dio tiempo a muy poquitas. Deberías saber que el 8 de marzo se montó una de escándalo y que deseé enormemente que me hubieras acompañado ese día. Creo que también deberíamos volver al rastro, donde me llevaste por primera vez cuando yo tenía siete semanas de vida, "para que Lucía vaya metiéndose en la onda" (lo encontré escrito literalmente en un diario). Deberíamos plantar margaritas, y también leernos libros en voz alta. Deberías probar las lentejas tan espectaculares que preparo, deberías aprender a usar el whatsapp (nos hemos perdido una creadora de audios de valor incalculable), deberías bailar conmigo un ratito más. Si es que en realidad deberías estar aquí. Todo se resume en eso.

Hace tan sólo unos días tuve un pequeño bache, y de pronto descubrí que la única persona con la que quería hablar para que me brindara consuelo eras tú. Volví a llorar como el primer día, como un bebé agotado, porque no estabas y no vuelves y no había reparación posible. Pero siempre sale el sol, la desesperación amaina y vuelvo a darme cuenta de que soy una persona enormemente afortunada. Lo era entonces y a pesar de todo, lo sigo siendo ahora.

Te lo digo todos los años, no pienso permitir que tu recuerdo se borre. Te fuiste, pero no te vas a acabar nunca. Hoy me tomaré una cerveza por ti. Quizá dos. Que siga la fiesta, madre. Que siga para siempre.

Chus Gª Revuelta. 20 Julio 1955 – 20 Abril 2008




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